Una nota sobre Nella Larsen y la traducción de su novela Arenas movedizas, Pepa Linares

Viernes, 5 de junio de 2020.

Este artículo es un resumen de la presentación de la traducción de Arenas movedizas (2019), de Nella Larsen, para la sesión del Club de Lectura Traducida de ACE Traductores en la Casa del Libro (Madrid), que tuvo lugar el 27 de enero de 2020.

A los que recorrimos algunas calles de Harlem a principios de los años setenta sin salir del coche y con los seguros de las portezuelas echados nos gusta (y nos cuesta) imaginar aquel otro Harlem de los años 1920-1930, el Harlem nocturno, el de los cabarets frecuentados por blancos a la última, por seguidores de la sociedad teosófica de madame Blavatsky, por empresarios teatrales, gente del mundillo de la literatura o de la música o, sencillamente, por esnobs de toda raza y condición deseosos de diversiones y de alcohol, y, sobre todo, como cuenta Nella Larsen en su novela, por una elite negra que accedía ya a la educación en las grandes ciudades (su marido, el primer negro que se doctoró en Física, fue un inventor prolífico) y, mediante la educación, a la clase media. Aquel lugar de encuentro para las elites culturales de ambas razas permitió a muchos negros encontrar una voz y ganar posición social, identidad y respeto. Y cambió la imagen que ellos tenían de sí mismos.

Por alguna de aquellas reuniones recaló también en 1929 el mismísimo García Lorca de la mano de la propia Nella, que le causó una impresión excelente. Así lo escribió el poeta en una carta a su familia.


Por alguna de aquellas reuniones recaló también en 1929 el mismísimo García Lorca de la mano de la propia Nella, que le causó una impresión excelente. Así lo escribió el poeta en una carta a su familia


Y fue precisamente en los años setenta cuando la crítica, los estudios académicos y algunas autoras como Alice Walker, Toni Morrison y Maya Angelou rescataron del olvido a los artistas del llamado Renacimiento de Harlem y, entre ellos, a nuestra autora, para introducirla no ya en el canon de las escritoras afroamericanas, sino en el de las autoras estadounidenses de cualquier color. El lugar que habría debido ocupar siempre por derecho propio.

La escritora Nella Larsen

Mestiza, hija de una costurera blanca de origen danés y de un mestizo de las Indias Occidentales Danesas (hoy Islas Vírgenes), nació probablemente en Chicago en 1891, donde se crio en uno de los barrios populares que, desde 1910, acogieron a decenas de miles de negros procedentes del sur y a muchos miles de blancos extranjeros, en un ambiente de tensiones y rivalidad por el trabajo y la vivienda.

Pero Nella Larsen, huérfana de padre, malquerida por su nueva familia inmaculadamente blanca (la madre volvió a casarse, esta vez con otro danés), tuvo, a pesar de todos los pesares, la suerte de estudiar en un internado, de viajar a Dinamarca desde pequeña, de cursar enfermería y biblioteconomía y de disfrutar de una beca Guggenheim de casi dos años que le permitió recorrer varios países europeos, entre ellos España. Fue, además, una gran lectora.


Nella Larsen escribía en un inglés estándar, un white English que le valió numerosas críticas, pero la lengua es un hecho cultural, no biológico, y ella era una mujer instruida criada entre blancos


Sabemos que publicó con cierto éxito las dos novelas, Quicksand (1928) y Passing (1929), que yo he tenido la fortuna de traducir al español con los títulos de Arenas movedizas y Claroscuro, respectivamente, para la editorial Contraseña, y un número indeterminado de relatos, entre ellos los tres que acompañan al volumen de Arenas movedizas («No era él», «Libertad» y «Santuario»); que colaboró, entre otras, con la primera revista infantil para niños afroamericanos, The Brownies’ Book; y que asistió a la gran cena de hermandad de escritores blancos y negros que muchos consideran el acto fundacional del movimiento cultural y cívico denominado Renacimiento de Harlem, un acontecimiento que hizo posible la publicación un año más tarde, en 1925, de la antología de obras de artistas, músicos, escritores y ensayistas titulada The New Negro, libro de referencia, en el que, como escribe en el prólogo de esta edición Maribel Cruzado Soria, la mejor conocedora del movimiento en nuestro país, se instaba a las nuevas generaciones a salir de la sombra y a expresarse sin miedo y con orgullo. El ambiente de aquel Harlem abigarrado que, por encima de las desigualdades y las discriminaciones, invitaba a la creación y al cambio, hizo posible la aparición de escritoras como Nella Larsen.


