Sobre cómo Woolf cambió una habitación por un cuarto propio, Rafael Accorinti

Viernes, 21 de mayo de 2021.

¿Se refería Virginia Woolf a Una habitación propia o Un cuarto propio? Del ensayo feminista nace el debate sobre el uso de los hiperónimos en la traducción literaria.

Si hay algo que los traductores evitamos como la pólvora cuando traducimos es el uso de hiperónimos. El DRAE lo define como «palabra cuyo significado está incluido en otras» y nos ilustra ejemplificando que la palabra «pájaro» es el hiperónimo de «jilguero» y de «gorrión». Al hablar, solemos poner algo más de empeño y usamos los hipónimos cuando nos expresamos. La razón es sencilla: nos gusta ser precisos cuando hablamos con los demás. De modo que no decimos «ir a la compra en vehículo», sino «ir a la compra en coche» —también puedes acercarte en «bus», «metro», tranvía o en «tractor» si me apuras—.

A la hora de traducir, tanto traductores —y escritores— como lectores hemos de estar bien atentos para no incurrir demasiado en el uso constante de los hiperónimos en la literatura. Pues bien lo advirtió Magrinyà en su momento: no nos gusta —mucho me temo— ver repetida una palabra[1] en el mismo párrafo, la misma página y, algunas veces, el mismo capítulo. Por lo que los hiperónimos se han convertido en un comodín habitual para que el lector no tenga que leer la misma palabra dos o más veces.

Uno de los hiperónimos más frecuentes es «habitación», una palabra que el DRAE define en la tercera acepción como «cada uno de los espacios entre tabiques destinados a dormir o comer en una vivienda»[2]. Este término —en la que todo puede ser— es, junto a «cuarto» y «estancia», el bote salvavidas de la literatura que nos protege de leer dos veces palabras como «dormitorio», «salón», «comedor», «despacho», «trastero», «sala de estar», «oficina», «vestidor, » «baño» y muchísimas más. El uso adecuado de este recurso depende de un hipónimo, que funciona como antecedente para que el traductor o el escritor no tenga que repetir «dormitorio» o «salón», y use, en su lugar, «habitación» en pos de la sinonimia. Hasta aquí, todo es coser y cantar, pero pongámonos en el caso, digamos, de que el traductor no disponga de más antecedente que la palabra inglesa room y no tenga más remedio que traducirla como «habitación», «cuarto» o «estancia»[3]:

La madre suspiró y paseó la mirada por la «habitación» como si no fuera a verla nunca más. El niño con el pijama de rayas, de John Boyne[4].

Todo estaba oscuro, y por aquí y por allá camas y armarios, y bolches y pesadas banquetas y pilas de cajas y libros. Pero caminé virilmente hacia la puerta del «cuarto», porque de allí venía un rayo de luz. La naranja mecánica[5].

Un policía llamó al viejo indicándole que se acercase a la mesa que había en el centro de la «estancia», donde estaba sentado el sargento. La conjura de los necios, de John Kennedy Toole[6].

¿No estará la madre echando un último vistazo al «comedor» en lugar de a una «habitación»? ¿Acaso no estará Alex DeLarge caminando por un «dormitorio» en lugar de un «cuarto»? ¿O el policía llamando al viejo desde la mesa en el centro de la «comisaría» en lugar de la «estancia»? Y que conste que adoro estas traducciones y que jamás acusaría a un traductor por pagar un hiperónimo en inglés con uno en español. Sin embargo, y pese a todo, me pregunto: ¿tenemos los traductores que pasar de vez en cuando por encima del autor en pos de la literatura? Es innegable que este recurso es muy útil, pero hay que pensárselo dos veces antes de traducirlo, pues al usar un hiperónimo, perdemos esas «descripciones espaciales» que tanto enriquecen la narrativa de una novela[7]. Y es que en inglés, no se echa de menos —a priori— un contexto que nos sitúe como lectores en la acción como pasa en nuestra lengua. Cuando nos expresamos en español, solemos ser más específicos y, si acaso no quisiéramos repetir alguna palabra, ahí es cuando usaríamos el comodín del hiperónimo. De manera que, para no repetir «comedor», podemos usar «habitación»; para no duplicar «dormitorio», recurramos a «cuarto»; y, para no reiterar «comisaría», propongamos una «estancia»; siempre y cuando hayamos usado con antelación el hipónimo.

