El Trujamán

Autores s. xx

Un español con un paraguas. En busca de la resonancia perfecta

Por José Francisco Fernández
24/06/2026

En una ocasión impartí una conferencia en una universidad de Irlanda. Antes de la conferencia la profesora que me había invitado me llevó a la cafetería de la facultad a tomar un café. Al poco rato me dejó allí solo, pues quería ir a la sala antes de empezar el acto para comprobar que todo estaba en orden y que el ordenador estaba preparado para mi presentación en PowerPoint. Poco después se acercó a mí una mujer a la que nunca había visto, se presentó, era profesora del mismo departamento que mi amiga, y me explicó que ella le había pedido que fuera a buscarme porque yo no conocía el edificio. Después de la conferencia le pregunté a mi amiga que qué le había dicho a la otra profesora, cómo supo distinguirme entre tanta gente en hora punta de desayunos. Muy fácil, me explicó, le dije que eras un español con un paraguas. La definición me pareció perfecta, eran las palabras exactas para resolver un problema concreto, no era necesario añadir nada más, como que llevaba gafas o que tenía cara de alelado. La profesora en cuestión tenía la información necesaria para reconocerme entre sesenta o setenta personas en una bulliciosa cafetería en un día lectivo. Además, la frase tenía resonancias que evocaban un cierto tipo de profesor fácil de distinguir, el docente de otra época, educado y distinguido, que visitaba las universidades extranjeras en la posguerra española. El comentario me había hecho sentir, pongamos por caso, como Fernando Díaz-Plaja cuando daba conferencias como profesor invitado en la Universidad de Pensilvania. La vida real es siempre más prosaica y, más que por ser distinguido, la compañera seguramente me reconoció porque en Irlanda nadie, al menos entre la gente joven, lleva paraguas. Los estudiantes y profesores, a la manera de senderistas, usan prendas impermeables de alta calidad que, además, son transpirables y ligeras. Pero da lo mismo, la frase era genial y sobraban más palabras.

Todo esto viene a colación porque a veces en traducción no es necesario ofrecer muchos detalles e intentar abarcarlo todo, sino tener la suerte de dar con la expresión bien armada, sencilla y a la vez llena de matices, que remite al lector a una imagen viva y de múltiples reverberaciones. «Podemos usar el lenguaje correctamente pero sin conocimiento», dice Clive Scott, «como un instrumento de mera designación; también podemos, por el contrario, intentar recuperar el conocimiento que hay en el lenguaje o dotar al lenguaje de conocimiento». Son muchos los traductores y las traductoras que han demostrado un talento natural para imbuir al lenguaje de una amalgama de resonancias que enriquecen la versión en la lengua meta. Me gustaría fijarme aquí brevemente en la labor como traductor de Gabriel Ferrater (1922-1972), el gran poeta de la modernidad de las letras catalanas y autor de una treintena de traducciones. La traducción era para Ferrater su principal fuente de ingresos y lo hacía, en palabras de su hermana, Amàlia Barlow, «sin vacilaciones, con gran perfección gramatical y gran rapidez».

Ya al final de su carrera recibió el encargo de traducir Murphy (1938), la primera novela publicada de Samuel Beckett. En España y en otros países las editoriales se apresuraron a publicar nuevo material del autor irlandés a raíz de la concesión del premio Nobel en 1969, y Murphy, que no aparecía entre los textos más conocidos de Beckett, fue objeto de súbito interés. No hay nada en los papeles de Ferrater que indique que el escritor catalán sintiera una especial admiración hacia la obra del autor de Esperando a Godot, aunque sí conocía su producción literaria; Ferrater había formado parte del jurado que en 1961 había concedido el premio Formentor a Borges y a Beckett. Podemos imaginar que Ferrater se aplicó a la tarea de traducir esta novela, pues el resultado es de una gran solvencia. El traductor se basó en el original en inglés, pero ocasionalmente consultó la traducción al francés que hizo el propio Beckett en colaboración con su amigo Alfred Péron, publicada en 1947. La novela es de gran originalidad; cuenta las estrafalarias andanzas de un emigrante irlandés en Londres cuya máxima ambición es que lo dejen tranquilo, algo que apenas consigue pues todo el mundo a su alrededor se empeña en seguirle la pista y complicarle la vida. Como texto para traducir, no es una pieza fácil, la narración está plagada de palabras en otros idiomas, la trama es enrevesada, los personajes mantienen conversaciones con frecuencia inconexas y las alusiones a teorías filosóficas de diversa índole son habituales entre sus páginas. Ante esto, Ferrater despliega un castellano fluido, preciso y funcional, a pesar de que él insistía en que no era su primera lengua. Su método consistía en resolver problemas lingüísticos de forma limpia y expeditiva para seguir avanzando con el texto. De esta manera, traduce con naturalidad frases ya de por sí complicadas: «The fiery darts encompassing her about of the amorously disposed were quenched as tow» («Las flechas de fuego de los amorosamente hambrientos se apagaban como teas en el agua al llegar a ella»). Del mismo modo, mantiene siempre que puede la rima y musicalidad de las palabras, llegando aún más lejos que el original: «Mr Kelly’s face was narrow and profoundly seamed with a lifetime of dingy, stingy repose» («La cara de Mr. Kelly era estrecha y profundamente marcada por toda una vida de acrimonioso y parsimonioso reposo»). Como se ha señalado, la novela escrita por Beckett es complicada desde el punto de vista sintáctico y léxico, y Ferrater pertenece a esa clase de traductores que colaboran activamente para que el contenido se transmita de la manera más natural posible. Entre los muchos ejemplos de construcciones bien resueltas en la traducción de Murphy, podemos encontrar unos cuantos casos de soluciones evocadoras y con múltiples resonancias similares a las que me he referido al inicio del artículo, como la traducción de esta frase, una pequeña joya por su sencillez y su sutil vuelo poético: «A tug and barge, coupled abreast, foamed happily out of the Reach» («Una barcaza y un remolcador, ayuntados, espumearon gozosamente saliendo del Reach»). La traducción de Murphy por parte de Ferrater no es perfecta; a veces se excede en sus funciones y despacha de un plumazo algo que le parece enrevesado, confuso o innecesario, aunque ocupe varias líneas de texto. Pero no son pecados capitales y su traducción abunda en genialidades como la anteriormente señalada.

Ferrater no impartió conferencias en ninguna universidad extranjera, pero al final de su vida sí ejerció como profesor de lingüística en la recién creada Universidad Autónoma de Barcelona. Al parecer, llamaba la atención entre los estudiantes por llevar jeans, algo impensable en un profesor universitario de esa época. Si hubieran ido a buscarlo a la cafetería de la facultad, su elegancia natural no habría necesitado paraguas.


(artículo completo en el trujamán)


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