En el proceso de apropiación de conceptos nuevos, típico entre culturas en contacto, las lenguas necesitan inventar formas de denominación. Si una lengua «importa» una palabra a su léxico en lugar de utilizar una paráfrasis, lo hace, en general, por buenos motivos. El más límpido de todos ellos es cuando aparece un objeto antes inexistente; se utilizan entonces dos mecanismos para crear un neologismo que lo nombre: o bien el calco, o bien el préstamo. Por ejemplo, para el inglés mouse —cuando su referente es un objeto electrónico— algunas variedades dialectales del español eligen el calco (ratón) y otras, el préstamo (mouse). Entre estas nuevas adquisiciones en nuestra lengua, que muchas veces comienzan en la jerga y luego se masifican, una se ha vuelto especialmente relevante para los traductores y los que piensan la traducción. Se trata del término agency.
Lo relevante de agency, que se traduce a veces por el calco agencia, es el deslinde del actuar respecto de quien actúa. En la agency lo que importa es que el actuar constituye al actor y no viceversa. Y, si bien no sugiere el grado de impersonalidad de «llueve», tampoco alcanza al grado de personalización de «María salta». En términos de agencia,si tuviéramos que parafrasear el último ejemplo, diríamos que hay un saltar para el cual se presume una persona saltante. Esta primacía del actuar, cuando el actor queda sin nombre, es precisamente lo que ocurre con la traducción automática sustentada en la Inteligencia Artificial. ¿Quién traduce cuando traduce una máquina? ¿Qué marca —si no es subjetiva— queda en esa traducción siempre iterable? Un mar de versiones posibles se extiende ante nuestros ojos, si cada día puedo pedirle a un servicio distinto (o a todos ellos) que «escriba variaciones del cuento que me han encargado traducir. El efecto de esta agency —que dará que hablar en muchos otros ámbitos— se hace especialmente relevante en la transformación de la práctica humana del traducir. De hecho, progresivamente, iremos estableciendo este retrónimo (valga aquí el calco), pues diremos cada vez más «traducción humana» en vista de que la práctica general será la automatizada (como se dice «inglés británico» desde la bien probada expansión de esa lengua en América, o «reloj analógico» tras la invención y dominancia del digital).
Los expertos hablan de un tipo de influencia especial ejercido por las versiones automáticas sobre el proceso de traducción humana. Este fenómeno, claro está, ya tiene un nombre: priming. ¿Una vez más estaremos obligados a una importación terminológica para hablar de lo que necesitamos en estas pocas líneas? Acaso no, puesto que esa influencia que se ejerce y se imprime en el traductor humano por parte de las versiones automatizadas nos es conocida. De hecho, es lo que ha pasado siempre, aunque a una menor escala, en la retraducción. Y es precisamente este modelo el que gobernará desde ahora la traducción humana, pero no ya respecto de otras traducciones prexistentes hechas por otros humanos. Toda traducción humana tendrá muchas anteriores en potencia, es decir, una diversidad no infinita pero sí numéricamente apabullante de traducciones automatizadas que podrían antecederla. Y la humana será siempre «posterior» por el simple hecho de la rapidez de la máquina y su disponibilidad.
¿Qué nos enseña nuestro pasado de retraductores con vistas al futuro? Hasta ahora, la clave estaba en el momento en que dábamos lugar a la traducción preexistente y qué buscábamos en la comparación. Cuándo una traductora leía las versiones preexistentes del Convivio de Dante —antes, durante o después de su traducción— y qué tipo de comparación establecía con ellas —si de autoridad, si de negación, si de corroboración— determinaba la calidad de su trabajo final. Podría objetarse, sin embargo, que el número de las posibilidades automatizadas será tan elevado y la calidad tan alta que ya no habrá motivo para ejercer la traducción humana. Esto es probable pero no pertenece a nuestra pregunta inicial. Lo que sabemos es que, si hay traducción humana en el futuro, siempre será retraducción. Y esto cambiará la naturaleza misma del acto de traducir. Acaso terminará por decirse «se traduce», no como diríamos «llueve», pero casi como si lloviera, con un halo de cosa magnífica y meteorológica.
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