Alas y Treinta y tres monstruos, novelas que rompieron el hielo, Manuel Ángel Chica Benayas

Manuel Ángel Chica Benayas reflexiona sobre la traducción de las obras Alas, de Mijaíl Kuzmín, y Treinta y tres monstruos, de Lidia Zinóvieva-Annibal.

Es muy posible que encontráramos más de un rasgo en común si tuviéramos que establecer una relación entre las siguientes obras: El gran espejo del amor de los hombres (1687), del japonés Ihara Saikaku; Carmilla, la mujer vampiro (1872), del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu; las Canciones de Bilitis (1894), del francés Pierre Louÿs; Zezé (1909), de la española Ángeles Vicente; Muerte en Venecia (1912), del alemán Thomas Mann; y Efebos (1919), del compositor polaco Karol Szymanowski. Pero ahora vamos a optar por quedarnos con una relación muy sencilla: son las primeras obras en sus lenguas en las que se narra de forma explícita un amor homosexual.

En la literatura en español encontramos, junto a la antes citada Zezé, de Ángeles Vicente, que se aventura a hablar abiertamente de la homosexualidad con una novela de amor lésbico, Pasión y muerte del cura Deusto (1924), en la que el autor, el chileno Augusto d’Halmar, nos cuenta el amor de un sacerdote de la catedral de Sevilla por un seise.

Todas estas obras son el resultado de la lógica evolución de un arte, el de la escritura, que necesita comenzar a hablar sin tapujos de todo lo que sea que concierna al ser humano. Y ese arte, que tantas y tantas veces ha hablado del amor, desea describirlo ya tal y como es y de una forma imparcial, sin miedos ni cortapisas.

Evidentemente, nunca se ha dejado de hablar, ni de escribir, sobre la homosexualidad. Tras superar el abismo de una Edad Media en la que el cristianismo ha relegado el amor homosexual a lo marginal y lo ha reducido a ejemplo de maldad y depravación; tras superar la herida que ha quedado durante toda la Edad Moderna, donde la homosexualidad es tratada con frecuencia como algo anecdótico, velado y que, muy habitualmente, sirve para el humor más zafio y para el escarnio; tras superar todos estos océanos de dificultades, la literatura europea llega a un siglo XIX bien entrado y se propone recuperar la tolerancia y la normalidad que no ha existido hacia la homosexualidad desde la antigüedad clásica.

Y es aquí donde aparecen en la literatura rusa dos novelas hermanas: Alas (1905), de Mijaíl Kuzmín, y Treinta y tres monstruos (1907), de Lidia Zinóvieva-Annibal. Ambas pertenecen a la Edad de Plata rusa e incluyen un cierto contenido autobiográfico de sus autores. Y las dos, igualmente, experimentan una llegada al mundo complicada. Si bien son acogidas con éxito por crítica y público, las autoridades no se muestran tan comprensivas y las trabas a estos textos y sus creadores no tardan en llegar.

Las dos novelas aparecen en un breve periodo de tiempo marcadas por una fecha significativa, 1905, el año de la primera revolución rusa. Alas se publica por vez primera en el número 11 de la revista Libra (Vesy) ese mismo año de 1905. Treinta y tres monstruos ve la luz en 1907. Alas y Treinta y tres monstruos no son más que unas maravillosas y ejemplares novelas de amor, tema cultivado con tanto éxito por la literatura rusa. Pero llevan encima, para bien o para mal, el peso de ser las primeras novelas rusas de amor prohibido. Las dos cuentan la iniciación en el amor de sus protagonistas, Vania y la narradora (desconocemos el nombre de la protagonista de Treinta y tres monstruos), dos jóvenes que no sospechan lo que llevan en su corazón, pero que son capaces de escucharse a través del ruido de la sociedad y obrar en consecuencia. Se produce de esta forma un viaje que los héroes emprenden hacia el conocimiento, cada uno a su forma. Un viaje al que somos invitados a asomarnos.

Alas y Treinta y Tres monstruos están escritas de una forma sencilla, humilde, pues sólo desean dar a conocer una historia, no asustar ni escandalizar. La narración es serena, no exenta de momentos trágicos y violentos, y esconde unos mares turbulentos propios de la existencia y las emociones más humanas. La lengua empleada en la composición de estas dos novelas es en apariencia sencilla, sobria. Pero ambas son deudoras de un simbolismo literario, filtrado a la manera rusa, y por ello llenas de una poesía puesta en prosa, más que de una prosa poética, y plagadas de un preciosismo pocas veces tan elaborado, brillante y efectivo, para el que las imágenes, bellísimas y de gran valor dramático, son esenciales en el retrato psicológico de los personajes y en la descripción de las situaciones.

