Traducción, colonialismo y política: el poder del traductor, Tana Oshima

Viernes, 26 de mayo de 2023.

La popularización del concepto de lo poscolonial ha llegado también al campo de la traducción literaria. ¿Pero qué es eso de la traducción poscolonial, y por qué supone no una tendencia, sino un cambio radical de paradigma? ¿Cómo se manifiesta la dimensión ética y política de la traducción, y qué papel desempeña el traductor?

Ilustración de Tana Oshima

En los últimos años hemos visto aparecer un fenómeno de «neo-descolonización» y una popularización de lo poscolonial. Creo que se ha llegado a abusar de estos términos al aplicarse a cualquier objeto de la vida diaria (descolonizar la comida que comemos, descolonizar la ropa que llevamos), lo que ha llevado a su trivialización, como si bastara con comprar unas cosas en lugar de otras para «descolonizarse». Se ha debatido, asimismo, si el término es adecuado o no para referirse a lo que simplemente es el cuestionamiento de una visión del mundo impuesta por alguna fuerza colonizadora (el imperio cultural estadounidense frente al resto, España frente a Latinoamérica, Occidente frente a Oriente). Se trata, en todo caso, de una crítica «radical» —no por extrema sino porque cuestiona las cosas desde la raíz— que también se ha extendido al ámbito de la traducción literaria.

La llamada traducción poscolonial no es una postura extrema. Es una práctica más fidedigna, ética y respetuosa de la traducción. A grandes rasgos, la traducción poscolonial se basa en dos principios: en primer lugar, se trata de traducir una cultura y no únicamente su lengua; y en segundo lugar, se trata de hacer esto respetando al máximo los rasgos de dicha cultura, que es aquella a la que pertenece el autor. Consiste en traducir desde dentro de la cultura de origen, es decir, trasladando lo más fielmente posible la cultura del autor, haciendo que sea el lector de la lengua de destino quien se adapte a la obra, y no al revés.

Pero ¿cómo se va a traducir una lengua sin traducir la cultura, si son inseparables?, se preguntarán algunos. Pues bien, en la traducción tradicional, lengua y cultura se llegan a disociar artificialmente, al menos por dos razones: porque el traductor no tiene suficientes conocimientos de la cultura de origen pero sí los suficientes conocimientos de la lengua como para traducir, o porque se ha hecho un esfuerzo intencionado por adaptar rasgos de la cultura de origen a la cultura de destino. O las dos cosas a la vez. A este segundo fenómeno, los teóricos de la traducción literaria anglosajones lo han llamado «domesticación». Consiste, básicamente, en sustituir lo extraño por lo familiar.

La «domesticación» puede aplicarse a cualquier cultura del mundo. El traductor tradicional adapta algunos rasgos específicos de la cultura de origen a la cultura de destino mediante la equivalencia, una estrategia que ha resultado ser peligrosa e indeseable. Es práctica común que el traductor busque equivalencias de refranes, costumbres, platos culinarios o dichos que el lector de la cultura de destino pueda identificar como suyos. Los estadounidenses lideran esta práctica, «americanizando» con frecuencia los productos culturales extranjeros.

Sin embargo, si la mediación del traductor nunca es neutra, adquiere demasiado protagonismo en estos procesos de adaptación. Es más, el traductor adquiere poder, o más bien acrecentar el que ya tenía. Los mecanismos que entran en juego para que una persona adapte una cultura a otra son complejos y tienen mucho que ver con la percepción, que a su vez está íntimamente ligada a una cosmovisión imbricada en unas jerarquías de poder. Esto significa que la traducción tiene una dimensión política considerable. ¿Desde qué posición se está observando a esa cultura para identificar los elementos «extraños» que hay que adaptar? ¿Qué se considera extraño o difícil para el destinatario y qué no?

Cuando este proceso ocurre entre Occidente y Oriente emergen, además, otro tipo de tensiones y peligros. La mediación del traductor está aún más condicionada por las dinámicas de poder entre su cultura y la de la obra literaria, y posiblemente también por una percepción prejuiciosa o fantasiosa de Oriente. Aun suponiendo que los traductores occidentales de lenguas orientales no tengan prejuicios negativos sobre Oriente, sí pueden estar idealizándolo, estar sumidos en un estado de encantamiento y proyectar sus fantasías, tanto personales como colectivas, sobre su traducción. Desgraciadamente, estas fantasías son una forma más de cosificación.

Occidente ha mirado a Oriente, y continúa mirándolo, desde una posición hegemónica que se consolidó durante la era del colonialismo, el periodo de expansión de las potencias occidentales y su conquista (lograda o fallida) del resto del mundo. Esa mirada continúa dominando la percepción que se tiene de Oriente en Occidente, más aún cuando se trata de una cultura muy lejana y poco conocida como es el caso, por ejemplo, de Japón en España.


