El viaje: diario de traducción de ¿Quién teme al género?, de Judith Butler, y II, Alicia Martorell

Lunes, 13 de mayo de 2024.

Segunda parte (véase aquí la primera) del diario escrito por Alicia Martorell durante el proceso de traducción de ¿Quién teme al género?, de Judith Butler.

Respiro llena de alivio porque he podido usar «responsables políticos y representantes parlamentarios» en lugar de «políticos y legisladores» y de repente tengo la sensación de que todo esto es un trile, que el masculino genérico está ahí haga lo que haga, para empezar, aunque sea muy levemente, en «políticos» y en «parlamentarios». Y está también tiñéndolo todo en el mero hecho de que cualquiera que lea cualquiera de las dos formulaciones, siempre, siempre, pensará en un hombre. Es decir, el masculino genérico no está específicamente en las palabras, vive dentro de nuestra cabeza.

A veces me pregunto si no será mejor desdoblar, por muy cansino que quede, porque esto no invisibiliza, pero no estoy segura de que visibilice.

Lo bueno de todo esto es que, hurgando, hurgando, siempre acabas por encontrar algo mejor. Al final he puesto: «las personas que se ocupan de gobernar y legislar». Yo sigo viendo a un hombre cuando lo leo, pero está infinitamente mejor. Aunque he tenido que meter «personas» (chupito).

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Volvemos al problema de siempre: un sustantivo epiceno o común que va con un adjetivo que no lo es: partimos de «nefarious actors». Vale, agentes es epiceno, así que me vale. Lo que pasa es que no puedo traducir «nefarious» como «siniestros» porque está marcado y entonces me da igual que «agentes» no lo esté. Después de sobar montones de diccionarios de sinónimos, al final me quedo con «agentes hostiles». Hemos salvado un escollo más. Y eso siempre que no haya que poner artículos…

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En las últimas correcciones de la editorial (o de Butler) me he encontrado varios cambios de «slaves» a «slavered people». Al principio pensaba que era un problema de expresión del género, como en «pregnant people», un esfuerzo por visibilizar situaciones no binarias (y eso me había provocado bastante perplejidad, pues en algunos casos el contexto de «slaves» solo podía ser femenino), pero creo que se trata de otra cosa. Decir «esclavos» es esencialista. Es lo que son esas personas. En cambio, referirse a «personas esclavizadas» habla de lo que les han hecho a esas personas. Y, además, reintroduce un «personas» que en este caso está más que justificado para evitar la deshumanización. Es increíble la cantidad de aristas que puede tener el lenguaje cuando te molestas en pensar en lo que estás diciendo realmente. Supongo que con «personas racializadas[1]» pasa algo similar.

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Hay diferentes formas de llegar a la neutralidad de género, pero no todas son iguales. No es lo mismo duplicar mencionando ambos géneros («niños y niñas»), usar un término no binario («niñes») o usar un término genérico que los abarque a ambos («menores» o «la infancia»). En el primer caso, estás visibilizando a las mujeres, en un esquema en el que habían sido previamente invisibilizadas; en el segundo, estás visibilizando un género no binario, que no necesariamente está presente en la ecuación, en el tercero estás dejando de marcar el género, mostrando que no es relevante.  Y el tema es que igual para los tres casos estamos partiendo de «children» y la decisión la tienes que tomar en función de lo que creas más conveniente para cada contexto.

Personalmente, no soy muy partidaria de la segunda opción: no estoy segura del todo de si «niñes» equivale a «niños y niñas», a «menores de género no binario» o a «menores de cualquier género entre n géneros posibles». Desde luego, en determinados contextos muy específicos, por ejemplo, con personas que se reconocen como de género no binario, usan el pronombre «they» y desean dejar patente esta circunstancia, la ecuación está clara. Supongo que en otros contextos se irá sistematizando el uso poco a poco hasta llegar a un canon en el que esté claro si hablamos de «menores de cualquier género» o de «menores de género no binario» y será más sencillo y menos comprometido desambiguar.

En cuanto a la primera y la tercera estrategia, desde luego en este caso mi elección es la tercera, no solo por estética, sino también por convencimiento de que es la más neutra y manejable, salvo obviamente, en los casos en los que esa opción no es posible y no te queda más remedio que reduplicar. La primera alternativa debería quedar para los casos en los que se desea visibilizar a ultranza, que también los puede haber.

Lo que está claro es que no es lo mismo suprimir las marcas de género no específicas (que vendría a ser suprimir los masculinos genéricos) que desbordar el esquema binario. Madre mía, lo que me queda por clarificar en este terreno.

