No, una máquina (por mucho que hablemos de ella con términos como inteligencia) nunca podrá traducir. Con toda seguridad, logrará hacer algo que guarde un parecido cada vez más prodigioso con una traducción. Sin embargo, no podrá traducir.
Porque siempre habrá algo que no será capaz de alcanzar. Si para Pessoa la literatura era la prueba de que la vida no alcanza, hay que ser humano para sentir en qué consiste y dónde se encuentra ese no alcanzar y trasladarlo luego. El remedo de la forma, el remedo del sentido y el remedo falto de aliento de la imitación de la vida solo pueden crear fatamorganas siniestras. Mi abuela tenía en la cocina, siempre dispuesta y sugerente, una canastilla rebosante de frutas: una manzana de piel roja y reluciente, uvas y escaramujos, el plátano con la madurez justa, fresas y un limón. Eran las frutas más apetecibles que haya visto y verá jamás la humanidad, pero, por perfectas que fueran, su pulpa no era digerible. Y estaban huecas por dentro.
También el espectro de lo artificial ofrece solo sosias vaciados y vaciantes. Y la razón de que sean así, tan sencilla como paradójica, radica en algo que tampoco alcanza: el vacío, que es la materia auténtica de la traducción y el lugar donde reside la carga última y cierta de significado.
Lejos de limitarse a la transferencia de palabras de un idioma a otro, este oficio no solo se ejerce en lo expreso, sino de forma ineludible en lo implícito, en lo evocado. La forma llevada con transportador de ángulos aniquila el contenido porque ella misma es contenido que la trasciende, igual que lo son lo sugerido, lo singular del idiolecto, las referencias e implicaturas, los juegos entre alusiones y expectativas o los sentidos fundados en silencio. Ahí se traduce. Traducir obliga a desmontar la obra hasta sus niveles más profundos y construir luego un texto cuya vocación sea el «decir casi lo mismo» de Eco, que no solo es «lo que se dice», sino también lo que se quiso decir o callar. Traducir exige por tanto ir más allá del negro sobre blanco; encontrar la urdimbre que atraviesa planos lingüísticos y comunicativos; cubrir contextos; transcrear lo tácito para trasladar el significado al que da lugar y que porta; crear una forma que no debe ser calco para conseguir el mismo efecto en otra orilla, considerándola a la vez depósito de significación en lo invisible que la constituye. Y, con todo esto, garantizar a quien lee, desde el lugar y el tiempo en que lee —salvando mundos—, una experiencia lo más cercana posible a la que buscó el autor, que ofrezca la misma comprensión o igual desorientación.
Así, la traducción no se reduce a un conjunto de reglas o equivalencias automáticas. Es una disciplina científica, pero no una ciencia exacta y, aunque su dimensión de creatividad e interpretación suponga una infinidad de soluciones, sin lo irremediablemente humano solo producirán frutas de plástico que, vaciadas de vacío, no tienen capacidad de trasladar significado. Desde esta perspectiva, visibilizar al traductor no es un gesto accesorio: solo así puede entenderse la traducción como una reescritura consciente que conserva la vida del texto en una nueva lengua y cultura.
Podría hablar de la imposibilidad de que una máquina traduzca «gran» literatura. Por ejemplo, la obra de Bernhard y de unos elementos formales apabullantes puestos al servicio de la creación del significado con lo que, si solo se traslada la forma sin trascenderla, nos quedará un dislate horrible y espantoso. Sin embargo, no hay lugar aquí para gran literatura ni existen géneros pequeños ni nada de esto es privativo de ningún tipo de traducción: literaria, editorial, técnica o audiovisual.
Este manifiesto del vacío no es desesperanza ludita ni un estertor inane ante lo imparable, sino una defensa feroz de la inteligencia y la vida. Sin el vacío quedaremos atrapados en un mundo bidimensional incapaz de acomodar lo real, nada más que un sinsentido balbuceante y espectral con apariencia de ser algo siendo nada.
(artículo completo en el trujamán)
Traducción e interpretación musical: al rescate de una analogía fallida
Por Pablo Ingberg
11/02/2026
