Entre call y call, lechuga
En 1974, Pierre Emmanuel, seudónimo del poeta y académico francés Noël Mathieu, escribió «El multilingüismo europeo», un artículo para Le Monde. En él se lamenta de que el inglés básico, ese idioma simplificado que es la lengua vehicular del mundo, no solo haya aplanado el propio inglés, sino empobrecido las demás lenguas por contagio. Lo más grave, dice, es que: «se termina por no hablar más que en superficie, sin darse cuenta de que este lugar común superficial erosiona el pensamiento, o lo atrofia». Ahora el problema es, si cabe, más acuciante, dado que ya no somos los únicos pisoteando el lenguaje: ha llegado el Atila de las apisonadoras, la IA, que picotea de ese inglés mermado y nos lo regurgita en cualquier idioma, en un juego de espejos infinito. El resultado recuerda a un niño al volante que no llega a los pedales. Nos condiciona, y lo acabamos divulgando a los cuatro vientos. Parafraseando a la señora Klug (☛) en los diarios de Kafka, en Europa se hablan todas las lenguas, pero en inglés. Klug dijo: «Hablo todas las lenguas, pero en yidis». Abdelfattah Kilito tomó prestada la cita para su libro Hablo todas las lenguas, pero en árabe. Es un fenómeno extendido.
Las lenguas se moldean entre sí. Decimos que «se contagian», cual enfermedad, que es lo que entiendo cuando oigo que «se contrae» matrimonio. En Vivir entre lenguas, Sylvia Molloy dice: «Al hablar de bilingüismo, Elsa Triolet lo describe como una afección: "Se diría una enfermedad: Sufro de bilingüismo"». Una lengua penetra en otra como el mar entra y sale de una ensenada. En ese vaivén, el agua arrastra consigo algo de arena y la arena retiene algo de agua. Se enriquecen y se esquilman. La riqueza se ve casi siempre a la larga, cuando ya no se nota la interacción. Recuerda a una frase de Delitos y faltas, la película de Woody Allen: «Comedia es igual a tragedia más tiempo». Cuando se asientan los préstamos y se sienten «nuestros», ya no se pone el grito en el cielo (pensemos en el castizo «chotis»). En cuanto a la esquilmación, es un trasunto de la ley de Arquímedes: toda lengua dominante total o parcialmente sumergida en una lengua en reposo experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del idioma desplazado. Sin embargo, a veces le damos la vuelta a la tortilla. La manía de añadirle -ing a todo bicho viviente, por ejemplo, ha derivado en engendros desopilantes donde el hablante no se limita a expeler préstamos innecesarios en sustitución de un término español linajudo, sino que se entrega a la promiscuidad y crea compuestos que nos dan alegrías como aceituning, edredoning, terrazing, embarquing o gilipolling. Y es que, entre call y call, bien vale meter una lechuga. Elisenda Bernal, de la Universitat Pompeu Fabra, ha escrito un artículo muy completo al respecto («Un sufijo de importación: el papel de -ing en el español actual», (☛) Moenia, 29, 2024), donde concluye que «en español el sufijo ‑ing se incorpora con un patrón morfológico y un significado y un uso totalmente distinto del que tiene ‑ing en inglés: no se pretende crear un supuesto anglicismo, sino que la intención es dotar de un sentido lúdico a las palabras con las que se combina». Debido a ese valor pragmático —explica Bernal—, no compite con los sufijos ya existentes. El mestizaje entre lenguas es inevitable y no tiene por qué restar; al contrario. Lo malo no es añadir ingredientes exóticos a la cocina autóctona, sino prescindir de una dieta variada.
Hace años El Mundo Today publicó una «noticia»: se habían traducido los poemas de Lorca al lenguaje normal. (☛) El Romancero gitano pasaba a llamarse Los gitanos y sus movidas. El texto abordaba «la necesidad de llegar a los nuevos lectores en vez de esperar que sean ellos quienes se acerquen a propuestas literarias muy alejadas de las tendencias de hoy en día». Algunos alumnos —decía— confirmaban que «se entiende todo a la primera y ves al autor como un pavo que tiene sus empanadas mentales y sus rollos igual que tú». E incluía ejemplos: «Amor de mis entrañas, viva muerte / en vano espero tu palabra escrita» había quedado en «Te estás columpiando y eso hace que me ralle un poco, ¿sabes?». Es descacharrante porque, como hace el buen humor, dice la verdad entre risas, como al niño que se le disimula la verdura en una pizza. Ya lo dice el adagio de atribución incierta: si quieres decirle la verdad a alguien, hazle reír o te matará.
Lo gracioso, o más bien patético, es que el chiste se ha hecho realidad. Se aplaude a divulgadores que traducen materias no solo al «lenguaje normal», sino a una jerga meningítica, en aras de la comprensión y toda la pesca. Y no hablo de meros influencers, sino de presuntos entendidos en filosofía, arte, biología, música o matemáticas. «Pa' que lo pillen los escuchantes», dicen. Hasta una ameba lo pillaría. Prefiero lo breve y sencillo al oscurantismo y la pedantería, pero una cosa es rizar el rizo y otra hablar como un adicto al crack trepanado con una batidora. «Sócrates, uy, escribir no, qué lache, pero Platón: PEC». Parecen Brad Pitt en Snatch. Cerdos y diamantes. Al final hablaremos todas las lenguas, pero en gilipolling.