Para Fernando Dicenta,
lector infinito de traducciones y originales
En diversos textos y en algunas de sus cartas, Schopenhauer emplea la expresión con amore (así, en cursiva, en italiano) para referirse a la traducción hecha con esmero, con el propósito de recrear la impresión del original, y también a la escritura abordada con lentitud, con mimo.1 Leerlo me produjo ternura y me hizo reflexionar sobre cómo concibo la traducción. Tras veintiséis años de ejercicio profesional, no intensivo pero siempre presente, para mí traducir es una de las experiencias de comunicación humana más hermosas, y es, ante todo, una de las formas de la amistad.
La mayoría de las veces he traducido a autoras y autores a quienes he tenido la suerte de conocer, de manera epistolar mediante mensajes de correo electrónico para consultarles dudas y comprobar detalles, y, después, en algunos casos, también de manera presencial, en encuentros que atesoro en la memoria. He paseado con Vikram Chandra por Bombay y por varias ciudades españolas, siempre haciendo un alto en el camino para comer algo típico del lugar donde estuviésemos. He visitado la Alhambra con Manju Kapur y su familia, y he descansado tumbada junto a ella, charlando entre risas, descalzas sobre una cama grande, como ella me dijo que hacía a menudo con sus hijas. He comido castañas asadas con Kalpana Swaminathan en Madrid, mientras me contaba algunas de sus vivencias como cirujana pediátrica y lo feliz que es escribiendo novelas. Con Ruskin Bond no me reuní, pero tuvimos una encantadora conversación telefónica en la que él comenzó describiéndome al detalle el panorama desde su casa a los pies del Himalaya, para invitarme a visitarle. Con Christie Watson tampoco me he visto en persona, pero hemos compartido reflexiones y confidencias surgidas del duelo por nuestros respectivos padres.
En los últimos meses, estoy traduciendo a una autora con quien no puedo intercambiar mensaje alguno ni concretar un encuentro de ningún tipo: Florence Nightingale. Al adentrarme en sus pensamientos, amasados en las palabras que escribió hace más de ciento setenta años, al documentarme para entender su texto y trasladarlo con amore, de alguna manera he establecido un diálogo con ella. Y siento una especie de añoranza por apreciar y admirar a alguien a quien he traducido y a quien no podré conocer.
En este sentir la traducción como amistad también hay deseos irrealizables, autores o autoras a quienes a esta humilde trujamana le encantaría ofrecer sus manos al teclado, pero a quienes no puedo servir como quisiera porque sus originales están escritos en idiomas en los que carezco de competencia. En esa categoría de amigos anhelados está André Maurois, que me ha proporcionado, por muchos motivos, las horas más felices de lectura desde que llegó a mi vida. También Amantine Aurore Dupin, alias George Sand, de quien falta mucho por traducir. Y tantos más amigos y amigas de distintas latitudes y tiempos, a quienes por suerte disfruto, siempre agradecida, en las traducciones de colegas de profesión. Pues la lectura amplifica la amistad, gracias a la tribu de nuestro oficio; una tribu que concibo a tono con lo expuesto por la compañera Pilar Ramírez Tello. (☛)
En una de sus deliciosas columnas dominicales, Manuel Vicent escribió que, al ir al colegio cada mañana, los niños y las niñas se dirigen a la isla del tesoro, aunque no lo sepan.2 Al inicio de cada traducción me siento así, pero sabiéndolo, consciente de que embarco hacia la isla del tesoro, o, más bien, hacia un archipiélago que crece, se diversifica, y siempre me ofrece paisajes nuevos. Cada vez, emprendo un viaje de indagación y aprendizaje en el que sé que no estoy sola; me acompaña una amiga o un amigo a quien estoy trasladando al castellano con respeto, con responsabilidad, con voluntad mediadora, con pasión por la lectura. Con cariño.
Sí, la traducción es una forma de amistad. Y la amistad, la verdadera, es una forma indeleble y leal de amor.
- (1) Arthur Schopenhauer, Cartas desde la obstinación, Eduardo Charpenel Elorduy (traducción, prólogo y notas), México: Los libros de Homero, 2008. volver
- (2) Manuel Vicent, «Tesoro», en Radical libre, Madrid: Círculo de Tiza, 2014, pp. 21-22. Publicación original en El País (13 de octubre de 2013). volver
(artículo completo en el trujamán)
Se parecen, se parecen..., pero no son lo mismo (27): «monkey» y «ape»
Por Fernando A. Navarro
10/12/2025
