Traducción e interpretación musical: al rescate de una analogía fallida
Por Pablo Ingberg
11/02/2026
Sobre la frecuente analogía entre distintas traducciones de una pieza literaria y distintas interpretaciones de una pieza musical (empleo aquí interpretación en ese solo sentido), escribí tiempo atrás:
A mí me parece que esa analogía tiene una falla de fábrica: si distintas interpretaciones de una sinfonía de Beethoven fueran el equivalente de diversas traducciones, ¿cuál sería en ese caso el equivalente del original? Porque la partitura de la sinfonía, si fuera ése el original, no pertenece a un mismo orden de cosas que las interpretaciones de esa partitura, en el sentido en que pertenecen a un mismo orden de cosas el «Prufrock» de Eliot y una traducción castellana del mismo poema: sendos escritos que pueden por igual publicarse o no y leerse o no en silencio o en voz alta, mientras que una partitura es muda y una interpretación musical es sonora, por señalar tan sólo la más obvia de las diferencias. (Escribir palabras ajenas. Notas sobre traducción, 2019).
Me objetaron (☛) lo de que «una partitura es muda»: leída por un músico, suena en su cabeza. Verdad. También mi redacción era fallida. Me refería a que las partituras son «mudas» en el mismo sentido en que son «mudas» las obras literarias escritas y sus traducciones escritas (digo «escritas» para excluir «orales», que se prestarían mejor a la analogía): suenan en la cabeza de quienes las leen en silencio, mientras las leen, pero no emiten ondas sonoras que otras personas puedan escuchar. (Una obra literaria leída en voz alta también suena en el aire, pero esa lectura no es el original de la traducción tomado en cuenta para la analogía).
Las partituras y las obras literarias (originales y traducciones) son textos escritos en algún soporte, fijados en un espacio, físico o virtual, mientras que las interpretaciones son sonidos que se suceden en el tiempo, tanto cuando se produce la interpretación como cuando se la vuelve a escuchar en alguna clase de registro grabado. Para partituras y literatura escrita usamos el verbo leer y el sentido de la vista (o del tacto en caso de invidencia); para interpretaciones, el verbo escuchar y el sentido del oído. Para partituras y literatura, archivos como los de texto; para interpretaciones, archivos de audio o video sonoro.
Eso es lo que a mi juicio invalida por completo la analogía de las traducciones como interpretaciones. En términos lógicos, la fórmula de una analogía, A es a B como C es a D, resulta inaplicable al caso, porque A, B y C son textos, mientras que D es sonido; de modo que la relación entre A y B, dos textos, no puede equivaler a la relación entre C y D, texto y sonido. Para que la analogía fuera válida, por ejemplo, las traducciones de literatura escrita deberían ser orales, de modo que también en ese caso se pasara de texto a sonido, como cuando se pasa de la partitura a la interpretación.
Hablando con una colega que trató el tema, (☛) surgieron posibles analogías musicales más pertinentes. Una alternativa para que la analogía entre traducción e interpretación se verifique es que también la obra musical original sea una interpretación (A y B, textos; C y D, interpretaciones). Las traducciones serían, pues, reinterpretaciones, realizadas por otros intérpretes (los traductores), con otros instrumentos y voces (otras lenguas). Así, propongo, en lugar de una partitura, podríamos pensar en el original como una sesión de jazz y en las traducciones como posteriores reinterpretaciones o versiones de esa misma sesión. O, propuso entonces la colega, una interpretación «original» de una canción y sus posteriores covers. Ejemplifico: tomamos Yesterday grabada por los Beatles en el disco como el original y toda versión posterior de cualquier intérprete como las traducciones. Hipótesis de trabajo en busca de analogías coherentes en todos sus miembros.
(artículo completo en el trujamán)
