El viaje de la literatura. Aportaciones a una didáctica de la traducción literaria, Carlos Fortea (coordinador)

Viernes, 30 de octubre de 2020.

El viaje de la literatura. Aportaciones a una didáctica de la traducción literaria, Carlos Fortea (coordinador), Cátedra, 2018, 215 págs.

Núria Molines Galarza

Si se supone que es imposible enseñar a escribir literatura, que el genio es algo innato, ¿cómo vamos a enseñar a traducirla, si esa traducción es, también, otra forma de escritura? Y sin embargo se enseña. Igual que hay quien dice por ahí que la traducción es imposible, y sin embargo se traduce. Esta es la reflexión con la que Carlos Fortea inicia este conjunto de artículos del grupo de investigación TradLit de la Universidad de Salamanca, donde vemos no solo que la Traducción Literaria se puede enseñar —y menos mal, si no, a ver cómo justifico yo mi sueldo en la UJI—, sino que dentro de esta rama de la didáctica de la traducción, por más dificultades que nos aparezcan por el camino, podemos encontrar toda una serie de métodos o prácticas sistematizables que mejoran la competencia traslatoria del estudiantado.

Así, el interés que despertó en mí esta obra fue doble: por una parte, como traductora —qué curiosidad ver lo que se plantea desde la academia para formalizar todo aquello que hacemos, o intentamos hacer, para ganarnos el pan cada día, de manera más o menos sistemática o más o menos instintiva, ya que nunca tuve la oportunidad de cursar una sola asignatura de Traducción Literaria como tal—; por otra, como docente de Traducción Literaria que ha entrado en la universidad por la vía de la asociatura; véase, desde la cueva donde una traduce cada día muchas horas desde hace unos años, pero sin saber muy bien cómo funciona una clase, cómo se estructura un currículum o cómo traducir lo que una ha ido aprendiendo —a marchas forzadas y con correcciones— a una enseñanza significativa.

Las aportaciones del volumen a la Didáctica de la Traducción Literaria son de lo más variadas —y, por extensión, no podremos entrar en detalle en las once propuestas que se presentan—, aunque sí que haremos un breve repaso de todas ellas, que bien lo merecen. En El viaje de la literatura encontramos textos que abordan competencias fundamentales en el ámbito de la literaria como, por ejemplo, el desarrollo de la creatividad, que Ana M.a García Álvarez plantea con un enfoque cognitivo de los procesos creativos y su impacto en la docencia de Traducción Literaria. También en relación con la creatividad (y, por extensión, la lengua A), encontramos una aportación muy interesante por parte de Jorge J. Sánchez Iglesias, que detalla una idea centrada en la retraducción para afilar nuestra herramienta de trabajo principal, la lengua de llegada, fundamental para traducir literatura —o traducir, a secas— y que, en ocasiones, está un poco más roma de lo que debería.  Como bien dice el autor, por muy clara que nos parezca la importancia de la lengua A para traducir, «dicha centralidad ideológica se convierte muchas veces en periferia desde el punto de vista de la didáctica» (p. 143). Tomamos buena nota de ello.

Tras estas propuestas o reflexiones que abordan la relación entre creatividad, lengua A y Traducción Literaria, encontramos dos textos que se centran más en la fase de análisis del texto (¡otro gran olvidado, que enseguida nos metemos en harina y a darle a la tecla!): uno de Rosa M. Gómez Pato centrado en la competencia intermedial —la de interpretar imágenes en relación con un texto escrito, fundamental para toda la literatura ilustrada, especialmente para la LIJ (y, añadimos, el cómic)—; otro, de Claudia Toda, donde recalca lo necesario que es hacer una lectura y analizar previamente el texto literario como medida de prevención ante sobreinterpretaciones. La propuesta de Toda incluye dos perspectivas, narratológica y formalista; la primera más indicada para el nivel macrotextual y la segunda, para el microtextual. No puedo estar más de acuerdo con la necesidad que plantea la autora de que una futura traductora literaria tenga nociones —por mínimas que sean— de los ingredientes del artefacto que tiene entre las manos, del cómo está contada (y del porqué que se deriva de ese cómo).

