Estaba el otro día cenando una sopa con esas típicas letritas del abecedario y las únicas que salían a flote en el caldo de Avecrem de marca blanca eran la «I» y la «A». Yo trataba de hundirlas con la cuchara, pero no había manera. Volvían a salir a la superficie cada vez con más fuerza. Por mucho que me empeñara en sofocar el extraño suceso, como géiseres, aquellos trozos de pasta baratucha no dejaban de emerger. ¿Habrán invertido también en esta inverosímil estrategia de marketing los flipados de Silicon Valley? Me pregunté. Luego me terminé el aguachirri aquel, fregué el tazón con especial ahínco por el coraje que me había entrado en el cuerpo con la refriega alfabética y me olvidé del asunto. O eso creí.
Puede uno tratar de escabullirse, tirar por la tangente, dar por zanjado el asunto inteligencio-artificioso con algún que otro argumento. Pero es cuestión de tiempo que salte algún hijo de vecino, que según él mismo está enteradísimo de la actualidad tecnológica mundial, para explicarte que cómo no subirse al carro de este alucinante progreso para la humanidad. Qué calamidad, pero ¡qué oportunidad! What a time to be alive, bro! Muchísima efusividad. Así es difícil olvidarse del temita, claro. Se puede echar a un lado, aunque acaba volviendo porque hay toda una industria, de origen californiano pero que está ya por todas partes, dedicada casi en exclusiva al dumping; su negocio depende de que, a la larga, todos veamos en esta una herramienta indispensable. Una industria que va a todo lo que da la máquina porque está liderada en buena medida por hombres sociópatas que piensan que todo lo pueden, sin escuchar la realidad que les rodea, sin sopesar las consecuencias que su actitud de «ir a tope a por todas» pueda tener en vidas ajenas. Tampoco es la primera vez que ocurre algo así en nuestra historia reciente plagada de grandes avances tecnológicos.
Hace apenas unos años, en la década de 2010, se suponía que el blockchain iba a cambiar el mundo: nuestra forma de entender la tecnología, de descentralizar el almacenamiento y la transmisión de la información. Iba a transformar por completo el mapa financiero global y nunca jamás volveríamos a usar el euro ni el dólar ni el yen ni el dírham. Además, todo eso iba a pasar en cuestión de años, ¡o de meses! Lo que pasó, en cambio, fue que muchos paladines del blockchain en su vertiente cripto se pasaron años más tarde a defender la IA, como es probable que se pasen luego a defender la siguiente cosa reluciente que algún tecnoespabilado les ponga por delante. Tiempo al tiempo. Y lo que también pasó fue que muchos chavales despistados cayeron en estafas piramidales, porque pensaban que su brillante futuro estaba escrito y era la hostia, y además solo hacía falta visualizarlo con muchas ganas después de pagar un pastizal para asistir a la charla motivacional de un mercachifle cualquiera. Aún hoy muchos de esos posadolescentes creen que comprarse un Lamborghini equivale a alcanzar el éxito, ignorando que la historia va por otro lado.
En la industria editorial, estos fantoches de lo revulsivo no han perdido la ocasión de hacer sus pinitos. Ocurrió ya en los inicios de Internet, en la época del cambio de milenio, con el paso de la máquina de escribir al ordenador personal, y del correo postal al correo electrónico, y del libro impreso de toda la vida al e-book. Supuestamente los tecnolistos del momento iban a acabar de un plumazo con toda una serie de oficios tradicionales, y al final no fue tan así tampoco en el mundo concreto de la edición. Sucedió que la cosa cambió gradualmente, como todo cambia y seguirá cambiando, aunque, eso sí, a un ritmo cada vez más veloz y descarado. El mercado prevalece, amigo, aunque ello implique una nueva fase de aceleración de la crisis ecosocial que empiece por una pérdida masiva de empleos. En torno a ese turborrelato se perfiló otro cambio a peor en la insolencia de aquellos defensores de lo indefendible, cuya postura —ahora en formato startupper— se envileció un poquitín más, pues en su cosmovisión se les abrió con la IA una nueva ventana de oportunidad para intentar sacar tajada de la escabechina.
Resulta curioso, pensaba yo mientras ingería aquel condumio insulso y machacaba las letrillas con creciente frustración e insistencia, que las revoluciones hayan dejado de considerarse sociales para declararse tecnológicas. ¿Acaso se han apropiado las multinacionales yanquis de la potencia revolucionaria? Al menos a ese corolario sí que conseguí llegar gracias a aquella dichosa sopa de letras que casi me arruina una cena mediocre pero apacible. Por cierto, lo del Avecrem barato de marca blanca es totalmente verídico, pero lo de que en el caldo flotaban esas letritas no lo es. En realidad todo era un sueño de Sam Altman, o de algún editor de Harlequin o de Harper Collins o de Arpa, o una mera excusa para traer a colación el flamante sello de traducción humana. (☛)
(artículo completo en el trujamán)
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