 

¿Qué hacer entonces cuando carecemos de contexto?

Muchas veces los traductores nos encontramos entre la espada y la pared para traducir la palabra inglesa room, ya que no siempre cuenta con un contexto específico del espacio al que se refiere la autora o el autor. Por lo que, en dichas ocasiones, si la autora o el autor ha jugado a oscurecer el texto, nosotros no vamos a ser menos —qué duda cabe—; no podremos hacer otra cosa que recurrir al hiperónimo. Una autora muy aficionada a crear «espacios» sin dar muchos detalles es Virginia Woolf, y es que, ¿quién se atrevería a echar un vistazo a cualquiera de sus novelas y afirmar que esa «habitación» o «estancia» se trata en realidad de un «salón», un «comedor» o un «cuarto de estar»?:

 Su único don era conocer a la gente casi por instinto, pensó mientras proseguía su camino. Si la dejaban en una habitación con alguien, arqueaba la espalda como un gato, o ronroneaba. La señora Dalloway [8].

Alzó los ojos —¿qué diablillo se había apoderado de su benjamín, de su bienamado?— y vio la habitación, vio las sillas, que le parecieron lamentables. Al faro[9].

¿No eran acaso las franjas de oscuridad en la estancia y los charcos amarillos que ajedrezaban el suelo obra del sol que se deslizaba por el vitral del gran escudo de armas de la ventana? Orlando[10].

Ante semejantes incógnitas, y como si plantear semejantes verdades en un único libro no fuera suficiente, surge un dilema al traducir A Room of One’s Own, el queridísimo ensayo feminista de Virginia Woolf. El título, en mi opinión, suscita un debate sobre cuál debería ser la traducción más adecuada del ensayo: ¿Una habitación propia o Un cuarto propio?

En A Room of One’s Own, Woolf apela a la necesidad de disponer de una «habitación» o un «cuarto» personal y una renta anual de trescientas libras para que una mujer se plantee escribir novelas. El ensayo reivindica la independencia económica de la mujer —las trescientas libras anuales— y la conquista de un «espacio» personal para propiciar el escenario ideal de la creación literaria[11]. La premisa ha llevado a la diferencia de opiniones en relación a la traducción del título, pues da la sensación de que Woolf haya echado el cerrojo a esta «estancia» misteriosa hasta que los traductores se pongan de acuerdo de si se trata de una «habitación» o un «cuarto»:

¿Qué tiene eso que ver con una habitación propia? Trataré de explicarme», Una habitación propia[12].

¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia? Intentaré explicarme», Una habitación propia[13].

 ¿Qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo, Un cuarto propio[14].

 Estas tres traducciones hacen que nos planteemos cuál es la diferencia —si es que la hay— entre «habitación» y «cuarto», y de si hay una más acertada que otra. El único autor que se desmarca en la traducción de este ensayo es Jorge Luis Borges, pues propone bautizar esta «estancia» de la casa como «cuarto». Una palabra que el DRAE define como sinónimo de «habitación», pero si echamos un vistazo a nuestra literatura —y a nuestros hogares— descubriremos que hay todo tipo de «cuartos» en nuestra lengua:

Mario es casi una sombra inmóvil. Sobre el cuarto de estar vuelve a proyectarse la luminosa mancha del tragaluz. Agachadas para mirar, se dibujan las sombras de dos niños y una niña. El tragaluz, de Antonio Buero Vallejo[15].

