Tríada traductora: Cortázar, Dunlop y Monrós-Stojaković, Mateo Pierre Avit

Lunes, 29 de abril de 2024.

Tras un intento infructuoso, Silvia Monrós-Stojaković, argentina de ancestros catalanes afincada en Belgrado, vuelve a escribir a Julio Cortázar para invitarlo a Yugoslavia. Esta vez abre la misiva con un «Julísimo Julio». Un mes después, en agosto de 1980 y desde México, Cortázar empieza su respuesta con un «Silvísima Silvia». Este es el comienzo de un carteo a tres bandas, pues se suma poco después Carol Dunlop —última esposa del argentino—, que llega hasta 1983, cuando se trunca por la muerte de la pareja: la de ella un año antes, la de él uno después. En 2009 Alpha Decay publicó esta Correspondencia, ya descatalogada, que recoge nueve cartas y tarjetas de Cortázar, cinco de Dunlop y nueve de Monrós-Stojaković en poco más de 100 páginas. Si bien este es el orden en que aparecen sus nombres en la cubierta, sería inverso si se hubiese atendido al peso que tienen en el libro.


Uno de los temas recurrentes en estos intercambios, aunque quizá no sea lo que primero salte a la vista, es la traducción


Habría mucho que comentar sobre lo que se despliega en él: la amistad que se construye sobre una relación profesional, la situación en Yugoslavia, la ajetreada vida de un escritor comprometido, decenas de confesiones cruzadas, anécdotas, detalles, etc. Sin embargo, uno de los temas recurrentes en estos intercambios, aunque quizá no sea lo que primero salte a la vista, es la traducción. No es de extrañar, pues esta tríada la tuvo como oficio: Cortázar empezó a publicar traducciones antes que sus propios libros y, pese a haberse consagrado como una de las vacas sagradas de lo que vino a denominarse el boom latinoamericano, siguió haciéndolo hasta el final de sus días; Dunlop se dedicó a la fotografía y a la literatura, tanto en obra propia como derivada; Monrós-Stojaković es una importante hispanista y ha vertido al serbocroata, por dar algunos nombres, a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Rosa Montero y Javier Marías (aquí puede verse una entrevista reciente). Por eso he seleccionado los pasajes que me han parecido más jugosos sobre traducción. Dada la intimidad que se destila a lo largo de las misivas y para mayor comodidad me permito citar, una vez se han presentado, por sus nombres de pila.

Al principio del prólogo, en que Silvia explica la génesis del proyecto y su relación con la pareja, menciona la traducción a raíz de una coincidencia con el cumpleaños de Julio:

Un 26 de agosto firmé en Belgrado el contrato para traducir al serbio la Rayuela[1] de Cortázar. El día en que la editorial belgradense me comunicó que había aceptado mi propuesta de que se publicara la traducción de ese libro que abría y sigue abriendo el verdadero mundo de cada uno de nosotros […] recuerdo que me puse a dar pequeños pero incontenibles saltos de alegría por la alfombra de mi living […].

Más coincidencias: Prosveta publicó finalmente Školice apenas un mes antes de la muerte de Cortázar —de la que se cumplieron cuarenta años el pasado 12 de febrero—. Su última misiva es del 16 de septiembre del año anterior, por lo que no está claro si llegó a ver el libro, ni siquiera a enterarse de su salida.

En la primera carta recogida en el volumen, fechada el 11 de julio de 1980, Silvia aprovecha para poner al corriente a Julio tanto de la recepción como de la traducción de su obra con ese humor tan propio que demuestra a lo largo de toda la correspondencia:

En efecto, primero opté por redondear los conocimientos generales que el público tiene de tu obra, y por eso traduje Los nuestros de Luis Harss […]. Ahora estoy haciendo la traducción de Rayuela: ya tengo hechas unas 250 páginas, de modo que me faltan APENAS 380.

Silvia Monrós-Stojaković y la nueva edición de Školica. Foto: Vesko Belojevic

Es cierto que en ningún momento Silvia plantea dudas concretas a Julio: quizá se deba a que probablemente las discutieran en persona durante alguno de los viajes a París que se mencionan. Allí fue donde conoció a Carol. En la primera misiva que le dirige, el 21 de abril de 1981, la hace partícipe de un posible proyecto, aunque no sabemos si llegaría a buen puerto, pues no se vuelve a mencionar el asunto:

Tu carta [ilegible] y tu cuento me han causado gran placer. […] Es un cuento para ser traducido en verano; luego se lo ofreceré a alguna revista literaria y ya te lo mandaré.

