Corría el año 1798. En la imprenta Sancha de Madrid se publicaba una traducción de El príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson. Hasta ahí, todo bien. Pero resulta que, después del texto de Johnson, la traductora, Inés Joyes y Blake, colocó una bomba de relojería: un texto que se convierte en uno de los primeros ensayos feministas publicados en España. Este añadido, que parte de una carta que les escribe a sus hijas, se titula: «Apología de las mujeres». En la carta, la traductora expresa lo insufrible que le resulta «el ridículo papel que generalmente hacemos las mujeres en el mundo, unas veces idolatradas como deidades y otras despreciadas aún de hombres que tienen fama de sabios. Somos queridas, aborrecidas, despreciadas y censuradas».
Desde que descubrí la historia de Joyes y Blake, gracias a un texto de Mónica Bolufer Peruga,1 no ha dejado de emocionarme la idea de que uno de los primeros eslabones de nuestra particular genealogía feminista venga, precisamente, del trabajo de una traductora. (Una traductora de familia bien, culta y de posición acomodada, viuda de Agustín Blake, huelga decir, pero raro hubiera sido lo contrario en la época). Así, aunque esta ilustrada mujer no nos dejara más obras —ni originales ni traducidas— ese paratexto, esa carta, esa grieta abierta en el texto ajeno dibujó todo un horizonte: la «Apología» no solo es un texto fundamental para entender el desarrollo del pensamiento feminista ilustrado en España, sino para entender el potencial político que tiene la traducción.
Nosotras, como de costumbre, muchas veces nos instalamos en los huecos —en las notas, los prólogos, los epílogos, los textos que escribimos después, en los papeles que se quedan guardados en el cajón—, pero en las grietas hacemos trinchera y no se nos da del todo mal: recuperamos voces que se quedaron fuera del canon; resituamos la lectura de autoras censuradas, incomprendidas, planchadas, recibidas con ojos desdeñosos; ayudamos a que el pensamiento circule acompañado, situado. Decía Cristina Morales aquello de «como yo no tengo un fusil, lo que puedo hacer para combatir la autoridad es atacar al canon cuando escribo» y nosotras, las traductoras, tampoco tenemos fusiles —ni falta que hace, bastante feo está el mundo como para que nos dé por las armas—, pero tenemos el espacio de nuestra escritura traductora y sus márgenes para horadar el canon, a nuestra particular manera, y permitir que lleguen otras voces, otras miradas, otras maneras de decir, pensar y ver el mundo. Serán cosquillas al sistema, pero nunca hay que ignorar la fuerza de un soplido.
Para celebrar este 8M, quiero que el recuerdo de Inés Joyes y Blake nos permita reivindicar el valor intelectual de nuestra tarea —del texto y todos sus paratextos—, y recordar una vez más que las traductoras somos escritoras (de textos ajenos) y pensadoras de todo lo que cae en nuestras manos; pensadoras, también, de la lengua, de la historia de las ideas, de la historia de la literatura, que ayudamos a reconfigurar con cada propuesta que hacemos, con cada decisión que tomamos y con la manera que tenemos de traer las voces de todas esas otras mujeres que van construyendo nuestras genealogías compartidas.
Sin embargo, la alienación y la mecanización que introducen las prácticas precarizantes y descorporeizantes del polisistema editorial —la congelación de tarifas, ideas de bombero para generar textualidades artificiales (pues textos no son), las prisas, los plazos, los porcentajes irrisorios de derechos— nos alejan de la dimensión creativa e intelectual de nuestro oficio. Y estas prácticas, como bien sabemos, afectan fundamentalmente a las mujeres, pues somos mayoría abrumadora en el sector. Y no es que yo aspire a ser una mujer de alta cuna que puede traducir por pasatiempo como Joyes y Blake —aunque, oigan, un descansito no nos iría mal—, sino más bien todo lo contrario: que sin ser mujeres de alta cuna, sin sueldos extra de otros lados, pagas vitalicias, rentas o apellidos, todas podamos dedicarnos a este oficio con la dignidad que merece. Hago mías, hago nuestras, las palabras de nuestra célebre predecesora: «Yo quisiera desde lo alto de algún monte donde fuera posible que me oyesen todas darles un consejo: oíd, mujeres, les diría, no os apoquéis». Negociad, quejaos, uníos (solo la lucha colectiva nos salvará), pelead, afead las malas prácticas, dadle valor a vuestro trabajo, creed en lo que hacéis, exigid lo que es vuestro, guardad vuestros archivos (que son muy valiosos), escribid sobre lo que os hacen pensar los textos, anotad vuestros descubrimientos, pedid ayuda cuando os deis contra muros, tended la mano a las demás, dejaos caer un rato cuando no veáis la manera y no, no os apoquéis jamás.
- (1) Mónica Bolufer Peruga, «Inés Joyes y Blake: una ilustrada, entre privado y público», en Rosa Capel (coord.), Mujeres para la Historia. Figuras destacadas del primer feminismo, Madrid, Abada Editores, 2004, pp. 27-55. volver
(artículo completo en el trujamán)
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