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Hablar de «lenguaje inclusivo» es un poco despectivo. En realidad, lo que pasa es que el lenguaje que usamos todos los días es fundamentalmente exclusivo.

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De vez en cuando me acuerdo de Beauvoir, que quería que la llamaran «escritor». Tiene su lógica desde el punto de vista de que en francés ese sustantivo es (o era, o se pensó que era) el neutro. Ahora mismo acabo de desambiguar un «biologist» como «bióloga», después de comprobar en fotos y biografías que realmente se trata de una mujer, pero no es lo mismo: «biologist» no está marcado, «bióloga» sí lo está, es decir, estoy especificando que se trata de una mujer, cuando en el original eso era irrelevante. Eso visibiliza, qué duda cabe, pero también añade un elemento que no estaba en el inglés.

Esta es una lucubración ociosa, porque ¿qué otra cosa iba a hacer? Cuánto camino queda por recorrer en el lenguaje y ni siquiera sabemos hacia dónde tendríamos que tirar. Y qué difícil es trasvasar una cierta percepción del género de un idioma a otro.

De todas formas, es interesante comparar las tres perspectivas: el inglés sin marcas de género, el español con masculinos genéricos que conviven con femeninos y masculinos específicos, el francés que no feminiza (o no feminizaba, porque allí las cosas también cambian a toda velocidad).

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He estado repasando la gramática del género epiceno, común y neutro. Es interesante, si queremos plantear una evolución razonable que se abra camino a una expresión del género diferente. No es suficiente, me parece a mí, pero quizá sea una palanquita pequeña para forzar algunos cambios desde dentro. ¿Qué es históricamente el neutro en castellano? ¿Qué vestigios quedan? ¿Es posible hacerlos evolucionar o sacarles más partido?

Porque en realidad, mi texto es un catálogo de sustantivos y adjetivos comunes en cuanto al género, usados de forma estándar, con apenas pequeñas adaptaciones, como quitar el artículo. Pero en realidad, no sé si así estoy construyendo un lenguaje más inclusivo o haciendo un mero trabajo mecánico. Todo esto es muy complicado.

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Las comillas me plantean un problema. Todo el libro está saturado, hasta la extenuación. Por un lado, cuando las veo, pienso en una estadounidense haciendo el famoso gesto de las comillas todo el rato, sin parar. Por otro lado, es verdad que todo el texto es un discurso en segundo grado y que las comillas están ahí para indicar que esa palabra, o ese concepto, está desviado de su uso primario por una ideología torticera.

No obstante, no puedo evitar preguntarme si tantas comillas son propias de la idiosincrasia de este discurso concreto y, por ende, están plenamente justificadas, o si forman parte de la forma anglosajona de expresarse y, en ese caso, quizá las debería moderar.

He optado por una solución bastante salomónica: me estoy cargando todas las que puedo, porque el segundo grado está expresado de otra forma, porque son una repetición, porque me parecen innecesarias… Pero estoy conservando la mayor parte, porque, a expensas de un análisis más profundo, me parecen necesarias para comprender.

Es otro tema que me apunto, porque es complejo, entrecruza sus raíces con temas muy variados (la ironía, el segundo grado, el discurso indirecto, los sentidos ocultos de las palabras, la mala fe… todos ellos conceptos muy existencialistas, cómo no), lo que me parece muy interesante.

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Le doy muchas vueltas a si existe o no el femenino genérico. Cuando hablamos en femenino a un aula en la que hay 30 alumnas y dos alumnos estamos usando el femenino genérico. También lo es también «Somos campeonas del mundo». O «Unidas-Podemos».

Supongo que «enfermera» o «modista» o «comadrona» también son femeninos genéricos, a pesar de que cuando la presencia masculina se hace más imperiosa enseguida aparece una forma masculina, como si la mera presunción de un femenino genérico fuera fundamentalmente ofensiva: si llamamos «matrona» a un señor, lo estamos castrando, ni más ni menos, es casi una humillación. En cambio, si usamos «miembro» para hablar de una mujer a todo el mundo le parece más normal. El lenguaje siempre encuentra estrategias para que el femenino no necesite incluir el masculino porque eso es un impensable.

Luego está el tema de las desinencias, que no siempre corresponden con el género gramatical y ese fenómeno no se interpreta de la misma forma en todos los casos. Por ejemplo: ¿Puedo considerar el uso de «cantante» como lenguaje no marcado (siempre que no lleve un artículo o un adjetivo masculino, claro)? ¿No estoy obviando que debería haber una forma «cantanta»? Voluntariamente, me he limitado al marco estrecho de las normas académicas, como si quisiera demostrar que se puede, así que solo he usado las flexiones que el DLE da por buenas, pero no consigo entender por qué en los esquemas mentales de la RAE «miembro» no puede tener una flexión «miembra». ¿Qué le pasa exactamente a esos términos que tienen prohibido el femenino? ¿Es algo ontológico? Lo primero que tendría que hacer la RAE es reflexionar en serio sobre estos detalles rugosos, desde una perspectiva lingüística, usando los extraordinarios medios que tienen, en lugar de disparar a todo lo que se mueve, porque está claro que algo pasa.

