María Teresa Gallego: El principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Viernes, 31 de julio de 2020.

María Teresa Gallego Urrutia ha traducido del francés la obra de Antoine de Saint-Exupéry El principito, Vicens Vives Sudamérica, 2020.

El 21 de agosto de 1944, Camus escribió en Combat, el periódico de la Clandestinidad, que dejaba de ser clandestino:

Hoy, 21 de agosto, en el momento en que sale esta edición, está concluyendo la liberación de París. Tras cincuenta meses de ocupación, de combates y de sacrificios, París vuelve a nacer al sentimiento de libertad…[1]

Unos días antes, el 31 de julio de 1944, habían derribado el avión de Saint-Exupéry (se supone que lo derribó un caza alemán), que había despegado de Córcega en misión de reconocimiento cartográfico para la preparación de un desembarco aliado en Provenza. El escritor no volvió a la base. Hasta 2003 no aparecieron los restos del avión cerca de Marsella.

Hoy, 31 de julio de 2020, en el aniversario de su muerte, reseño una nueva traducción de uno de sus libros.

 

No os voy a contar, queridos lectores de VASOS COMUNICANTES, la historia del principito, porque ¿quién no la sabe?

Su obra pasó a dominio público en todo el mundo,menos en España, en 2014. En España, al haber fallecido antes de 1987, no pasará a dominio público hasta 2024.

No obstante no embargante, Vicens Vives se dirigió a mí en 2017 [2]para pedirme una traducción para sus colecciones de Sudamérica (edición escolar y edición en tapa dura). Me hizo mucha ilusión y cogí un lápiz para tachar El principito de esa lista que tengo con los hitos que siempre había querido traducir, pero que no estaba nada segura de poder traducir algún día[3].

Y esta reseña de la traducción se la dedico a mi querido colega y sin embargo amigo Íñigo Sánchez Paños con quien llevo décadas lamentando a dúo la versión, única por ahora en España salvo error u omisión , de Bonifacio del Carril así como sus posteriores parches (sé que hay alguna versión en México, pero no la he leído). He dicho muchas veces que no soy partidaria de criticar en público a traductores y traducciones, primero por aprecio a los colegas y respeto al gremio, segundo por aquello de la paja y la viga. Pero es que la traducción del señor del Carril… en fin, corramos un tupido velo…

Cuando recibí el encargo de Vicens Vives (y la oferta de una tarifa sorprendente, una pena que el libro sea tan corto), yo ya había traducido para mis alumnos de francés del instituto no pocas páginas y varias veces. Le petit prince formaba parte de las lecturas que tenían que hacer durante el bachillerato (parte en clase conmigo y parte solos en casa). La pauta para la lectura en casa era: «lo que no entendáis no vayáis a aclararlo al libro publicado en castellano, lo traéis a clase y lo solucionamos en clase». Pero, como la carne es flaca, les daba por si acaso una traducción mía para casos de emergencia que les impidiera conciliar el sueño hasta la siguiente clase.

Así que saqué todas las versiones que había hecho y vuelto a hacer y a matizar para mis alumnos y me puse a hacer otra que aprovechase tantos años de meditar sobre el libro de Saint-Exupéry.

Y tengo que confesar que hay algo que no he sido capaz de resolver.

Lo primero que dice el principito es: S’il vous plaît, dessine-moi un mouton. Considerar silvouplé[4] como una única palabra, sin caer en la cuenta de que se trata del verbo plaire en segunda persona del plural, es lo habitual en niños pequeños. Y con esa mezcla candorosa del usted (s’il vous plaît) y del tú (dessine-moi un mouton) el personaje queda ya creado, definido, antes de que lo veamos siquiera, solo con oírlo por primera vez.

Le he dado vueltas durante años. Sola y con colegas. No he encontrado la forma de recrearlo en castellano (no iba a poner: oigausté o tengalabondá, dibújame un cordero o algo por el estilo). Así que lamentaré hasta el fin de mis días que para el lector en castellano se pierda el fogonazo de la primera frase del principito, que su aparición quede coja y no haber sido capaz de remediarlo (como tampoco pude solucionar la integridad del título de Patrick Modiano La place de l’étoile). Los traductores solucionamos lo difícil, para lo imposible tardamos algo más. Pero el milagro no entra en nuestras capacidades (al menos en las mías).