La narración tanto en Alas como en Treinta y tres monstruos es una narración fragmentada. Pero si antes hemos señalado las semejanzas entre las dos novelas, aquí ya podemos establecer unas diferencias. Alas rechaza la narración minuciosa y omnisciente de escritores naturalistas y realistas como Tolstói, Dostoievski o Goncharov. A pesar de que Alas está escrita en tercera persona, Mijaíl Kuzmín nos cuenta sólo lo necesario para conocer la historia y omite lo inservible. De esta manera crea un mosaico impresionista que nos obliga a imaginar y que reproduce la memoria imperfecta del que narra. Lidia Zinóvieva-Annibal utiliza en Treinta y tres monstruos el diario de la protagonista para hacernos conocer los importantes acontecimientos que se suceden en la vida de su personaje. Así nos llega un texto fragmentario por partida múltiple, pues sólo sabemos lo que la narradora quiere escribir en su diario sobre determinados sucesos que ella misma escoge. Y desconocemos la versión de otros hechos o de esos mismos que darían otros personajes, por ejemplo, Vera, su amante. El simbolismo y el impresionismo que defiende Zinóvieva-Annibal se muestra aquí en sumo grado. Sí es posible apreciar en Treinta y tres monstruos una mayor voluntad de la autora de introducir algunos trazos irreverentes y sacrílegos (la acción da comienzo en Navidad y termina en Semana Santa), pero siempre dentro de la delicadeza de la autora y la inocencia de la protagonista.

Ninguna de las dos novelas olvida recrear el ambiente en el que se mueven sus personajes. Los lugares, las acciones, las costumbres y las personas que aparecen en sus páginas son símbolos cargados de significado que nos ayudarán a desvelar la incógnita que encierran los textos. El ambiente artístico de la época (pictórico y musical en Alas, teatral en Treinta y tres monstruos) es un personaje importante en el desarrollo de la acción y en el arco dramático que describen sus protagonistas. También el ambiente homosexual, descrito con elegancia y naturalidad. Las continuas referencias culturales predisponen al lector a buscar algo más que una simple historia de amor (¿pueden las historias de amor ser calificadas de simples?) entre sus páginas y a advertir un tema principal: la lucha por mejorar el mundo, que no es otra cosa que la lucha por la belleza.

La traducción de Alas y Treinta y tres monstruos ha sido laboriosa, aunque, a decir verdad, no demasiado complicada. Los autores lo han dado todo prácticamente hecho, como el tono poético y simbólico de sus textos. Sólo era necesario encontrar la palabra precisa para ver cómo entre los dedos (y las teclas del ordenador) surgían mágicamente unos textos asombrosos, cuyos capítulos, párrafos, frases y palabras tomaban el papel de pequeñas joyas engarzadas unas a otras de forma inseparable e inevitable. Si toda traducción lo es, estas dos traducciones (en especial Treinta y tres monstruos) han sido un trabajo preciosista de orfebrería. El tono de ambas novelas no ha sido extremadamente complicado de hallar, pues, aparte de las facilidades que nos han dado los autores, la sensación que había al traducirlas era la de trabajar (salvando las diferencias, claro está) sobre un texto de Valle-Inclán, Rubén Darío o García Lorca. La mezcla de poesía y prosa, de lo elevado y lo cotidiano de estos autores conectaba muy fácilmente con nuestras dos novelas rusas, por lo que no fue extraño contemplar sus textos vertidos a una lengua española ya surcada por un lenguaje hermano.

Deberíamos considerar Alas y Treinta y tres monstruos como unas exquisitas novelas de amor. Sencillamente. Pero aún hoy nos sigue llamando la atención que sus protagonistas amen a una persona de su mismo sexo y las calificamos como novelas de amor homosexual. Alas y Treinta y tres monstruos van más allá y plantean en sus páginas una loa al amor, a la libertad y al conocimiento, inseparables para su justa y humana existencia. Alas, de Mijaíl, se publicó el pasado 9 de septiembre de 2019 por la editorial Akal. Treinta y tres monstruos, de Lidia Zinóvieva-Annibal, saldrá a la luz a lo largo de 2020 junto con ¡No!, una interesante colección de cuentos de la misma autora.

 

 

Manuel Ángel Chica Benayas nació en Madrid en 1974. Es licenciado en Filología Eslava por la Universidad Complutense de Madrid y perfeccionó sus conocimientos de lengua rusa en la Universidad Lomonósov de Moscú. Ha publicado en diversas editoriales. Entre sus traducciones encontramos Yevgueni Oneguin, de Alexandr Pushkin, Sviatoslávich, el discípulo del diablo, de Alexandr Veltman, y La felicidad es posible, de Oleg Zaionchkovski. También ha traducido del ruso las novelas Alas, de Mijaíl Kuzmín, y Treinta y tres monstruos, de Lidia Zinóvieva-Annibal. Alas ha sido publicada por la editorial Akal en septiembre de 2019. Treinta y tres monstruos (junto con la colección de relatos ¡No!, de la misma autora) se publicará a lo largo de este año 2020.