El Trujamán

Autores s. xx

En búsqueda de la traducción perdida

Por Gonzalo Suárez Lovelle
18/02/2026

En una cenicienta aula de la Universidad de Palermo asistía a una conferencia sobre la obra poética de Andrea Camilleri. Mientras luchaba, espachurrado en mi asiento y con los nudillos rozando el suelo, contra los achaques de la siesta, escuché algo que me sacó del CPAS (coma por atracón siciliano).

Por lo visto, gracias a un poema llamado Morte di García Lorca (1950), un Camilleri veinteañero ganó su tercer certamen de poesía. Ya enderezado en mi silla y con las orejas de podenco bien abiertas escuché que dicho poema había sido traducido al castellano y que, supuestamente, había circulado de forma clandestina por España durante la dictadura franquista. En cuanto llegué a casa, saqué el sombrero fedora del ropero, me abroché el látigo al cinturón y comencé la búsqueda de la traducción perdida.

La primera pista sobre la traducción al castellano la hallé en la página web del Camilleri Fans Club. En ella se remite a la sección Cronologia de Antonio Franchini, incluida en Storie di Montalbano (Mondadori, 2002, pág. CXXV): «[Andrea Camilleri] vince, a Genova, il concorso di poesia delle Olimpiadi culturali della gioventù […], con la lirica Morte di García Lorca, che viene fatta circolare clandestinamente in Spagna, come referisce Dario Puccini nel Romancero della resistenza spagnola pubblicato da Feltrinelli».

La edición del Romancero a la que alude Antonio Franchini es la primera, de 1960, ya que se trata de la única publicada por Feltrinelli. Al no tener acceso a dicha edición, me hice con otra traducida al castellano y publicada por Ediciones Península en 1982. Para mi gran sorpresa, ni rastro de Andrea Camilleri: ni rastro de la traducción. Pasaron varias semanas hasta que logré localizar una traducción anterior, a saber, la edición de 1967 (Ediciones Era), basada en la segunda edición italiana de 1965 (Editori Riuniti); y también aquí, tres veces ni rastro.

Llego así a la conclusión de que el poema solo debió de aparecer en la primera edición, la de 1960, cuando Camilleri comenzaba a hacerse un nombre —ya había publicado una decena de poemas—. Es posible que, con el paso del tiempo y al dedicarse a otros menesteres, la inclusión de dicho poeta en las versiones posteriores de la antología dejara de considerarse relevante.

Esta intuición me condujo a la Biblioteca Nacional de España y… ¡Bingo! Allí pude consultar una traducción al francés, realizada por Robert Paris y publicada por Éditions Maspero en 1962, basada en la primera edición italiana de 1960. No obstante, mi alegría duró poco, pues había descubierto solo una parte del misterio (pág. 61): «Naturellement, j’ai exclu de mon choix ces poésies italiennes dédiées à l’Espagne qui ont paru après notre Libération, ces textes n’ayant qu’un caractère de célébration. Je signale, toutefois, aux chroniqueurs curieux de choses littéraires, le poème […] d’Andrea Camilleri, Morte di García Lorca, de 1950 […]».

En efecto, en el prólogo Dario Puccini menciona el poema Morte di García Lorca, pero este no forma parte del Romancero y, al no incluirse en la antología, su traducción tampoco figura. Pero lo que realmente me dejó de piedra fue que ni siquiera se hiciera referencia a la existencia de dicha traducción.

Desesperado, decidí ponerme en contacto con la ponente de la conferencia de Palermo, quien me confirmó que, en su edición italiana de 1960, tampoco aparecía mención alguna a la presunta traducción. Concluimos que, muy probablemente, la adición de circulación clandestina en España fuera fruto de un despiste de Antonio Franchini —o una deducción un tanto arriesgada que no ha hecho sino jugar con mis sentimientos—. Me había quedado sin pistas, como si una bandada de cuervos se hubiera comido el caminito de migas de pan.

No crean que, a fin de matar la curiosidad que mató al gato, no se me ha pasado por la cabeza la idea de falsificar la traducción al castellano. Bastaría con recalentar un folio de papel en el horno, limpiarme la boca y las manos con él luego de haber comido salmonetes de roca y, a continuación, mecanografiar mi propia traducción con una vieja máquina de escribir, donde quiera que las vendan ahora. Después, tan solo me quedaría inventarme que la he encontrado en un polvoriento anticuario del Rastro. Y voilà voilà, he aquí la celebérrima traducción fantasma.

Por desgracia, el rigor científico —y el miedo a acabar entre rejas— pesa más que mi fantasía de exhumar la única traducción (in)existente de un poema de Andrea Camilleri que hubiera constituido, en definitiva, un documento de inestimable valor histórico.

Ante la falta de fuentes fiables, lo más probable es que, por desgracia, dicha traducción nunca haya existido. Y sin embargo, puestos a soñar... Escribo este trujamán como quien mete un mensaje en una botella y lo arroja al mar. Si, en la librería de una anciana de Carabanchel o en los cajones de un republicano nonagenario, alguien conservara las amarillentas páginas de aquella traducción clandestina, le ruego que me la haga llegar por Correos Express y con acuse de recibo, o que me envíe, en su defecto, una falsificación encontrada en el Rastro.


(artículo completo en el trujamán)


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