El Trujamán

Tecnologías

Quo vadis, humanitas?

Por Gonzalo Suárez Lovelle
03/06/2026

Confieso que en los últimos meses he tomado demasiados vuelos para mi pobre corazón aerófobo. Casi tantos como un político populista o un futbolista de primera —que Greta Thunberg me perdone—. Y todo por amor a la ciencia, o eso dicen. La verdad es que en uno de mis incontables viajes en globo aerostático descendí sobre una pequeña ciudad austriaca donde los pájaros cantaban a la primavera adelantada y hacía un sol que partía las piedras.

Aunque soy un gran amante del Hähnchenschnitzel —lo que en mi pueblo viene siendo una pechuga de pollo empaná—, esta vez el deber llamaba y no solo mi insaciable apetito. Me hallaba solo ante el peligro en un congreso de estudios italianos, completamente rodeado de expertos en filología y literatura. Un poco clásicos —dicho sea de paso—, como los textos que estudiaban; será verdad eso que dicen de que los perros se parecen a sus dueños.

Como sabrá cualquier persona asidua a los congresos científicos, después de cuatro horas de discursos soporíferos y sospechosamente escritos por ChatGPT, la pausa para el café cae como agua de mayo. Debía de ser porque era el único traductor, pero el caso es que entre tanto Petrarca, Boccaccio y Dante me sentía como un perro verde con laureola. En esas estaba yo, sorbiendo mi capuchino servido en taza de plástico biodegradable, con la mirada baja y trazando arabescos con la punta del pie, cuando se me acercó un coetáneo a conversar.

Como dicta el protocolo, después de las primeras preguntas de rigor hablamos del congreso y de nuestras ocupaciones. Al informarle de que hacía un doctorado en traducción automática, leí en su rostro bovino la disyuntiva de 1) poner cara de póker y hablar del maravilloso tiempo estival; o 2) ser modesto y preguntar de qué se trataba. Acostumbrado a tal desconocimiento entre los más profanos, decidí sacarlo del apuro y explicárselo antes de que a su cerebro le diera un cortocircuito.

Este intermedio trágico me ocurre más veces de las que me gustaría admitir. Y, más allá del desconocimiento general sobre la traducción automática, esta anécdota me sirve de excusa para discurrir sobre el porvenir de nuestra profesión y, por extensión, el de las agonizantes humanidades.

En mi primera conferencia como doctorando, un catedrático de Filología Italiana me preguntó, tras mi ponencia sobre los malos resultados de varios sistemas de traducción automática, por qué había decidido dedicarme a ello si, según él, «era claramente inferior a la traducción humana».

Mi respuesta al profesor no tuvo nada que ver con mi «pasión» por la traducción automática —atribuirla a eso sería, además, un disparate—, sino con la obligación de estudiarla por las presiones ejercidas desde las altas esferas. No digo que actualmente sea imposible realizar un doctorado en traducción sin lo automático, pero casi. Del mismo modo que un filólogo no puede prosperar sin la filología digital, o un lingüista sin la lingüística computacional. Nos guste o no, hace tiempo que el mundo universitario emprendió esta senda, un camino del que difícilmente puede desviarse quien quiera dedicarse a la investigación. Con los tiempos que corren, el renacer del humanismo resulta complicado, a menos que adopte la forma de visores 3D que nos permitan visitar la casa de los muchachos del Decamerón.

Coincido con él en que la traducción automática es imperfecta, pero también lo es la humana. ¿O acaso existe alguna traducción perfecta? Pues claro que queda mucho por mejorar, pero, para seguir avanzando, es menester estudiarla, entender cómo funciona y contribuir al cambio: si queremos acabar con los sesgos y con el aplastamiento de las variedades lingüísticas, urge actuar. Es una pérdida de tiempo clamar en el desierto mientras las empresas privadas hacen oídos sordos y siguen llenándose los bolsillos.

Tras la irrupción de los modelos extensos de lenguaje —que juegan en otra liga— y el deterioro del nivel de los estudiantes universitarios, la traducción automática supera, en no pocos casos, a muchos recién egresados. De ahí que resulte legítimo preguntarse si sigue valiendo la pena estudiar traducción: si la «máquina» hoy es capaz de traducir con una precisión más que aceptable, ¿de qué no será capaz mañana?

Probablemente nos encontremos ante uno de esos momentos históricos comparables a la irrupción de la máquina de vapor, transformaciones cuyo alcance, en su momento, apenas podía intuirse y que acabaron conduciendo a la Revolución Industrial, a la globalización y, en última instancia, al reciente viaje a la Luna. Harán falta siglos para comprender plenamente los efectos que este cambio traerá consigo y, sin embargo, todo parece indicar que el traductor del futuro —si es que la profesión no llega a extinguirse— se parecerá más a un robot que a un ratón de biblioteca.

Aunque resulte tentador imaginar una suerte de torre de Babel utópica, en la que la comunicación entre todos los seres humanos sea un sueño hecho realidad, no ignoro los nubarrones que se ciernen en el horizonte. Sería inquietante, por ejemplo, si la traducción automática se utilizara de forma sistemática en el campo de la literatura. Y no porque crea que sea una facultad divina del ser humano —pues, desgraciadamente, no todos estamos dotados de esa sensibilidad—, sino porque, para traducir un verso como«me gusta cuando callas porque estás como ausente», primero hay que haberse enamorado.

Lo cierto es que estamos inmersos en un sistema ultracapitalista que ha permeado todas las capas de la sociedad, hasta el punto de que incluso las universidades, que deberían ser el último bastión de la cultura, se han convertido en rotativas de diplomas y fábricas de artículos carentes de todo valor científico. En un mundo como este, todo aquello que no genera un beneficio económico inmediato se considera inútil, aunque pueda actuar como un bálsamo para la cohesión social y para el ánimo humano. Pero, claro, ¿cómo explicarle a alguien como Donaldo Tromp que un libro puede cambiarte la vida?

Tras años y años intentando convencernos de que estudiáramos ciencias en vez de letras, han acabado por meternos el anzuelo a la fuerza. Como sigamos así, la única salida decorosa para un humanista será marcharse a un pueblecito con vistas al mar, con la Divina comedia bajo el brazo y bien lejos de algoritmos y métricas de impacto; puede que, al menos así, escapemos de las bombas y de la ola de ineptitud enquistada en quienes nos gobiernan.


(artículo completo en el trujamán)


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