En sus entusiastas epístolas, cuyo estilo podría llegar a confundirse a veces con el de Julio, Silvia representa al arquetipo traductor. Así, el 29 de julio de 1981, pasado un año de su primer intercambio, le demuestra, por un lado, por qué quienes traducen conocen a veces recovecos insospechados de sus autore·as y, por otro, la absoluta admiración que siente por su obra, además de las (in)seguridades propias del oficio:

He notado, sobre todo al traducir tus textos, que una de las palabras que empleas con preferente frecuencia es el verbo agazapar. La otra es el verbo rebasar.

[…] yo traduje «El juego de las decapitaciones», de Lezama, sólo para poder advertir de paso, en la nota del traductor, que vos fuiste uno de los primeros en descubrirlo.

En cuanto a las traducciones de «CAS» (del serbocroata al español), si bien las mías no son de las peores, ante la perspectiva de que vos vas a leerlas me parecen pésimas, pero igualmente te las mando […].

En todo caso puedo asegurarte que las traducciones están a la altura del original; de lo contrario no traduciría tus textos.

A medida que la relación se intensifica, se van abriendo y aparecen también los sinsabores vitales. Por ejemplo, el 10 de agosto de 1981, Carol cuenta a Silvia las miserias del día a día:

[…] hace tiempo además que no recibo otra cosa que papelitos inútiles del banco o cartas donde me ofrecen traducciones que no quiero hacer.

No sé si te dije ya que terminamos la novela epistolar […]. Ya la estoy traduciendo al francés (por el momento, tenemos editor francés pero ninguno en inglés).

Prueba de que el aprecio es recíproco, el 1 de noviembre de 1981, es el turno de que Carol proponga a Silvia otra idea de proyecto:

[…] ¿qué te parecería una novela a tres? (podríamos ir traduciéndonos mutuamente! [sic])

Los pasajes de más intimidad se dan entre ambas mujeres: quizá se deba a que Carol no impone a Silvia tanto como Julio, cuyos compromisos literarios y políticos no le permiten mantener una correspondencia más profunda hasta el final (consciente de ello, llega incluso a disculparse con su traductora). Así, el 11 de noviembre de 1981 Silvia escribe a Carol a propósito de sus reflexiones lingüísticas, la traducción al inglés de Rayuela y las pequeñas alegrías como traductora:

Cuando oigo una palabra poco común en serbocroata, trato de memorizarla; cuando encuentro una expresión interesante en castellano, al instante la traduzco para ver cómo suena en serbocroata.

Hace unos quince días recibí Hopscoth[2] y ya se lo he agradecido a Karen. La versión en inglés me viene muy bien en numerosos casos concretos, como por ejemplo cuando Oliveira habla de unos Particulares livianos, o sea de cigarettes. No obstante, tengo la impresión de que el traductor no conoce a fondo los argentinismos, y cuando Oliveira lo manda todo al divino cohete, Rabassa se va por divines trajectories, o cuando en el texto original dice «y no hay tu tía», él pone and who the hell is your aunt anyway, etc.

Y si no es fácil hacer una buena traducción de un idioma a otro, tanto más difícil es traducir del pensamiento a la palabra y del sentimiento al pensamiento.

En efecto, la otra noche celebramos en casa el que por fin apareciera la traducción de Pantaleón y las visitadoras[3] […].

Silvia no es la única en contacto con el autor que traduce. Carol le detalla una de sus experiencias el 31 de mayo de 1982 antes de contarle un pensamiento que seguro se le ha pasado por la cabeza a cualquier colega:

Quiero decir, escribirte no es en absoluto como escribir, como lo hago con mucho gusto y interés [sic], a algunos autores que he traducido, donde sé que aunque diga cosas que me importan mucho, hay límites. Así me di cuenta hace poco, leyendo una carta de un negro norteamericano cuyos libros he traducido, y quien me escribe desde hace dos años más o menos, que la visión que tiene de mí se acerca un poco de la de una Walkyrie modern style. Sabe solamente de mis viajes, de mis traducciones y de mi manera de hablar de la literatura y un poco de la vida, pero sin duda muy poco de la mía.

Pasé las dos primeras semanas de las vacaciones luchando contra una traducción que por fin terminé, jurándome como siempre que nunca más, que me voy a hacer femme de chambre o puta o fotógrafa pero nunca más traducciones, sé que es falso pero por ahora no soy traductora y me siento muy bien.

