El Trujamán

Tecnologías

Más rápido que el tiburón lejano

Por Lucas Martí Domken
13/05/2026

Cunde la desesperación entre escritores y traductores. Sí, efectivamente, los algoritmos son capaces de realizar textos relativamente bien estructurados e incluso originales. Tal vez, les falte el contexto en algunos momentos, y ahí entraría la mano humana, el barniz para ponerlo todo en su sitio y rematar la unidad significante de lo que el ordenador había reunido probabilísticamente.

¿Por qué poner el grito en el cielo? ¿De qué sirve nadar a contracorriente del huracán tecnológico? ¿Acaso lo que fuimos sin prótesis digitales representa la cúspide de la inteligencia humana? ¿No es la inteligencia de la máquina la lógica consecuencia de nuestro modo de pensar y percibir la realidad? Si el «código» es siempre el mismo, ¿por qué no automatizarlo? El problema no empieza con la traducción, sino con la generación de contenido plano y formativo que, de tanto mezclarse y remezclarse, ha adquirido un color marrón, pardo, indistinguible de lo que realmente es producto de la imaginación y un simple prompt mental. Escribe el poeta cubano Cintio Vitier:

Más rápido que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las islas felices,
un desconocido como el cuerpo abre su idioma para ver
el paso de la mañana ondeante sobre las piedras rojas y oscuras.

¿Puede el ordenador abrir su idioma? Sencillamente, recoge y reformula el que abrieron otros. ¿Abrimos el nuestro «como el cuerpo»? Supuestamente, esa es la tarea del traductor: abrirlo, explorar su cuerpo y alimentarlo de influencias externas, pero de un modo contenido, no empacharlo hasta que le estallen las costuras.

Abrir el lenguaje requiere de cierta poesía o, en palabras de nuestro Juan Ramón Jiménez, de cierto «instinto cultivado». A propósito del mar, el poeta escribe:

Tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.

No se trata de literalidad ni de fluidez, sino de sentimiento, de adentrarse en el tejido de la lengua o en ese mar que va y viene, libre, sin objetivo. Cuando la traducción se robotiza, esto es, se concibe como una fábrica, ¿no es natural que la generación de contenido articulable se automatice?

Besándose. Apartándose. Eternamente conociéndose y desconociéndose. La traducción automatizada (no menos artificial que nuestro cerebro, órgano en delirante huida de su esencia animal) se basa en una memoria larga, millones de datos acumulados y luego combinados para darnos las opciones más probables según los estándares del algoritmo (y de acuerdo con parcelas fijas de la comunicación; a saber, tono académico, coloquial, literario…).

Pero la buena traducción también se basa en la memoria corta o rizomática, que tiene en el olvido una fuerza igual de importante, que se besa y se aparta, aquella que los pensadores franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari analizaron como alternativa al pensamiento jerárquico: «Contrariamente a los sistemas centrados (incluso policentrados) de comunicación jerárquica y de uniones preestablecidas, el rizoma es un sistema acentrado […] sin General, sin memoria organizadora o autómata central, definido únicamente por una circulación de estados».

En ese sentido, traducir es atravesar un medio o los distintos estados actuales de la palabra. Leer entre líneas, por entre las palabras. Lectura ondeante sin General. O parlamento de pequeños generales. Obviamente, la memoria larga es necesaria como apoyo o marco de referencia (y ahí puede ser útil recurrir a sistemas centralizados o robóticos, como antes se recurría masivamente a diccionarios de papel), pero se trata de un medio seco, un cementerio. En cambio, la traducción no puede prescindir de la palabra viva tal y como es sentida en su inmediatez por los traductores. Concluyen los filósofos franceses: «El medio no es una media, sino, al contrario, el sitio por el que las cosas adquieren velocidad». Una velocidad, añadiría yo, más rápida «que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las islas felices».


(artículo completo en el trujamán)


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