Viena, 1782 o alrededores. Mozart escribe unos cánones de carácter lúdico. Uno, Leck mich im Arsch, literalmente «bésame o lámeme el culo», vendría a decir «Que te den por culo». Tras la muerte del genio, su esposa, Constanze, mandó esos cánones a la casa editorial Breitkopf y Härtel, que los publicó «embellecidos». Leck mich im Arsch pasó a ser Laßt froh uns sein («Seamos felices», «Alegrémonos»).
Nabokov distinguía tres grados de maldad en la «transmigración verbal». El más vil es el tercero: moldear una obra para ajustarla a los prejuicios e ideas de un público determinado, «crimen que debe castigarse con el cepo».
Hay quien no la ajusta al gusto del público, sino del suyo, y se niega, por ejemplo, a trasladar expresiones religiosas, como «¡Dios mío!» o «¡Por los clavos de Cristo!». Pero, ¿hasta dónde llegaría? ¿Evitaría los días de la semana, de origen religioso en tantas lenguas?
El caso de Mozart, cuya correspondencia está plagada de humor escatológico, no es aislado. A Mozart se le reprocha lo mismo que a Shakespeare: que era capaz de lo grosero y mundano junto con lo sublime. O más bien a ambos se les niega lo primero. O, mejor dicho, debido a lo primero, se les arrebata lo segundo, al menos en el caso del Bardo, cuya autoría se ha puesto en duda —entre otras cosas— porque ¡¿cómo podía el autor de Venus y Adonis pleitearse con un vecino por unas tierras o escribir comedias con chistes soeces?! En cuanto a Mozart, se ha pretendido achacar su escatología al síndrome de Tourette. Por suerte, se ha descartado, aunque a menudo se justifica como una forma habitual de humor en su época.
La traducción ha sido víctima —o vehículo— de muchos de estos remiendos. El papanatismo embellecedor abunda en ejemplos y motivos: puritanismo, purismo, convenciones… Me detengo en una razón tan extendida como pueril: la incapacidad para aceptar la ambigüedad, la contradicción, la mezcla; esa misma ineptitud que nutre los fanatismos, ya sean patrios, religiosos, con o sincebollistas. A este respecto, cito a Juan Gabriel Vásquez en La traducción del mundo (Alfaguara, 2023):
Hisham habló de nuestra relación deteriorada con la duda y las zonas grises, pues la ficción era inseparable de una cierta ética de la ambigüedad, y nuestro tiempo estaba plagado de pequeños fundamentalismos. Por supuesto que esta ambigüedad, que Milan Kundera llamó memorablemente la sabiduría de la incertidumbre, siempre ha provocado resistencia y aun antipatía, porque se enfrenta a la necesidad muy humana de respuestas claras: la necesidad que explica, de maneras distintas, la religión, ciertas formas de la filosofía y ciertas actitudes de la política.
La traducción también es inseparable de la ambigüedad, porque traducir es ser tú mismo y el autor. En El laberinto habitado (Nigra Trea, 2007), Álvaro Cunqueiro recoge una cita de Pierre Emmanuel sobre la interpretación simultánea: «El oficio de traductor es de los más difíciles… casi inhumano. Supone un don de mimetismo lingüístico o de reflejos funcionales inquietantes, casi una despersonalización voluntaria en quien no es espiritualmente bilingüe».
Luego Cunqueiro añade: «Para Emmanuel, escuchar con los auriculares puestos supone no percibir más que briznas de un pensamiento que es necesario ajustar a medida que el traductor lo va detallando, como puede».
La traducción simultánea es como ir por ahí con los ojos vendados describiendo el terreno a medida que se palpa. Algo así dijo Anne Carson del traductor literario, que es alguien que busca a tientas un interruptor en un cuarto a oscuras.
Hay un caso concreto en que el traductor literario anda bastante a ciegas, como sugiere Carson, pero no porque le falten conocimientos, diccionarios, recursos y cultura, por no hablar de la larga tradición que lo precede —en ese sentido, nunca está solo ni a oscuras—, sino porque hay traductores, como Lydia Davis, que prefieren no leerse el libro antes de traducirlo, para que los sorprenda.
Davis, por cierto, dice que «el traductor desarrolla la habilidad, si es que no la tenía ya, de ser él mismo y otra persona, o varias, al mismo tiempo».1 En esta cita asoma la «despersonalización voluntaria» a la que alude Pierre Emmanuel, que recuerda a una frase de George Steiner en Fragmentos: «El orgasmo concorde (probablemente raro) es lo más cercano que hay en la experiencia humana a la abolición del yo, a sumergirnos en otro; es una traducción simultánea en el sentido más profundo».2
La traducción simultánea, por tanto, es lo más parecido a esa abolición del yo, solo que mucho menos rara, como dan fe los colegas que la suministran a diario.
Los traductores nos metemos por oficio en la piel del otro, somos actores y transformistas; camaleones o ventrílocuos —como apunta Davis—; médiums; ladrones de cuerpos; el alambique donde opera la transmigración de las almas; falsificadores que pasan un texto por otro que es y no es lo mismo —something else but still the same, en palabras de Charlotte Mandell. La ambigüedad no puede sernos ajena, pues, como Whitman, contenemos multitudes. Me lo recuerdo siempre que me toca traducir algo a contrapelo.
(artículo completo en el trujamán)
