Llévese una palabra de recuerdo
Muchos turistas regresan de sus viajes con una fotografía, un imán para la nevera o una postal que termina olvidada en un cajón. Otros vuelven con algo menos visible, pero quizá más duradero: una palabra.
Pensemos en algunas que han viajado especialmente bien. Paella. Flamenco. Tapas. Siesta. Hace tiempo que dejaron de pertenecer exclusivamente al español para instalarse, con mayor o menor fortuna, en otras lenguas. Quien hojea una guía de viajes en Londres, Berlín o Nueva York puede encontrarlas sin necesidad de traducción. Han cruzado fronteras. Han conseguido pasaporte.
Sin embargo, no todas las palabras corren la misma suerte.
Hace algunos años, mientras analizaba traducciones turísticas destinadas a lectores anglófonos, me detuve en un término que difícilmente encontraríamos fuera de la Región de Murcia: paparajotes. La traducción aparecía acompañaba de una aclaración destinada a evitar un posible malentendido. No era una precaución superflua. Quien contempla por primera vez este postre elaborado con hojas de limonero rebozadas podría llegar a pensar que la hoja forma parte del alimento. Aquella breve nota resolvía una duda gastronómica, pero también revelaba algo mucho más interesante: la compleja tarea de hacer viajar una palabra profundamente enraizada en una cultura local.
Porque traducir no consiste únicamente en trasladar significados de una lengua a otra. Implica también decidir qué elementos culturales acompañarán al texto en su travesía y cuáles necesitarán algún tipo de mediación para llegar a su destino.
El traductor turístico se enfrenta constantemente a este dilema. ¿Qué hacer con términos como paparajotes, sobremesa, chiringuito o parador? Para quienes forman parte de la cultura que los ha creado, estas palabras evocan de inmediato experiencias reconocibles. Basta pronunciarlas para que aparezcan imágenes, costumbres o recuerdos compartidos. Para un visitante extranjero, en cambio, suelen presentarse inicialmente como signos sin anclaje cultural aparente. Lo que para unos resulta evidente, para otros requiere un discreto ejercicio de mediación cultural.
La solución más sencilla parecería consistir en sustituir estos términos por explicaciones exhaustivas o equivalentes aproximados. Sin embargo, la experiencia demuestra que los lectores no siempre desean que desaparezca toda huella de alteridad. De hecho, una parte esencial del atractivo del viaje reside precisamente en el encuentro con aquello que todavía no conocemos.
Quien visita otro país no espera encontrar una réplica de su propia cultura. Espera descubrir algo distinto.
Lo mismo sucede con las palabras.
Algunas, como tapas o flamenco, han adquirido una suerte de ciudadanía internacional que las exime de presentaciones. Otras, como sobremesa o romería, continúan reclamando la compañía del traductor. No porque resulten incomprensibles, sino porque designan realidades culturales que difícilmente caben en una definición breve. Traducirlas exige algo más que buscar equivalencias léxicas: exige interpretar prácticas sociales, hábitos compartidos y formas particulares de relacionarse con el tiempo, la comida o el espacio público.
Por eso resulta revelador observar que muchos lectores prefieren conservar determinados términos culturales, siempre que reciban una ayuda suficiente para comprenderlos. La palabra extranjera deja entonces de ser un obstáculo para convertirse en una invitación. No bloquea la comunicación; la enriquece. Nos recuerda que detrás de ella existe una realidad cultural que no puede reducirse por completo a una equivalencia léxica.
Ahí aparece la figura del traductor como mediador cultural. Su labor no consiste en eliminar diferencias, sino en gestionarlas. Debe decidir cuándo una palabra puede emprender el viaje por sí sola, cuándo necesita una breve explicación y cuándo corre el riesgo de extraviarse durante el trayecto.
Se habla con frecuencia de la traducción como un puente entre culturas. La metáfora sigue siendo válida, aunque quizá resulte incompleta. Un puente comunica dos orillas, pero no explica qué encontraremos al otro lado. El traductor sí lo hace. Orienta al viajero, interpreta señales y facilita el encuentro sin privarlo de su capacidad de asombro.
Al final, una traducción turística no solo transporta información sobre un destino. También transporta pequeñas piezas de memoria cultural. Algunas llegan envueltas en explicaciones. Otras cruzan la frontera intactas. Y unas pocas terminan instalándose discretamente en el equipaje lingüístico de quienes las descubren.
Tal vez por eso, después de ciertos viajes, regresamos a casa con algo más que recuerdos.
Regresamos con palabras.
(artículo completo en el trujamán)