Como sucede en otras profesiones, los traductores a veces buscamos en nuestra niñez o adolescencia alguna experiencia que haya contribuido a que acabara germinando en nosotros la vocación traductora. En mi caso, creo que tuvo algo de premonitorio el haber dedicado, a los catorce y quince años, muchas horas de mi actividad escolar a la traducción.
Pertenezco a la última promoción de españoles que estudiaron un bachillerato de seis años de duración que fue sustituido por parte de la EGB y por el BUP en virtud de la Ley de Educación franquista de 1970. Los alumnos de «letras» de quinto y sexto cursos recibíamos cinco horas semanales de clase de latín y otras cinco de griego. Yo tuve la suerte de tener, en un colegio religioso de Madrid, un profesor excepcional de las dos asignaturas, don Abilio Pérez, que no solo lograba transmitirnos a muchos de nosotros la pasión por las lenguas y la cultura clásicas, sino también el amor a la literatura. Además, nos enseñó a aplicar los rudimentos, adaptados a nuestra edad, del método filológico y a plasmar el sentido del original en una traducción clara y bien escrita.
Los alumnos (en quinto y sexto en el caso del latín, y en sexto en la asignatura de griego) debíamos pasar a limpio cada texto original estudiado en clase, analizado morfológica y sintácticamente, con su traducción validada por el profesor, que se complementaba con notas relativas al texto. El trabajo realizado sobre cada autor se reunía en forma de cuaderno que se entregaba al profesor. Conservo como un verdadero tesoro cada una de esas pequeñas monografías, encuadernadas con cartulina de colores, en cuya cubierta yo ponía, con esmero de alumno aplicado, el nombre del autor traducido (César, Salustio, Virgilio, Cicerón, Tito Livio, Esopo, Anacreonte, Jenofonte, etc.). Los textos que traducíamos procedían de los conocidos manuales de dos grandes filólogos y traductores catalanes, el latinista Eduard Valentí Fiol y el helenista Jaume Berenguer Amenós.
No deja de sorprenderme, por ejemplo, al releer mi trabajo sobre Catulo y Virgilio de sexto de bachillerato (que cursé en 1975-1976), encontrarme con la traducción del célebre poema V de Catulo («Vivamus, mea Lesbia, atque amemus, [...]»), que rezuma erotismo. Las notas que la acompañan se refieren tanto al contenido del poema («demuestra el entusiasmo juvenil [del] amor pasional hacia [Lesbia]»), como al léxico (preferencia por basium, «palabra de origen celta […] muy extendida por el norte de Italia, de donde era natural Catulo») o los recursos poéticos, tales como la metáfora de la «brevis lux» («[l]a idea de lo efímero, pasajero, e inestable de la vida está constantemente presente en la poesía latina; e igualmente lo está [la exhortación] al lector a disfrutar de esa breve vida»), la antítesis «brevis lux» / «nox perpetua» dispuesta en dos versos en forma de quiasmo, o el plural poético de «Soles occidere et redire possunt».
En el trabajo sobre la traducción de algunos pasajes de los diálogos satíricos de Luciano de Samosata, después de cada fragmento figura una lista del léxico utilizado en el texto griego (en la que se mencionan los vocablos del español derivados de cada palabra), a la que siguen las notas sobre el contenido y los recursos retóricos y estilísticos empleados por el autor. Varios de los pasajes son desternillantes, como el diálogo entre Zeus y Hefesto en el momento en el que el soberano del Olimpo pide al dios del fuego y la forja que le golpee la cabeza con su hacha para que nazca de su frente Atenea (leo: «sin duda tenías un campamento, no cabeza; ella [Atenea] salta y agita el escudo y blande la lanza y está poseída de furor divino, y lo más extraño, es muy bella y florecida ya en tan breve tiempo»). Ni el propio Sócrates se libra de la burla lucianesca, según el relato de su llegada a los infiernos que, en otro pasaje, Cerbero hace al filósofo Menipo: «cuando metió su cabeza dentro del abismo y vio la oscuridad [...], lloraba como un niño y compadecía a sus hijos y hacía toda clase de gestos».
Más allá de mi buceo nostálgico por mi prehistoria de traductor y del homenaje a un gran profesor, no me parece superflua esta muestra de cómo el estudio de las lenguas clásicas en la enseñanza secundaria, hoy arrinconado, puede ser una potente herramienta para la formación —no solo intelectual— del adolescente.
(artículo completo en el trujamán)
Un español con un paraguas. En busca de la resonancia perfecta
Por José Francisco Fernández
24/06/2026