 

Unas páginas:

Entonces fue cuando apareció el zorro.
—Hola —dijo el zorro.
—Hola —dijo cortésmente el principito, que se volvió, pero no vio nada.
—Estoy aquí —dijo la voz—, debajo del manzano.
—¿Quién eres? —dijo el principito— ¡Qué bonito eres!
—Soy un zorro —dijo el zorro.
—Ven a jugar conmigo —le propuso el principito—. Estoy tan triste…
—No puedo jugar contigo —dijo el zorro— No estoy domesticado.
—¡Ay, lo siento!
Y, tras pensárselo un rato, preguntó:
—¿Qué quiere decir «domesticar»?
—No eres de por aquí —dijo el zorro— ¿Qué andas buscando?
—Busco a los hombres —dijo el principito—. ¿Qué quiere decir «domesticar»?
—Los hombres tienen escopetas y van de caza. ¡Resulta muy molesto! También crían gallinas. Es lo único interesante que tienen. ¿Buscas gallinas?
—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué quiere decir «domesticar»?
—Es algo que se ha quedado muy olvidado. Quiere decir «familiarizar…».
—¿Familiarizar?
—Eso es —dijo el zorro—. Tú no eres aún para mí sino un niño igual que otros cien mil niños. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Yo no soy para ti sino un zorro igual que otros cien mil zorros. Pero si me domesticas, nos necesitaremos mutuamente. No habrá para mí otro como tú en el mundo. No habrá para ti otro como yo en el mundo…
—Ya lo voy entendiendo —dijo el principito—. Hay una flor… creo que me ha domesticado…
—Es posible —dijo el zorro—. En la Tierra se ve de todo…
—¡Huy, no está en la Tierra! — dijo el principito.
El zorro pareció muy intrigado.
—¿En otro planeta?
—Sí.
—¿Hay cazadores en ese planeta?
—No.
—¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
—No.
—Nada es perfecto —suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a lo que estaba diciendo al principio.
—Llevo una vida monótona. Yo cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas son iguales y todos los hombres son iguales. Así es que me aburro un poco. Pero, si me domesticas, será como si mi vida se llenara de sol. Sabré de un ruido de pasos diferente a todos los demás. Los demás pasos me obligan a meterme en la madriguera. Los tuyos me harán salir, me llamarán como una melodía. Y otra cosa. ¡Fíjate! ¿Ves aquellos campos de trigo? Yo no como pan. El trigo no me vale de nada. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y es una pena! Pero tú tienes el pelo del color del oro. ¡Así que será maravilloso cuando me domestiques! Como el trigo es dorado, al verlo me acordaré de ti. Y me gustará el ruido del viento en el trigo…
El zorro se calló y se quedó mucho rato mirando al principito.
—¡Por favor… domestícame! —dijo.

[…]

[1] A la sublevación de la Resistencia en París se unió la entrada en la capital de la 2ª división blindada del general Leclerc. El tanque que iba en cabeza se llamaba Guadalajara y su dotación la componían españoles exiliados de la Guerra Civil.

[2] Aunque entregué el libro en 2018, acaba de salir (en varios países de Sudamérica) porque hubo que conseguir unas ilustraciones que no fueran las originales, ya que éstas ni están en dominio público ni seguramente lo estarán nunca. Es una curiosa historia que no cuento para no alargar la reseña. Se han usado las de Michael Foreman, que ilustró la traducción al inglés.

[3] Permítaseme una anécdota sentimental(oide). A los once años tuve un profesor de francés y latín, Pierre Gassier, al que adorábamos toda la clase. Pero a final de curso se volvió a Francia. Pedimos dinero a nuestros padres para regalarle una manta de viaje escocesa. Se la dimos el último día de clase, a finales de junio. Y él nos puso el disco (un vinilo) de Le petit prince contado por Gérard Philippe (otro de los dioses de mi Olimpo). Según avanzaba la historia, a toda la clase le iban corriendo las lágrimas (no tanto por la historia cuanto por la despedida). Me acuerdo de que yo llevaba un vestido de verano muy mono, rojo, y que las lágrimas al caer en la falda hacían redondeles oscuros. Y me acordaré siempre de la sonrisa entre enternecida, divertida y triste, con que nos miraba Monsieur Gassier desde la tarima.

[4] En la vida cotidiana y en lengua familiar y desenfadada lo que se oye en boca de niños y mayores es siouplé.