El cuadernito
Tengo un cuadernito de palabras. No es gran cosa, pero ha terminado convirtiéndose en una de mis herramientas favoritas a la hora de traducir.
Siempre me han gustado los cuadernos. Me vuelven loca los artículos de papelería, con sus estampados, sus colores y su sinfín de oportunidades para la mente creativa o atrevida, aunque que a mí, mera mortal con bastante poca maña, me provocan un respeto tan reverente como ridículo. Antes los atesoraba sin tocarlos, a la espera de esa actividad que mereciera soporte tan digno. Ni las listas de la compra ni los apuntes de clase ni el diario de traducción estaban a la altura.
Hace ya unos años, después de la enésima mudanza en la que tuve que deshacerme de preciosas posesiones casi sin estrenar, decidí que empezaría a usar todo lo que me hiciera feliz: las copas de cristal, las camisas de seda, los bolis de fantasía. Quiso la casualidad que poco después cayera en mis manos un cuadernito cuyas tapas reproducían la cubierta de los Voyages Extraordinaires de Jules Verne. ¿Una señal?
En aquel momento daba mis primeros pasos en la traducción editorial y debía de estar empezando a explorar las posibilidades del bullet journaling, por lo que elaboré un índice —bastante tosco— en las primeras páginas y empecé a anotar las palabras que me llamaban la atención en los libros que leía; no es que ahora todo sea un camino de rosas, pero por aquel entonces me agobiaba la falta de vocabulario y de soltura para acertar con la palabra exacta. Tardé poco en darme cuenta de que debía poner algo de orden en el caos léxico: no solo debía registrar el autor y el título del libro en el que aparecían las palabras o expresiones, sino la fecha de publicación. Así, si me tocase traducir un libro de 1802 o de 1922, sabría a qué listas recurrir.
Años después, al repasarlas, resurgen en mi memoria los títulos de los libros que leí en paralelo a determinados proyectos: para Belinda, de Maria Edgeworth, El sí de las niñas («bienquisto», «pocos meses ha», «prenda de mi alma»), Cornelia Bororquia («cátate aquí», «a punto fijo», «galafate») o La oposición a cortejo («coche alquilón», «garapitos», «mozas desperdiciadas»). También recuerdo que, mientras trabajaba en Amor, mi primer título de Elizabeth von Arnim, me hice con varias novelitas del inclasificable Álvaro Retama («tobillera», «gastárselo en trapos», «mascoto»), descubrí a Felipe Trigo («menegildas», «¡quiá!», «retepijotero») y a Alejandro Pérez Lujín («de matute», «mozos “curros”», «pistonudo») y me reconcilié con Elena Fortún («cromo de niña», «¡qué cabeza destornillada!», «si les peta el plan»).
No tienen por qué ser grandes obras de la literatura universal, tampoco elijo necesariamente mis lecturas en función de la traducción en la que me encuentro inmersa y las expresiones no siempre están en desuso o son extrañas. La clave al final no está en aprender nuevas voces —aunque siempre venga bien—, sino en anotar palabras que suenan a una época determinada, que me hacen saltar a otros campos léxicos y que, quién sabe, hasta puedan salpimentar una traducción elaborada en pleno siglo xxi para darle sabor a guiso tradicional, pero sin regusto a refrito zarzuelero.
El otro día, después de más de doscientas páginas con más de tres siglos de literatura española —además de unas cuantas traducciones, porque los colegas del gremio también me regalan ejemplos excelentes—, el cuadernito de Jules Verne, que me ha acompañado durante unos viajes en verdad extraordinarios como lectora, ha cedido el testigo a otra libretita muy mona, ilustrada por Norval Morriseau.
Teniendo en cuenta lo que me motivó al principio, no sé si las listas realmente me habrán servido para ganar soltura, aunque me brindan seguridad a la hora de enfrentarme a textos en ocasiones apabullantes y me ayudan a prender la chispa creativa cuando me atasco. Lo que sí tengo claro es que no podría estar dando mejor uso a unos objetos que son tan bonitos por fuera como valiosos por dentro. Y que ambos cuadernitos sobrevivirán a cuantas mudanzas se me pongan por delante. No es poca cosa… o, como diría Emilia Pardo Bazán en La cuestión palpitante: «No es grano de anís».