Ambivalente y contradictoria, [Larsen] pintó un fresco magnífico de la vida harlemita y de las comunidades religiosas del cinturón negro de Estados Unidos


Arenas movedizas, su primera novela (1928), la más autobiográfica, es la historia de un desarraigo, de la búsqueda condenada al fracaso de un lugar bajo el sol imposible para la protagonista, que, no siendo ni blanca ni negra, vive entre dos mundos lastrados por los prejuicios y el sectarismo.

Nella Larsen no satisfacía por entero el exotismo literario que buscaban algunos editores en los escritores de su raza, pero tampoco construía los personajes que habrían gustado a ciertos militantes de la causa negra. Criticaba con amargura el racismo, violento o paternalista, la religión alienante que predominaba entre los negros, especialmente en el sur, el clasismo y el esnobismo de las elites negras o el fetichismo sexual de los blancos en su trato con las mujeres de color.

Ambivalente y contradictoria, pintó un fresco magnífico de la vida harlemita y de las comunidades religiosas del cinturón negro de Estados Unidos. El tema de la raza, al mismo tiempo vínculo y carga para la protagonista, es tan poderoso que oculta otros no menos importantes (la condición de la mujer en su época, la difícil relación con la maternidad o la lucha por conseguir una situación económica estable, entre otros muchos) y, en cierta forma, condiciona la lectura, pero la autora dotó de una enorme complejidad psicológica a su personaje femenino, que peregrina de un escenario a otro, de un país a otro, del sur al norte y del norte al sur, en un estado de continua incertidumbre, de continuo desasosiego, hasta el encontronazo final con un destino inmisericorde.

Nella Larsen escribía en un inglés estándar, un white English que le valió numerosas críticas, pero la lengua es un hecho cultural, no biológico, y ella era una mujer instruida criada entre blancos. Con una prosa fluida y moderna, una enorme riqueza léxica y una adjetivación abundante logra estupendas descripciones tanto de los exteriores, naturales o urbanos, como de los interiores, especialmente los nocturnos, bulliciosos, fulgurantes de luces, en escenas perfectamente amuebladas, visuales y coloristas, siempre acompañadas de la mejor música de la época. Igualmente conseguidas son sus descripciones de las texturas de las ropas y las pieles, con un variado mosaico de tonos y matices de la piel «negra», no siempre fáciles de traducir por la falta de equivalencias en español. Es el caso, por ejemplo, de yellow, que cabe traducir por «oliváceo» o «cetrino», aun sabiendo que el marrón amarillento de un negro no es exactamente el amarillo verdoso de un blanco.


Nella Larsen no satisfacía por entero el exotismo literario que buscaban algunos editores en los escritores de su raza, pero tampoco construía los personajes que habrían gustado a ciertos militantes de la causa negra


No faltan tampoco en el texto las coplillas, las rimas infantiles o los cantos de iglesia, que he versionado con toda la libertad que, a mi parecer, permiten este tipo de composiciones, donde lo importante es el sentido general y sobre todo el oído; siempre, eso sí, teniendo en cuenta las necesidades del contexto. Así, la rima del siglo XIII: Hark! Hark!/the dogs do bark/The beggars are coming to town/some in rags/some in tags/and some in velvet gowns («¡Escucha! ¡Escucha!/Ya ladran los perros,/ya llegan los mendigos al reino./Unos con andrajos,/otros con pingajos./Y otros con trajes de terciopelo»).

