Parafraseando a Virginia Woolf, podríamos afirmar que, a lo largo de la historia de la edición, «anónimo» es un traductor (aunque tal vez sería más exacto decir «traductora»). El anonimato ha sido consustancial a una actividad marginal y marginada (vista la precariedad creciente, tal vez sea mejor decir «actividad» que «profesión», pero esa es otra historia). Durante décadas, quienes se han dedicado a la traducción han puesto justo empeño en tener un mínimo de visibilidad y figurar en la página de créditos de los libros, ya que, cuando no es así, el nombre del traductor tampoco aparece luego en fichas bibliotecarias, bibliografías ni referencias posteriores. No se trata ya de figurar en la cubierta (que también), sino de cumplir con los requisitos mínimos que establece la Ley de Propiedad Intelectual española, que en su artículo 64 indica las obligaciones del editor: «1.º Reproducir la obra en la forma convenida, sin introducir ninguna modificación que el autor no haya consentido y haciendo constar en los ejemplares el nombre, firma o signo que lo identifique». Lo que, por si hubiera dudas, se aplica también a los traductores, autores de obras derivadas.
En cuanto a cuál es el porcentaje de libros traducidos en los que no se menciona el nombre del traductor, no es fácil poner cifras. Basta con ir a una librería para advertir que son muchos, más todavía si lo que visitamos es una biblioteca, ya que la omisión es todavía más frecuente en libros publicados en años anteriores. Esa ausencia es especialmente llamativa en literatura infantil y juvenil y en géneros considerados «menores».
Si recurrimos a la IA y le pedimos a ChatGPT que analice una muestra del ISBN de libros publicados en 2024 (un análisis exhaustivo exigiría un volcado de datos completo, cosa muy deseable, pero imposible para un usuario), nos indica que en las obras traducidas que aparecen en esa base de datos no consta el traductor en un 10 % de los casos, aproximadamente. Si planteamos la misma pregunta a Perplexity, insiste también en la falta de acceso a las fuentes para contabilizar todos los casos, pero una estimación podría situar las traducciones anónimas en una horquilla del 10-30 % (no cabe duda de que el uso de la IA para el análisis de datos es una herramienta utilísima, pero debe también explicitarse siempre en aras de la transparencia y la —a veces— dudosa calidad de las respuestas).
A esta nefasta tradición anonimizadora se ha sumado en los últimos años la irrupción de la IA en la traducción. No son paranoias de noches de insomnio: según los datos que ofrece dosdoce.com, (☛) «Tres de cada cuatro editoriales italianas ya utilizan herramientas de IA» para diversas actividades relacionadas con la edición. Por otra parte, Brian Murray, presidente de HarperCollins, declaró para La Vanguardia: «Usamos IA para traducir y hemos hecho mil audiolibros en España con voz digital». Y eso fue hace más de un año, en septiembre de 2024: a día de hoy sellos enteros de esta editorial se traducen con IA. (☛) Esta práctica, que algunos podrían considerar tolerable o incluso inevitable, es sin duda un fraude cuando no se explicita en la página de créditos. No es suficiente que cuando el texto lo traduce una inteligencia artificial se omita el dato y se anuncie un escueto «Corrección de Menganita». Si Menganita ha rehecho la traducción, algo inevitable cuando se trabaja con textos pseudotraducidos por cualquier programa traductor, debería constar a todos los efectos como traductora y, además, cobrar la tarifa completa que corresponda al traductor. El resultado final es responsabilidad suya, a efectos legales y, por lo tanto, los derechos morales y patrimoniales de Menganita traductora deberán respetarse en todos los casos.
Pero este trujamán no pretendía hablar de tarifas (aunque nunca es mal momento para recordar que son misérrimas y van a la baja, entre otras cosas, por las causas que aquí mencionamos) sino del engaño que supone para el lector que no se le informe de todo el proceso creativo que ha seguido una traducción. La traducción es una actividad intelectual muy compleja. Los traductores profesionales emplean desde hace décadas distintas herramientas informáticas para su trabajo, pero siempre y en todo caso la responsabilidad final, la firma y el resultado son responsabilidad suya. Y mientras sigan siendo autores, así deberá ser.
Si los editores quieren lanzar al mercado traducciones hechas con IA a las que un esforzado corrector ha intentado lavar la cara, debería constar en la página de créditos. Y, por el contrario, si el editor considera que las obras que elige y publica merecen creatividad, dedicación y talento humanos, deberá empezar a indicarlo no solo en su página de créditos, sino en la propia cubierta del libro. En aras de la transparencia que merecen los lectores, los libros deberían llevar un sello en la cubierta que aclare «Esto lo hizo un ser humano» o incluso «original, traducción, edición y corrección hechas por un ser humano».
(artículo completo en el trujamán)