Cuando abrió su maleta sobre la cama del cuarto de invitados, ya había previsto vender su piso para comprar otro mayor, en Estrecho o cerca de allí, para que Alfonso y Tamara pudieran seguir yendo a sus respectivos colegios. Los aires difíciles, de Almudena Grandes[16].

Los amigos de Caballero vieron asombrados el magnífico cuarto de baño que supo instalar aquel hombre extravagante venido de América. Tormento, de Benito Pérez Galdós[17].

Y aunque todo lo decrépito, lo que tiene algún punto de grotesco o de enfermo, lo que se mece tiernamente sobre el vacío de lo cursi, no tenía cabida en el universo rutilante y acerado de una diosa helénica o una reina bruja, aunque el cuarto de juegos amanecía inundado con frecuencia de juguetes caros y maravillosos, siempre con instrucciones en algún idioma extranjero», El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets[18].

Desenrosqué el tapón. Siempre me había gustado el olor a gasolina. En el cuarto de la caldera había pilas de leña de encina. También sobre el táblex o sobre la ropa. O en cualquier otro lugar. Saltaría por el corral. La media distancia, de Alejandro Gándara[19].

También recuerdo que un condiscípulo vio o inventó que en su casa había un cuarto oscuro que tenía rendijas en el suelo, y por estas rendijas veía de noche, según él, unos hombres que andaban en una especie de cuadra, y el condiscípulo amigo mío pensaba que eran ladrones o monederos falsos. Desde la última vuelta del camino. Memorias, de Pío Baroja[20].

 

¿Existe una diferencia, entonces, entre «habitación» y «cuarto»?

La propuesta de Borges no iba para nada desencaminada. Bastaba con girar el pomo de la puerta para darnos cuenta de que un «cuarto» no es más que una «habitación» con un propósito específico, ya sea recibir a las visitas y tomar algo como lo hacemos en el «cuarto de estar», ofrecer a los amigos pasar la noche en el «cuarto de invitados», ir cuando se necesita al «cuarto de baño», ver jugar a los niños en el «cuarto de juegos, guardar trastos en el «cuarto de la caldera» o disparar nuestra imaginación en un «cuarto oscuro».

Quizá estas hayan sido las razones por las que Borges haya preferido traducir A Room of One’s Own como Un cuarto propio, ya que él —mejor que nadie— veía el «cuarto» donde trabajaba como una «habitación» destinada a la creación literaria. Quizá también haya estado de acuerdo con la traducción del ensayo como Una habitación propia, pues él entendía la traducción como una interpretación personal del traductor en la que ha de ser libre de elegir la perífrasis en lugar de la literalidad o viceversa[21]. De modo que el título bien podría traducirse como Un espacio personal o Un lugar propio, si se tiene en cuenta el mensaje que Woolf quería expresar; o como Una habitación para una misma o Un cuarto para sí misma, si se prefiere traducir palabra por palabra.

Cualesquiera que sean nuestras razones para preferir «habitación» o «cuarto», habría que señalar, además, que tanto Borges[22] como un servidor pertenecemos al habla latinoamericana, en la cual el hiperónimo «habitación» no es tan común como ocurre en el habla peninsular, y que hacemos más uso de «cuartos, «dormitorios» y hasta de «piezas» que de «habitaciones»:

 Una pieza vacía apareció a la vista y la lumbre perdió sus alegres colores. […] En medio del cuarto había una mesita cargada de papeles», Dublineses, de James Joyce, traducida por Cabrera Infante[23].

Y me la hizo visitar paso a paso, cuarto por cuarto, escondrijo por escondrijo, entreteniéndome con su delicada charla infantil, lo que dio por resultado que fuéramos, al cabo de media hora, extraordinariamente amigas», Otra Vuelta de Tuerca, de Henry James, traducida por José Bianco[24] (24).

