Moros en la costa del idioma
«Yo soy mora. Soy bereber, amazigh, además, pero eso es parte de ser mora». Así empieza un párrafo en el libro No nos taparán (Akal, 2021) de la autora melillense Mimunt Hamido, que un amigo mío tradujo al alemán. Me consultó la duda: ¿cómo traducir moro?
Moro, del latín maurus, evoca dos palabras alemanas: Maure y Mohr. Eran intercambiables hasta el siglo xix; en 1851, el poeta alemán Heinrich Heine describe a Boabdil el Chico como Mohrenkönig ('rey moro'). Pero ya en 1845, el libro infantil Struwwelpeter presentaa un Mohr «negro como el carbón», y con ese color, la palabra pasa a describir ya exclusivamente a los africanos subsaharianos; da cuenta de ello el logotipo de una marca de chocolate creada en 1918. En una edición alemana del Robinson Crusoe de 1869, los habitantes de Marruecos aún son Mohren; entre 1904 y 1921 se han convertido en Mauren, en ambos casos traduciendo un inglés Moor con regusto histórico. A partir de la década de 1960, Mohr adquiere una connotación racista y acaba erradicado del vocabulario, mientras que Maure se usa ya únicamente para la época histórica de al-Ándalus.
«Ich bin Maurin» tradujo mi amigo, versado en latín, la frase mencionada, pero tuvo que admitir que nadie en Alemania usa hoy el término para nuestros coetáneos. Vista la acepción 1 de moro en el diccionario,«natural del África septentrional frontera a España», lo obvio sería decantarse por el sinónimo magrebí: «Ich bin Maghrebinerin». Pero el siguiente capítulo arranca así: «Si cualquiera de vosotras, lectoras, me viese por la calle, pensaría: “Ahí va una mora”. No, mora no lo diríais en voz alta, aún sigue sonando feo».
Maghrebinerin ni suena feo en alemán ni nadie pensaría, al ver por la calle a una chica de aspecto moruno, «Ahí va una magrebí»: a la palabra le falta la cualidad coloquial. En francés, la solución sería sencilla: arabe; véase el insulto sale arabe ('sucio árabe'). Pero no podemos escribir Araberin aquí, porque el propio texto ofrece esta opción acto seguido: «Diríais: “Ahí va una árabe”. Pues no, os equivocaríais. No soy árabe, no hablo ni una palabra de árabe, no tengo relación alguna con Arabia». ¿Y si usamos Marokkanerin? También esta opción la sugiere la propia autora: «Quizás especificaríais más y diríais: “Ahí va una marroquí”. Pues tampoco. Nací en Melilla, y aunque he sido apátrida hasta los 18 años, nunca he tenido otra nacionalidad que la española». Y justo cuando nos acordamos de que moro también significa musulmán, Hamido agrega: «Ah, pues ya lo tengo: “Ahí va una musulmana”. Y ahora sí la hemos liado, porque yo soy atea».
La palabra moro aparece una veintena de veces en el libro, subrayándose su uso despectivo, pero también reivindicándose como gentilicio correcto para los norteafricanos. Hallar un término alemán que reúna ambas cualidades se antoja imposible, y tal vez innecesario en un ensayo dedicado a analizar el islamismo, en el que la cuestión semántica de llamarse moro es un matiz secundario.
Sugerí a mi amigo buscar un equivalente para cada contexto. A menudo, moro describía a personas que eran efectivamente marroquíes: no planteaba un problema mencionar la nacionalidad. En otras iba bien magrebíes o norteafricanas: «Si esto nos pasó a Karima y a mí, que —aunque se nos nota a la legua que somos moras— no llevamos hiyab…». A veces bastaba con saltarse la palabra: en la enumeración «personas que podrían ser tranquilamente moras, marroquíes, magrebíes o árabes», nada se pierde reduciendo los cuatro gentilicios a tres.
«Lo he sufrido en el instituto: “Pues para ser mora es una chica muy lista”. Lo he sufrido en el trabajo: “Eres mora, ¿tú crees que podrás hacer este trabajo?”. Lo he sufrido estando de marcha: “Eres mora, estás de marcha, entonces es que eres una puta”». Tres casos, tres equivalentes: «Pues para ser marroquí es una chica muy lista”. “Eres extranjera; ¿tú crees que podrás hacer este trabajo?”. “Eres musulmana, estás de marcha, entonces es que eres una puta”». Y la frase de los sinónimos se queda en: «Si cualquiera de vosotras, lectoras, me viese por la calle, pensaría: “Ahí va una extranjera”. Seguramente diríais primero: “Ahí va una árabe”. Pues no…».
A veces, traducir consiste en elegir qué no traducir.