En otro grupo de aportaciones, encontraríamos las que se centran en el marco PETRA-E, un modelo basado en competencias específico para la formación en Traducción Literaria. Este marco resulta sumamente útil a la hora de pautar actividades según los diferentes tipos de competencia, que van de la mano de los diferentes niveles del marco (de principiante, TL1, a TL5, experto). Aquí vemos un estudio de caso muy interesante de Belén Santana sobre el desarrollo de la competencia traslatoria en un seminario de traducción literaria —que, aunque está en alemán, bien puede servir de modelo para otros pares de idiomas—. Se agradece la inclusión de un estudio para ver «en vivo y en directo» cómo podría aplicarse la metodología derivada del marco de referencia. También encontramos una secuenciación de contenidos según niveles de la mano de Carlos Fortea, que arroja bastante luz sobre algo que a mí, particularmente, siempre me resulta complicado: calibrar la dificultad de las tareas y diseñar el currículum de Traducción Literaria (sobre todo para principiantes), cuando, al fin y al cabo, los textos con los que se trabaja suelen ser reales, no adaptados. Su reflexión sobre qué aspectos debería tener en cuenta el equipo docente para seleccionar los textos de trabajo según el nivel del estudiantado —siguiendo el marco PETRA-E— es francamente esclarecedor. El texto de Goedele Sterck, por su parte, se centra en la aplicación del citado modelo para la traducción de lenguas europeas periféricas (el neerlandés, en este caso). En este ejemplo el marco se usa como herramienta de diagnóstico y, tal y como afirma la autora: «Supone una oportunidad de situar a todas las literaturas europeas en el mapa» (p. 100).

Centradas en aspectos más concretos del oficio diario, de las propuestas de Isabel García Adánez (sobre cómo establecer y defender criterios de traducción) y de Itziar Hernández (sobre cómo traducir la oralidad) podemos extraer —y extraemos— prácticas que, cambiando los pares de idiomas, se van a ir derechitas a nuestras clases; los ejercicios que plantean las autoras, al trabajar aspectos tan concretos del trabajo diario, nos parecen de lo más relevantes. A veces, empecinadas en la cantidad —¡venga, venga, hay que practicar, toma otro texto, y otro, y otro!— o en traducir textos «donde hay un poco de todo», esas ensaladas imposibles donde en cuatro párrafos tienes referentes culturales, oralidad, juegos de palabras, fraseología y cien unicornios que hablan en dialecto temporal, nos olvidamos de trabajar en lo concreto, algo fundamental para apuntalar, poco a poco, todos los aspectos que son importantes en una traducción.

Cabe mencionar también la interesante aportación de Marta Fernández Bueno, que, a partir de la reflexión teórica sobre la traducción de un texto teatral para puesta en escena, detalla el desarrollo de un seminario donde se trabajó de manera colaborativa, cosa que permitió que hubiera una mayor reflexión en torno a las decisiones de traducción y, así, que la teoría se colara entre bambalinas. Como dice la propia autora, «se trataba de un proceso de sensibilización “apriorística” de los elementos que conforman la especificidad de la traducción teatral» (p. 190).

En último lugar, no podemos sino remarcar lo grata que ha sido la lectura del capítulo de Juan Gabriel López Guix, que destaca por su capacidad de aunar teoría, oficio y aula en todo momento. En el texto se recalca lo fundamental que es la documentación, es decir, la investigación, que a veces queda en segundo plano cuando solo se da prioridad «a las aptitudes creativas del estudiante» (p. 168) o se piensa que la traducción literaria exige menos rigor terminológico que otras ramas. Todo ese trabajo «detectivesco» es lo que le da peso a nuestras respuestas ante la traducción, lo que nos ayuda a justificarla; un cometido que va de la mano de nuestra responsabilidad con el texto.

Este viaje por la (enseñanza de la traducción de la) literatura nos deja con muy buen sabor de boca, con reflexiones valiosas en torno al oficio y, sobre todo, a cómo se lleva al aula; con ideas para poner en práctica con las nuevas generaciones y, por qué no, para reflexionar una misma.

 

Núria Molines Galarza es traductora de alemán, inglés y francés al catalán y al castellano. Se dedica, principalmente, a la traducción de libros (narrativa, ensayo y cómic); han pasado por sus manos más de cuarenta obras de autoras como Kate Millett, Ursula K. Le Guin, Mary Karr o de autores como Romain Rolland, Ernst Toller, Wade Davis, Fredric Jameson, los hermanos Grimm o Mark Fisher. Compagina su labor como traductora con la docencia en Traducción Literaria en la Universitat Jaume I y en el Máster de Traducción Audiovisual de la Universidad Europea de Valencia. Escribe una tesis sobre traducción y deconstrucción (o lo intenta, según el día). Miembro de ACE Traductores, de la Xarxa y de AVIC.