Un cuarto pequeño situado en el frente del cuarto piso, al comienzo del corredor, apareció abierto, con la puerta entornada. La habitación estaba llena de camas viejas, cajones y objetos por el estilo», Crímenes de la Calle Morgue, de Edgar Allan Poe, traducida por Julio Cortázar[25].

Ya seamos más de «piezas» que de «habitaciones» o más de «cuartos» que de «estancias», si hay algo que los traductores debemos tener presente es que A Room of One’s Own apela a la inagotable lucha de las mujeres por conquistar una «estancia» de la casa, que poco tiene que ver con «habitacione»s y más con el hecho de ser dueñas de un «espacio» de creación literaria. Una idea compleja propuesta por Woolf que, a mi juicio, es de justicia poética que sea tratada de forma precisa cuando traducimos, y no conformarnos con menos, puesto que el mensaje de la autora lo merece y si se tiene que repetir un hipónimo en aras de la precisión —me disculparéis—, se repite con gusto.

 

Notas

[1] Magrinyà, Luis (2015): Estilo rico, estilo pobre. Debate, Madrid, p. 171.

[2] Ibid., p. 169.

[3] Ibid., p. 172.

[4] Boyne, John (2009): El niño con el pijama de rayas. Traductora: Gemma Rovira Ortega. Ediciones Salamandra, p. 13.

[5] Burgess, Anthony (2007): La naranja mecánica. Traductor: Aníbal Leal. Booket, p. 62.

[6] Kennedy Toole, John (2019): La Conjura de los Necios. Traductor: J. M. Fernández y Ángela Pérez. Anagrama, p. 28.

[7] Magrinyà, Luis (2015): Estilo… op. cit., p. 172.

[8] Woolf, Virginia (2020): La señora Dalloway. Traductor: Andrés Bosch. Lumen, pp. 16-17.

[9] Woolf, Virginia (2018): Al faro. Traductor: José Luis López Muñoz. Alianza Editorial, p. 38.

[10] Woolf, Virginia (2019): Orlando. Traductor: Jorge Luis Borges. Lumen, p. 26.

[11] Woolf, Virginia (2020): Las olas. Traductor: Dámaso López. Cátedra, Letras Universales, p. 72.

[12] Woolf, Virginia (2019): Una habitación propia. Traductora: Catalina Martínez Muñoz. Alianza Editorial, p. 9.

[13] Woolf, Virginia (2020): Una habitación propia. Traductora: Laura Pujol. Austral, p. 9.

[14] Woolf, Virginia (2020): Una cuarto propio. Traductor: Jorge Luis Borges. Lumen, p. 17.

[15] Buero Vallejo, Antonio (1967): El tragaluz, p. 62.

[16] Grandes, Almudena (2002): Los aires difíciles, de Almudena Grandes. Editorial Tusquets, p. 553.

[17] Pérez Galdós, Benito (1884): Tormento. p. 194.

[18] Tusquets, Esther (1978): El mismo mar de todos los veranos, pp. 25-26.

[19] Gándara, Alejandro (1984): La media distancia. Alfaguara, p. 177.

[20] Baroja, Pío (1978): Desde la última vuelta del camino. Memorias. p. 552-553.

[21] Borges, Jorge Luis (1975): Prólogos. Torre Agüero, p. 163.

[22] Kristal, Efraín (1999): «Borges y la traducción» en Lexis XXIII, p. 3.

[23] Joyce, James (1983): Dublineses. Traductor: Guillermo Cabrera Infante. Alianza Editorial, p. 113.

[24] James, Henry (2012): Otra vuelta de tuerca. Traductor: José Bianco. Siruela, p. 33.

[25] Poe, Edgar Allan (2008): Cuentos completos. Traductor: Julio Cortázar. Páginas de espuma.

 

Rafael Accorinti es traductor, editor y corrector literario. Estudió Filología Inglesa y el Máster de Traducción Literaria en la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en el mundo editorial.