E. Said: «El orientalismo (…) formó un simulacro de Oriente y lo reprodujo materialmente en Occidente y para Occidente»


La mirada «colonial» que tiene Occidente sobre Oriente tiene un nombre: orientalismo. Fue Edward Said quien acuñó el término. En su libro Orientalismo, lo explica así:

Por un lado, el Orientalismo adquirió Oriente todo lo literal y ampliamente que le fue posible; por el otro, adaptó ese conocimiento a Occidente, filtrándolo a través de códigos regulatorios, clasificaciones, casos de especímenes, revistas periódicas, diccionarios, gramáticas, comentarios, ediciones, traducciones, todo lo cual formó un simulacro de Oriente y lo reprodujo materialmente en Occidente, para Occidente.

El concepto de simulacro es clave, ya que ahí es donde se gestan las fantasías y los prejuicios, tanto más alejados de la realidad cuanto menos se conoce la cultura recreada. Ese marco colonial y orientalista desde el que se intenta recrear una cultura desconocida, como es el caso de la japonesa en España, lleva a una hiperexotización de algunos de sus rasgos culturales, por un lado, y por otro a una tendencia a la extracción, a llevarse lo que a uno le interesa y desechar o despreciar lo que no.

Es importante ser conscientes de que la traducción, pese a su incuestionable aportación cultural, ha sido, y continúa siendo con demasiada frecuencia, extractiva e interesada, como lo son casi todas las relaciones con «lo exótico». El propio concepto de lo exótico es una fantasía utilitarista, una cosificación de una cultura que nos resulta lejana y desconocida y sobre la que proyectamos nuestras fantasías. En la inmensa mayoría de los libros venidos de Asia, el traductor traduce desde Occidente para Occidente. Si no tiene el debido cuidado y la debida preparación, es fácil que el traductor acabe traduciendo, cuando menos, desde el sesgo (casi siempre en forma de fascinación), filtrando el contenido cultural de Oriente para que se adapte al ideal que tiene Occidente, destacando unos aspectos y obviando otros, como decíamos, o incluso atribuyéndole unos atributos imaginados. Ese es el simulacro, la recreación de Occidente para Occidente.

Entra, entonces, una cuestión ética. ¿Está el traductor contribuyendo a que se comprenda mejor una cultura con todos sus matices? ¿O está reforzando una fantasía, un estereotipo? ¿Está distorsionando la imagen de una cultura mediante equivalentes culturales que deforman la realidad?


El traductor se presenta como un guardia dotado de la autoridad moral, política e intelectual para decidir qué pasa y qué no pasa por la frontera cultural


En el caso concreto de la traducción del japonés y otras lenguas orientales, se combina esta práctica adaptativa, esta «domesticación», con una hiperexotización y la reafirmación de estereotipos. Por poner un ejemplo, se da por hecho que el lector ya conoce la palabra «kimono» y la palabra «tatami», y que además le complace encontrárselas en su lectura, pero en cambio se presupone que otros elementos culturales le pueden resultar demasiado extraños y por lo tanto hay que adaptarlos. Así, el texto tiene que ajustarse a cierta idea de lo exótico sin llegar a serlo demasiado. Entonces se mantienen los términos y rasgos más conocidos (estereotípicos) y se adaptan los que no lo son, casi siempre mediante equivalencias. En ocasiones, el traductor puede incluso llegar a mutilar frases del original (esto ocurre a menudo en el mundo angloparlante). Es decir, el traductor se presenta como un guardia dotado de la autoridad moral, política e intelectual para decidir qué pasa y qué no pasa por la frontera cultural.


Así, el texto tiene que ajustarse a cierta idea de lo exótico sin llegar a serlo demasiado


Para ser justos, diré que también hay traductores no-occidentales que han asimilado esa mirada colonial sobre sí mismos y la reproducen inconscientemente.

Cuando se destacan solo ciertos rasgos de una cultura y se omiten otros, estamos contribuyendo a una representación extrema, y cuando menos inadecuada, de esa cultura: los rasgos que se han decidido destacar aparecen hipertrofiados sobre un fondo cultural plano, desprovisto de los matices que aportan riqueza y complejidad y también una cierta relatividad necesaria (los humanos somos todos mucho más parecidos de lo que nos parece). La cultura retratada se convierte en un mundo de extremos y contrastes artificiales. Habrá quien diga que eso no importa, que lo que importa es que el lector entienda la historia que se ha traducido. Pero eso sería menospreciar el impacto que tanto nuestra profesión como la literatura tienen sobre las personas y su percepción del mundo. La literatura explora la condición humana en sus distintas manifestaciones individuales y culturales. Potencialmente, es una forma privilegiada, cómoda y rica de viajar a culturas desconocidas de la mano de los locales, gracias a la traducción. Si la traducción reduce el contexto cultural de una obra a unos cuantos estereotipos (como resultado del filtro adaptativo), estará reflejando una versión reducida, o más bien reduccionista, de dicha cultura, contribuyendo a propagar estereotipos simples y ese simulacro del que hablaba Said. Por el contrario, la traducción literaria debería servir para ayudar a conocer la realidad —y no la que uno quiere imaginar— que nos llega de esa cultura a través de sus autores, y de esta manera ayudar a corregir la mirada colonial y equilibrar las jerarquías culturales de poder.

