Vocabulario cosechado en el huerto de Landero, Gabriel Hormaechea

Lunes, 16 de mayo de 2022.

Leyendo El huerto de Emerson, de Luis Landero, me topo con un sabroso vocabulario que desconozco y que, a veces, me sorprende. En algunos casos no es de extrañar, porque se trata de extremeñismos y yo soy del Cantábrico. Por ejemplo: un pastor «en el zurrón lleva el sustento: tocino, morcilla queso, aceitunas y un pedazo de pan. Y de fiesta una perrunilla». La tal «perrunilla», al parecer, es un tipo de bizcocho o tarta pequeña que se consume en Andalucía, Extremadura y Salamanca. Por otro lado, yo que siempre he oído y dicho «¡Es la caraba!» para expresar que se trata de algo extraordinario, de no creer, ignoraba el significado de «caraba» en Extremadura, Ávila, Salamanca y Zamora, según la Real Academia. Landero escribe: «En invierno se juntarían allí los cazadores a comer y echar una caraba», lo que, según me informo, quiere decir pasar un buen rato juntos charlando. Me pregunto si la locución «ser la caraba» viene de ahí, de que echar una caraba es algo muy agradable, lo que no sería de extrañar, porque la palabra viene del árabe hispano qaraba: «parientes próximos».

Del zurrón de un pastor pasamos a una reunión de cazadores, y seguimos con el vocabulario rural de la infancia de Landero, llamativo para gentes de ciudad. Así, nos habla de «un colmado donde viniesen gentes de los alrededores, de Portugal incluso, a hatear o a comprar cualquier cosa, por necesidad o por capricho». Ese «hatear», como puede intuirse, viene de hato y quiere decir recoger la ropa y enseres personales para salir de viaje, es decir «hacer las maletas», pero en el campo y en la época se hacía el hato. Así, según el DRAE, dar la «hatería» a los pastores es darles la provisión de víveres para pasar unos días.

Siguiendo con términos rurales, para nombrar las rodadas de carro en el camino de tierra, Landero usa el término «relejes», cuyo origen etimológico parece ser relaxare, aunque me cuesta ver por qué «relajar» ha acabado dando nombre a la rodada de carro.

También me llaman la atención los nombres de algunos animales. Cita, por ejemplo, un dicho extremeño de su infancia: «Si te pica el alicante, / llama al cura que te cante. / Si te pica el aldabón, / avisa al enterrador». Pues bien, el «alicante» es una especie de víbora venenosa y el «aldabón», que recibe ese nombre en algunos pueblos de Badajoz, es el reptil llamado liso o eslizón que, en según qué pueblo de Extremadura, puede llamarse eslabón, deslabón o delabón, también jurapastro y liso patón.

Por otro lado, para mí, un «ceporro» siempre ha sido alguien corto de alcances e ignorante, pero Landero aplica el término a las manos de un personaje: «Eran sus manos grandes y ceporras, más tercas que eficaces». La imagen se capta bien, puesto que un ceporro, en el campo, es una cepa vieja y seca que se usa para hacer fuego.

También me suenan rurales palabras como «cabezo» para nombrar un cerro pequeño y aislado o «machar» para decir machacar (se machan las aceitunas, por ejemplo), «cancilla» para la puerta de la verja del huerto, o «escuerzo» para nombrar al sapo.

Otras palabras que he aprendido leyendo a Landero son «chinero» para nombrar un armario donde se guardan piezas de porcelana o cristal, y «capuchina», una especie de lámpara de aceite de metal con apagador en forma de capucha. Es cierto que la caída en desuso del objeto ha podido hacer que su nombre caiga en el olvido, pero, sin embargo, la palabra candil sigue viva.

En la siguiente frase aparecen dos verbos desconocidos para mí. «Con estas lluvias el suelo se aguachina y a las ovejas se les enmollecen las pezuñas». «Aguachinar» es lo que yo siempre he llamado «encharcar», y «enmollecer», que he entendido porque en catalán «moll» quiere decir blando, como «muelle» en castellano. Otra palabra con la que me topo por primera vez en el texto de Landero es «tueco». Así escribe: «¿Y esconderse en el hoyo del ‘tueco’ de un árbol?» El DRAE consigna dos acepciones para la palabra «tueco»: «1: Tocón de árbol. / 2. Oquedad producida por la carcoma en las maderas». Curiosamente, en cuanto a su etimología dice: «de origen onomatopéyico», pero no consigo imaginar qué sonido imita el tal «tueco».

Terminaré con un término menos rural, que aparece cuando ya habla de Madrid donde, dice, había «viejas sentadas con sus ropones ante una cesta en la que había pipas, regaliz, palulú, caramelines de menta, tabaco, chicles y piedras de mechero». Nunca oí la palabra «palulú» para nombrar lo que para mí siempre fue regaliz de palo. Al parecer era palabra del centro de España, pero por las indagaciones que he hecho entre jóvenes, es palabra prácticamente difunta. ¿La cosa también? ¿Siguen los niños comiendo palulú?

 

 

Gabriel Hormaechea ha traducido, entre otros autores, a Elisabeth Van Gogh, Fernande Olivier, Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, François Olivier Rousseau, Mireille Calmel, Jean Paul Sartre, Anatole France, Colette, Flora Tristán, Anne Gédéon Lafitte, Édiht Piaf, François Rabelais, Patrik Modiano. Ha sido durante años vicepresidente de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña ACEC.

 

 

 

3 Comentarios

  1. Concha Responder

    ¡Qué gozada de vocabulario, Gabriel! Muchas gracias por el repertorio tan bien explicado y contextuado.

  2. María Alonso Seisdedos Responder

    «Curiosamente, en cuanto a su etimología dice: «de origen onomatopéyico», pero no consigo imaginar qué sonido imita el tal “tueco”.» ¿Toc, toc?
    En gallego se dice «toco».

  3. Cristina Cosmed Lago Responder

    Sí, de verdad, ¡gracias por haberlas extraído! Qué poder resucitador tienen las palabras, mención especial al «chinero».

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