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Estoy haciendo una última revisión, con el ordenador leyendo el texto en voz alta. Encuentro un montón de detallitos, además de montones de marcas de género que se me habían escapado. Me preocupa el tema, la verdad. Me cuesta concebir un trabajo como imperfecto, pero cuanto más avanzo en este tema más consciente soy de que en castellano no es posible suprimir todas las marcas de género sin graves torsiones. El problema es si una muestra de buena voluntad en el sentido de no invisibilizar a las mujeres es un avance o solo debe considerarse un parche. Estamos picando piedra para hacer visibles los puntos ciegos, pero todavía queda muchísima piedra por picar.

Además, tenemos el masculino genérico tan interiorizado que no lo vemos, simplemente nos pasa desapercibido.

Es de prever una evolución, pero antes tendría que ponerse en marcha un cambio en la forma de pensar. Y será necesaria una importante reflexión sobre los mecanismos, los condicionantes, las estructuras existentes.

Aceptaré que este trabajo es imperfecto y esperaré que de alguna forma contribuya a esa reflexión y que constituya un avance, aunque sea mínimo, en esa dirección.

Dice Lourdes que, si todo esto tiene sentido, quizá seamos la primera generación que se propone cambiar la gramática de forma concertada y voluntaria, es decir, de forma sincrónica, en lugar de dejar que los cambios se sedimenten en un lentísimo proceso diacrónico, y que eso es una revolución. Desde luego, no cabe duda de que esos cambios se acabarán sedimentando por la fuerza de las cosas, pero a lo mejor no tenemos ganas de esperar.

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Tengo que organizar una reflexión mucho más avanzada sobre las relaciones entre género gramatical y género como avatar del sexo. Si no lo hago no podré avanzar. Por ejemplo, ¿qué palabras de género gramatical masculino deberían tener contraparte femenina y cuáles no? ¿Por qué razones (sociológicas, probablemente) algunos masculinos no generan desinencia femenina usual? ¿Qué margen tengo para formar desinencias femeninas dentro de la norma, incluso cuando no son usuales? ¿En qué momento el género gramatical masculino pasa a ser una invisibilización? ¿Qué pasa con el neutro? Ya entiendo que oficialmente no existe, salvo en «eso» y partículas similares, pero ¿existe un neutro subyacente? ¿Podemos decir que algunas palabras que parecen masculinas son en realidad neutras porque se refieren a una realidad neutra?

De hecho (y esto me parece especialmente importante), ¿lo que estamos buscando es el neutro? Tampoco pondría la mano en el fuego, pero abre un melón casi ontológico sobre atributos marcados y no marcados, qué es el cero, el sexo de los ángeles y las etiquetas (o metadatos) de las palabras (es decir, Barthes).

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Estoy leyendo Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, de Brigitte Vasallo. Es otro punto de vista, desde luego, es decir, el tema lingüístico es meramente secundario, pero a veces me pregunto si no tiene razón. Es decir, ¿qué cambia si pongo «hostil» en lugar de «enemigo»? «Enemigo» tiene una «-o» y se contrapone a «enemiga»; «hostil» valdría tanto para hombres como para mujeres. Vale, eso es importante. Pero eso se debe a razones que son etimológicas y lingüísticas, no sociales. Es decir, los dos adjetivos en sí son ajenos a toda esta historia. Y está claro que no sería suficiente con hacer un catálogo de palabras «válidas» por su desinencia, como quien hace un catálogo de palabras «sencillas» para lectura fácil. Un catálogo así (que en el fondo es lo que estoy haciendo, es decir, preferir «hostil» a «enemigo») empobrece el lenguaje (el vocabulario) sin aportar mucho. Sé que es el camino que tengo que tomar, pero no deja de parecerme una especie de trampa.

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Todo esto me lleva a otra reflexión: ¿qué es mejor? ¿Es más inclusivo que existan formas como «hostila» o «fiscala» (por no salirme de términos que no tienen una desinencia en «-o» connotada como masculina) o que un término no marcado como «hostil» o «fiscal» valgan tanto para el masculino como para el femenino?

