En el juego de relaciones y contrastes que es posible distinguir en El corazón de las tinieblas, destacan de modo notable la oposición y los paralelismos que Conrad establece entre la Prometida y la mujer africana de Kurtz. Ambas tienen una relación íntima con él. Ambas quedan desoladas con su desaparición. Ambas son descritas como figuras trágicas. En el caso de la Africana, «su cara tenía el aire trágico y feroz de la pena desbordada»; la Prometida es «un Espectro trágico y familiar». En una obra donde abundan los adjetivos, solo ellas reciben ese epíteto.
También son notorias las diferencias. La Prometida, cuando finalmente la conocemos, nos es presentada como la encarnación de Lamento, personificación griega de la aflicción. Yerma, pasiva, resignada y melancólica. Marlow la visita en Bruselas, la «ciudad sepulcral», donde ella lo recibe en un salón noble, con una gran chimenea de mármol y un piano de cola que «llenaba imponentemente un rincón con sus superficies de destellos oscuros como un sombrío y pulido sarcófago»:
Ella avanzó toda vestida de negro con una cabeza pálida, flotando hacia mí en el anochecer. Iba de luto. Hacía más de un año de su muerte, más de un año de la llegada de la noticia; parecía como si fuera a recordar y guardar luto para siempre.
[...]
Aquel cabello claro, aquel semblante pálido, aquella frente pura, parecían rodeados de un halo ceniciento desde el cual me contemplaban los ojos oscuros. Tenían una mirada cándida, profunda, segura y confiada. La mujer portaba su afligida cabeza como si estuviera orgullosa de aquella pena, como si dijera: yo, sólo yo, sé llorar su muerte como se merece.
El contraste es grande con la «aparición indómita y espectacular» de la Africana, en medio de la selva «inmensa» y llena de «vida fecunda y misteriosa». También ella sufre enormemente la pérdida de un Kurtz enfermo, que le es arrebatado por una partida de blancos armados llegados en barco para repatriarlo. Se debate internamente y está a punto de alzarse (y de alzar al millar de seguidores de Kurtz) contra su partida:
Caminaba con pasos mesurados, envuelta en telas con rayas y flecos, pisando orgullosamente el suelo con un tintineo leve y fulgores de bárbaros ornamentos. Llevaba la cabeza bien alta, el pelo con un tocado en forma de [helmet], lucía [leggings] de latón hasta las rodillas, [gauntlets] de alambre de latón hasta el codo, una mancha carmesí en su cobriza mejilla, innumerables collares de cuentas de vidrio en el cuello; algunos objetos extravagantes, amuletos, regalos de brujos, que llevaba colgando, centelleaban y temblaban a cada paso.
[...]
Se acercó hasta el vapor, se detuvo y nos miró. Su alargada sombra caía sobre el borde del agua. Su cara tenía el aire trágico y feroz de la pena desbordada y el dolor mudo entremezclados con el miedo a una resolución que luchaba por cobrar forma.
La disparidad no puede ser mayor. Vital, activa, poderosa, espectacular. Parece una diosa guerrera. Ahora bien, esa semejanza puede reforzarse o atenuarse según cómo se traduzcan las tres palabras dejadas en inglés en la cita (helmet, leggings y gauntlets) y que aluden a diferentes accesorios del atuendo de la mujer. Una traducción ceñida al significado optaría por: «Llevaba la cabeza bien alta, el pelo con un tocado en forma de casco, lucía polainas de latón hasta las rodillas, guanteletes de alambre de latón hasta el codo...».
Se trata de una traducción que se ajusta al diccionario y a la literalidad del texto. Es cierto que helmet no solo permite su traducción como «casco», pero leggings y gauntlets solo son «polainas» y «guanteletes», respectivamente. Ahora bien, el propio texto parece pedir algo más, como si la realidad de las palabras no estuviera a la altura de su aspiración, de la «intención del texto» en palabras de Umberto Eco. Percibimos en él una llamada para salir de las palabras y llegar hasta las «cosas», salir del diccionario y adentrarnos en la enciclopedia, al acervo de conocimientos y alusiones extratextuales, con objeto de restaurar una coherencia vislumbrada en potencia pero no realizada en acto. Y es que, si bien algunos críticos (como Chinua Achebe) han visto en la mujer negra la imagen de una amazona, la imagen esbozada encaja más bien con la de una Atenea negra. Por ello, una imagen coherente de la figura sería: «Llevaba la cabeza bien alta, el pelo con un tocado en forma de yelmo, lucía grebas de latón hasta las rodillas, brazales de alambre de latón hasta el codo...».
La traducción de helmet por «yelmo», hipónimo de «casco» y con mayores resonancias guerreras, proporciona una mayor precisión léxica y contribuye a la isotopía (el conjunto de categorías semánticas que permite una lectura uniforme) que se edifica en torno a la imagen de la diosa griega. A ella contribuyen también las «grebas» en lugar de las «polainas» (leggings): la greba es una pieza de la armadura antigua, una placa de metal que protege la pierna hasta las rodillas; la polaina suele ser de paño o cuero, acostumbra a abotonarse o abrocharse y no está especialmente asociada con un uso guerrero. Por último, es en gauntlet donde el original produce quizás una mayor desazón, porque ahí se quiebra claramente la homogeneidad semántica que parece querer aflorar en la descripción. La traducción literal no puede ser otra que «guantelete», que es también una pieza de la armadura. Ahora bien, esa pieza incluye la protección de la mano y los dedos, lo cual no parece ser el caso. Y, de modo más importante, resulta del todo fuera de lugar en el contexto de la novela y de la imagen creada en la escena, puesto que el guantelete es una extensión medieval europea de la armadura. Además, a diferencia de las «hermosas grebas» de los aqueos atestiguadas en la Ilíada, no puede formar parte de la panoplia de Atenea. De modo curioso, la fuerza de la figura que brota de ese fragmento resquebraja, por así decirlo, la coraza de la letra e impulsa la traducción a insinuarla en todo su esplendor y ataviada, como Palas, para la batalla.
Es conocida la manida frase según la cual poesía es lo que se pierde en traducción. En esta, pensada más allá de los emparejamientos léxicos mecanicistas, lo que ganamos es una diosa.1
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- (1) Referencias: Hesíodo cita el «doloroso Lamento» como hija de la «oscura Noche» (Teogonía, v. 214, en Obras y fragmentos, trad. Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez, Madrid, Gredos, 1978). Ya F. R. Leavis se quejó (en The Great Tradition, Londres, Chatto & Windus, 1948) de la «insistencia adjetival» en la que incurría Conrad en sus obras. Umberto Eco habla de la intentio operis, la intentio auctoris y la intentio lectoris en Interpretación y sobreinterpretación, trad. Juan Gabriel López Guix, Madrid, Cambridge University Press, 1995. El útil concepto de isotopía procede de Algirdas Julien Greimas, En torno al sentido, trad. Salvador García Bardón y Federico Prades Sierra, Madrid, Fragua, 1973. He encontrado apoyo a la lectura de la mujer africana como Palas Atenea en André Viola, «A Black Athena in the Heart of Darkness, or Conrad’s Baffling Oxymoron», Conradiana, 38:2 (2006), pp. 163-173. volver
(artículo completo en el trujamán)
Traducción e interpretación musical: al rescate de una analogía fallida
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