Por fortuna, la traducción cultural tiene un gran aliado: las notas a pie de página. La idea de que no sean necesarias es, de por sí, incongruente y contraria a la idea de traducción. Un texto autóctono es aquél que no necesita explicarse a sí mismo y que, por lo tanto,necesariamente requerirá de una explicación para el lector no local. Una novela japonesa escrita para los japoneses no necesita explicarse a sí misma culturalmente. A la hora de traducirla, sin embargo, habrá mucho que explicar para que se entienda, no sólo la historia, sino también la riqueza de su contexto. Numerosas editoriales evitan las notas al pie porque «impiden una lectura fluida», y muchos traductores lo han asumido como verdad. Pero pienso que las notas al pie son para la literatura lo que los subtítulos son para el cine en versión original. En una película en versión original oímos la voz de los actores, sus acentos, sus formas de hablar inherentes a la cultura que están retratando. Además, a nivel artístico, apreciamos mejor su actuación.

Hay palabras o conceptos que son intraducibles. Cuanto más distancia hay entre la cultura de origen y la de destino, mayor grado de intraducibilidad. Ocurre con la comida, con la arquitectura, con la vestimenta, con las costumbres. No hay que forzar y buscar equivalentes. Si, por poner un ejemplo tonto, en un texto japonés aparece la palabra «oniguiri» y la traducimos como «triángulo de arroz» o «tentempié de arroz», ¿estamos ayudando al lector a conocer lo que es el oniguiri? En absoluto. ¿A quién beneficia pues esta traducción? Más vale, entonces, dejar la palabra en el idioma original y dar una explicación detallada a pie de página.

Como traductora de literatura japonesa al español, me encuentro a menudo nadando contra una práctica generalizada de la traducción que favorece eliminar las diferencias y adaptar contenidos culturales. A menudo la riqueza cultural de la obra original no tiene el protagonismo que debería tener (por supuesto, habrá excelentes excepciones). Veo urgente que los traductores en general, y los de lenguas no occidentales en particular, se replanteen cómo están traduciendo, desde dónde están traduciendo, y, por duro que sea, si están capacitados para hacerlo. No hace falta, ni mucho menos, ser «nativo» u «oriental» para hacer una traducción culturalmente justa y respetuosa. Pero no basta con chapurrear el japonés, no basta con haber estudiado la lengua o conocer a fondo un único aspecto de su cultura. Una traducción respetuosa y exigente implica conocer la cultura en toda su complejidad, la riqueza de matices, y trasladarla con cuidado a la lengua de destino para evitar los riesgos que hemos mencionado anteriormente. Más importante aún, hay que conocer su sistema de creencias y de pensamiento, algo fundamental para comprender tanto la cultura como la lengua. ¿Qué ocurriría si alguien tradujera una obra literaria española sin conocer ni entender las creencias y tradiciones judeocristianas, y rellenara los vacíos con elementos de la cultura del traductor? Quedaría una traducción injusta, impropia, en buena parte despojada de su contexto.

Los traductores tenemos mucha más responsabilidad y poder del que creemos. Traduzcamos sin filtrar tanto, de forma que la literatura que nos llega de lejos pueda realmente ejercer de mirilla por la que el lector se asome a una cultura lejana tal y como es, en su contexto. Dejemos que el lector se encuentre de bruces con lo extraño y extranjero. Contribuyamos a representar a las culturas de una manera más justa y equilibrada; ahí radica en gran parte la belleza de nuestro oficio.

PS: Según termino de revisar este artículo se publica el manifiesto del Comité de Traductores de PEN America (EEUU), en el que se apela a un «nuevo paradigma» para la traducción literaria que tenga en cuenta algunos de los aspectos aquí mencionados.

 

Tana Oshima es traductora literaria del japonés al castellano. Es miembro de ACE Traductores y de la asociación ALTA’s Bipoc Literary Translators Caucus de EEUU, donde reside. Ha traducido Territorio de luz, de Yuko Tsushima; Agujero, de Hiroko Oyamada, y Tokio, estación de Ueno, de Yu Miri, entre otros.