Además, en Arenas movedizas y en uno de los cuentos de este volumen, el titulado «Santuario», la autora introdujo peculiaridades fonéticas y sintácticas del llamado black English —en tiempos de corrección política African-American English—, un conjunto de dialectos del inglés, hablados, exclusivamente o no, por una gran mayoría de los negros estadounidenses, con numerosas variantes rurales, urbanas, sociales y regionales. En el caso concreto del cuento, predomina el habla de los negros iletrados del sur agrícola de los años veinte, que he intentado reflejar de algún modo, mediante unos cuantos rasgos morfológicos y léxicos muy elementales, sin ánimo exhaustivo, para no hurtar del todo al lector aspectos muy característicos del origen, la formación y la clase social de los personajes, y tratando siempre de no caer en un habla identificable en nuestro ámbito lingüístico.

La autora escribe las palabras tal como deberían pronunciarlas sus personajes. Así, trouble se convierte en trubble («problema, apuro»), truth en trufe («verdad», en mi traducción «verdá»), el pronombre I en Ah, Mister en Mistah, Jesus en Jes’, the Lord en de Lawd (que yo he traducido por «el Señó»), «el Salvador» en de Savioah o children en chilluns. En la mayor parte de los casos basta con seguir la fonética en el contexto para comprender el significado, pero la dificultad estriba en crear un texto al menos creíble en boca del personaje, porque no sé si se puede aspirar a otra cosa, aunque estoy convencida de que habrá algún compañero más avezado que yo en estos menesteres.


Aunque la consulta con compañeros […] me tranquilizó un poco, ya se sabe que para un traductor, en mi caso tanto en inglés como en italiano, hay pocas cosas tan temibles como las hablas dialectales


Ya digo que he reflejado solo algunos rasgos, pocos y muy sencillos, de este tipo de habla, que, como ocurre también con otras, está hecha de frases breves, palabras que pierden sus finales o que desaparecen (verbos, pronombres), repeticiones, dobles negaciones irónicas, etc.

Cito un ejemplo de diálogo para dar una idea:

“You ain’t in no hurry, is you?”
“Ah’s in trubble, Mis’ Poole.”
“W’at you done done now?”
“Shot a man, Mis’ Poole.”
“Trufe?”
“Yas’m. Shot ‘im.”
“Daid?”
“Dunno, Mis’ Poole, dunno.”
“White man o’ niggah?”
“Cain’t say, Mis’ Poole. White man, Ah reckons.”

 

—Casi no llevas prisa, ¿eh, Jim?
—¡Ay! Estoy apurao, señora Poole.
—¿Qué habrás hecho tú ahora?
—Meterle un tiro a un hombre, señora Poole.
—¿De verdá?
—Sí, señora, meterle un tiro.
—¿L’has matao?
—Y qué sé yo, señora Poole, y qué sé yo.
—¿Blanco o negro?
—No sé qué la diga, señora Poole. Blanco, creo yo.

 

 

Aunque la consulta con compañeros tan solventes como José Luis López Muñoz y Carlos Mayor (que ha traducido a Toni Morrison) me tranquilizó un poco, ya se sabe que para un traductor, en mi caso tanto en inglés como en italiano, hay pocas cosas tan temibles como las hablas dialectales.

Para mí, era la primera vez. La próxima, mejor.

 

Pepa Linares (Madrid, 1948). Estudió filología italiana e hispánica en la Universidad Complutense. Ha traducido crítica, lingüística, arte y ensayo político con las firmas de Norberto Bobbio, Giorgio Vasari, Antonio Forcellino, Leonardo Sciascia, Claudio Magris, Remo Bodei, Michael Ignatieff, Geoffrey Parker, Anthony Pagden; narrativa de autores ingleses y estadounidenses como Peter Viertel, Edith Wharton, Bernard Malamud, Muriel Spark, Penelope Lively, George Meredith, Nella Larsen; y de autores italianos como Camillo Boito, Luigi Pirandello, Giusepe Bonaviri, Scipio Slataper, Beppe Fenoglio, Paola Masino, Matilde Serao, Alba de Céspedes, marquesa Colombi, Santo Piazzese, Gabriele D’Annunzio. Ha dirigido talleres de traducción y ha enseñado prácticas de traducción en la Universidad Menéndez Pelayo y en el Instituto de Traductores de la Universidad Complutense.