¿Es lo mismo, en lo que se refiere a la inclusión, forzar una desinencia femenina para «miembro», acabado en «-o», y para «cantante», acabado en «-e»?

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Vasallo utiliza de forma aleatoria y a bulto diferentes estrategias de lenguaje inclusivo: a veces usa femeninos genéricos, a veces desinencias en «-e», a veces desinencias en «-x», a veces reduplicación, a veces genéricos como «personas». A mí esta forma de escribir me pone bastante nerviosa, pero debo reconocer que es necesario probar diferentes estrategias para sacar conclusiones y que no hay una estrategia «buena» en esta fase: ninguna lo es. Sería lo que Ártemis López llama «lenguaje no binario directo». En lugar de invisibilizar tus opciones no binarias (que sería la propuesta de María Martín) lo que haces es visibilizarlas al máximo, forzar las costuras del lenguaje todo lo posible.

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Sustituir términos referidos a personas (es decir, de género normalmente marcado) por términos abstractos referidos a ideas (es decir, sin más género que el gramatical) tiene una dimensión casi ontológica. No es lo mismo hablar de los/las feministas que hablar del feminismo. Esto a veces no es relevante en el texto. Otras veces no es posible (porque no queremos hablar de las ideas, sino de las personas). Otras veces está un poco sobado o queda demasiado solemne o fuera de registro («la ciudadanía»). Pero otras veces es exactamente lo que hace falta: hablar de conceptos y no de personas.

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El caso es que no me puedo colocar en la posición de activista del no binarismo, porque creo que no lo soy (bueno, no lo sé). Simplemente creo que las costuras están reventando y el masculino genérico, que se sentía campando a sus anchas, ya no lo tiene tan fácil. Y no lo tiene tan fácil porque la realidad cambia. Cuando «padres» subsume a «madres» es porque las subsume de verdad, no es un problema de palabras. Hasta hace tres días hemos vivido una realidad en la que las madres eran un apéndice (salvo en cosas propiamente de madres, es decir, específicas, como dar de mamar y preparar de comer).

En cambio, ahora eso es mucho más difícil porque los padres y las madres ya no viven vidas coincidentes. Los contextos en los que se pueden conjugar en una sola palabra genérica cada vez son más limitados y las madres, desde luego, no son un apéndice innominado (una costilla, por así decirlo) de los padres. Eso a la fuerza tiene que condicionar un cambio en la forma de expresarse.  El primer paso quizá fue APA-AMPA. Era profundamente ridículo llamar «Asociación de Padres de Alumnos» a una estructura que solo cuenta con madres en sus filas, o casi, pero ese cambio de nombre solo es el anuncio de una avalancha de giros sociológicos. Es performativo.

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Un pie de foto en El País: «Jóvenes haciendo deporte sin camiseta». ¿Qué nos imaginamos que hay en la foto? Obviamente solo hay muchachos luciendo la tableta de chocolate. No puede haber ninguna chica porque ninguna chica tiene «permitido» hacer deporte sin camiseta en este país (y supongo que en la mayoría) sin que eso provoque un terremoto en los medios de comunicación, algaradas callejeras y agresiones de distinto grado a las implicadas.

Eso quiere decir que a veces ni siquiera es necesario desambiguar, porque la mera realidad es mucho más exclusiva que el lenguaje. A veces, el mismo masculino genérico pone de relieve esa exclusión. Si el pie de foto hubiera dicho «Muchachos haciendo deporte sin camiseta» me habría parecido algo meramente descriptivo y anodino, ni siquiera me habría llamado la atención. Que un chico se quite la camiseta no es noticia. Si me ha llamado la atención, es porque «jóvenes» denota un chico o una chica, pero eso no es lo que hay (lo que puede haber) en la foto.

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Ya está el libro en el catálogo de Paidós. Algunas traducciones se te clavan dentro y cambian tu forma de ver muchas cosas. No por el contenido (no necesariamente), sino por el proceso. Itaca t’ha donat el bell viatge.

Cuando me lleguen los ejemplares (quan fondegis l’illa), me angustiaré, como siempre, por si no están a la altura de mis ansiedades y desvelos, pero el viaje habrá merecido no obstante la pena.

 

[1] Qué superficial, sobrado y carente de empatía me parece ahora el artículo de Alex Grijelmo en El País sobre este tema.

 

Alicia Martorell Linares es traductora desde hace más de 30 años. Sus campos de especialización son las ciencias humanas y sociales, la comunicación financiera y empresarial y los textos institucionales. Es socia de ACE traductores, Asetrad y la SFT francesa. Ha traducido, entre otros autores, a Roland Barthes, Judith Butler, Simone de Beauvoir y Cioran.