Aleister Crowley: una orilla ajena durante las vacaciones (1)
A comienzos de los años ochenta, entre clase y clase, nos dedicábamos a leer lo que estábamos descubriendo y que no se ajustaba con lo que se predicaba en el aula. Cayó en nuestras manos el ejemplar de la revista Poesía dedicado a Pessoa, y allí aparecía Crowley, con una foto y poco más que el dato de que conoció a Pessoa. Aquella fotografía de un individuo ataviado con una túnica negra, una cruz en el pecho, una mesa camilla con una espada, un cáliz, un libro y una especie de lápida en forma de piedra sagrada o vaya usted a saber qué, nos dio para reír y charlar. Como pie de aquella foto se leía:
Aleister Crowley, satanista, poeta, filósofo, pornógrafo, montañero, heroinómano, ajedrecista y espía, nace el 12 de octubre [de 1875] en Leamington Spa, Inglaterra. Milita en la sociedad hermética Golden Dawn, en la que tiene como «gurú» a Allan Bennett. Estudia yoga en Ceylan, India y China y se inicia en la magia sexual. Funda la orden de Silver Star y la abadía de Thelema, en Cefalú, Sicilia. Escala el pico K-2 (8.611 m.), en Cachemira. Muere en 1947. En su vida se han inspirado las películas The Inauguration of the Pleasure Dome e Invocation of my Demon Brother, ambas de Kenneth Anger, y la novela The Magician, de Somerset Maugham.
Íbamos rescatando personajes raros, siluetas absurdas a veces, nombres que poco después olvidábamos o simplemente registrábamos sin más. Otros fueron Marcel Schwob, Thomas de Quincey, César González Ruano, Arthur Cravan, Barón Corvo. No buscábamos lo raro; simplemente leíamos fuera de la versión oficial y subtitulada que de la Literatura se nos ofrecía en las aulas universitarias.
Volví a encontrarme a aquel individuo en la antología de Pessoa que preparó Ángel Crespo (El poeta es un fingidor). En el prólogo se hablaba del encontronazo que el mago inglés y el poeta portugués habían tenido a cuenta de la interpretación de una carta astral, y cómo el propio Pessoa contribuyó a la gamberrada mediática de hacer desaparecer a Crowley en la Boca do Inferno, cerca de Cascaes, y crear el mito de que en el mismo momento de su desaparición se le había visto de vuelta en Gran Bretaña.
Hacia 1988 conocí a Ángel Crespo. Ángel estaba en el consejo editor de la revista Hora de Poesía, de modo que cuando traduje los poemas del libro Ahab and other poems (1903), los propuso para su publicación en dicha revista e incluso hizo las ilustraciones. Eso fue en 1990, y la selección de poemas iba precedida de un prólogo que incluía la autodenominación que el propio Crowley daba de sí mismo: «Aleister Crowley, el más grande poeta de Inglaterra».
Por entonces leí el relato «La estratagema» en la antología de Peter Harling, El club del hashish (Taurus). Joseph Conrad había hecho una gran alabanza de este cuento, que consideraba uno de los mejores relatos breves en lengua inglesa. De modo que comencé a traducir, por entretenimiento, The Stratagem and other Stories. El libro se componía de tres relatos: «La estratagema», «El testamento de Magdalen Blair» y «Su pecado secreto». El primero, el más famoso, era una especie de laberinto mágico-numérico con un final abierto, solo para iniciados, seguramente; el segundo, más largo, trataba sobre la estrecha relación de un profesor con su discípula y cómo, tras la muerte de este, sus palabras y su voluntad siguen rigiendo la tortuosa existencia de Magdalen Blair; el último, que fue con el único que me divertí, era una sátira acerca de la incultura del mundo rural inglés: la historia de un pobre hombre que compra en París una estampa de la Venus de Milo, con la que se deleita a solas en su habitación, hasta que cree que dicha corrupción puede hacerse pública y, al intentar quitarse la vida, se vuela media cara con un fusil.
Cuando terminé la traducción, allá por 1991, la envíe a Siruela, que entonces tenía una estupenda colección, El Ojo sin Párpado. Jacobo Fitz-James me llamó: quería editarla, me contó que él había vivido en un apartamento en Londres, sobre la librería The Black Goat, y que conocía la obra de Crowley. Antes de eso, Siruela ya había publicado la biografía de Symonds, La Gran Bestia, un mamotreto de más de seiscientas páginas, que daba cuenta de las andanzas, delirios, genialidades y atropellos de todo tipo que aquel dios de una nueva religión, o charlatán de feria, había cometido desde su nacimiento en 1875 hasta morir enganchado a la heroína en 1947. El libro finalmente se tituló El testamento de Magdalen Blair, funcionó relativamente bien, tuvo sus reseñas y desapareció, como la colección que lo acogía, cuando su editor cerró esta y el volumen pasó a ser volumen de coleccionista.