El 13 de marzo de 1983, una vez anunciada la muerte de Carol, Julio informa a Silvia de los avances de Los autonautas de la cosmopista, que escribieron a cuatro manos y publicó Muchnik Editores en noviembre de ese año, y de otro proyecto:

Cuando lo termine en mayo (falta montarlo, incluir las fotos, vigilar la traducción al francés,[4] etc.) me pondré a traducir los relatos de Carol al español, pues quiero que alguien los publique; son hermosos.

Cubierta de Llenos de niños los árboles. (Fuente: Biblioteca digital de Julio Cortázar, Fundación Juan March)

El resultado será Llenos de niños los árboles, publicado también ese año por Nueva Nicaragua-Monimbó, país tan importante para la pareja (Julio escribe a Silvia el 30 de marzo de 1982: «Una vez más Nicaragua fue una gran maravilla para nosotros») y que inspiró uno de los últimos libros del argentino: Nicaragua, tan violentamente dulce. Fue esta la última traducción de Julio, que llevaba más de diez años sin publicar una, pues la anterior —Eureka: Ensayo sobre el universo material y espiritual (Alianza Editorial) de Edgar Allan Poe— databa de 1972.

Silvia, en la última misiva que envía a Julio, el 19 de abril de 1983, trata de consolarlo por la muerte de su amada recurriendo a su experiencia como traductora:

Dicho sea de paso, cuando recibí tu carta yo estaba terminando la traducción de «Manuscrito»,[5] porque […] a vos se te ha roto el espejo en que la mujer y el vehículo coinciden con la esperanza que el viajero lleva de una estación a otra, pero una manera de recuperar las piezas de ese espejo en el que todo debe converger es incorporarse al cuento por medio de su traducción. La traducción de ese relato es para mí una manera de mantener la figura compuesta por Carol, vos y yo.

No se me ocurre manera más bonita de cerrar esta correspondencia (y este artículo).


Cortázar empezó a publicar traducciones antes que sus propios libros y, pese a haberse consagrado como una de las vacas sagradas de lo que vino a denominarse el boom latinoamericano, siguió haciéndolo hasta el final de sus días


[1] Sudamericana, 1963.

[2] Collins/New American Library, 1966.

[3] Mario Vargas Llosa, Seix Barral, 1973.

[4] A propósito: «Mi problema es cuando me traducen: cuando se traducen cuentos míos a un idioma que conozco, muchas veces me encuentro con que la traducción es impecable, todo está dicho y no falta nada pero no es el cuento tal como yo lo viví y lo escribí en español porque falta esa pulsación, esa palpitación a la cual el lector es sensible porque si a algo somos sensibles es a las intuiciones profundas, a las cosas irracionales; lo somos aunque muchas veces la inteligencia se pone a la defensiva y nos prohíbe, nos niega ciertos accesos. Las grandes pulsaciones de la sangre, de la carne y de la naturaleza pasan por encima y por debajo de la inteligencia y no hay ningún control lógico que pueda detenerlas. Cuando el traductor no ha recibido eso, no ha sido capaz de poner en otro idioma un equivalente a esa pulsación, a esa música, tengo la impresión de que el cuento se viene al suelo, y es muy difícil explicarlo a ciertos traductores porque se quedan asombrados. “¡Sí, pero está bien traducido! Tú dijiste esto, aquí se dice así: es exactamente lo mismo.” “Sí, es exactamente lo mismo pero le falta algo.” Es exactamente lo mismo en el plano de la prosa, como transmisión de un mensaje, pero le falta esa aura, esa luz, ese sonido profundo que no es un sonido auditivo sino un sonido interior que viene con ciertas maneras de escribir prosa en español». Clases de literatura. Berkeley, 1980, Julio Cortázar, Alfaguara, 2013, pp. 153-154.

[5] Se entiende que habla de «Manuscrito hallado en un bolsillo», cuento recogido en Octaedro y publicado por Sudamericana en 1974.

 

Mateo Pierre Avit Ferrero cursó en la Universidad de Salamanca el grado en Traducción e Interpretación, y la maestría en Gestión Cultural. Le concedieron el I Premio Complutense de Traducción Universitaria «Valentín García Yebra» (publicado en VASOS COMUNICANTES). Participó en el segundo programa de mentorías de la asociación. Se dedica a la traducción editorial del francés y alemán. Socio de ACE Traductores, es su representante en alitral.