Lista de hastíos y esperanzas
Este año he tenido la suerte de traducir mucho y de hacerlo a gusto. Por primera vez en mis poquísimos años de experiencia he logrado que me cunda sin tirarme diez horas al día pegado a la pantalla. He podido dedicar mañanas enteras a poner lavadoras, limpiar, hacer la compra, cocinar, leer, ir a la playa, observar las gaviotas (y temerlas, pero eso daría para otro texto), ver a mis sobrinos, pasear, dibujar, descansar, etc., sin poner en peligro un salario mínimo.
Sin embargo, cuando hablo con personas ajenas al sector y les explico que me dedico a traducir libros, me sucede a menudo que les parece aburridísimo o fascinante pero complejo; se quedan horrorizados cuando hablo de las horas de documentación y maquetación, de formación constante. Me preguntan si no echo de menos la librería, trabajar de cara al público y les digo que sí, que claro; que si estoy cansado, dicen, y respondo también que sí, que claro, pero que de traducir no lo estoy. En absoluto.
Si algo me cansa de mi trabajo no es traducir. Lo que me agota es hacerlo entre mudanzas por culpa del alquiler de temporada que asola la Costa del Sol; son las preguntas repetitivas, aburridas y manidas sobre el temita tecnológico de moda; es el correo electrónico, en general: el tira y afloja para negociar céntimos o cláusulas abusivas, los contratos que no llegan, las entregas ajustadas por libros urgentísimos de publicar que luego tardan años en publicarse, los encargos enviados a tiempo y las facturas cobradas muy a destiempo (y tener que ponerme alarmas para reclamarlas); son las promociones en las que tu nombre ni está ni se lo espera; perder las ganas de leer de vez en cuando porque tu trabajo es leer; la ola de calor con miedo a la factura de la luz y la búsqueda de bibliotecas que abran por la tarde en las que refugiarme.
Ante el cansancio, el diálogo: nada me calma más que conversar con compañeras de lo bueno y lo malo del oficio, o las charlas en la biblioteca con lectoras agradecidas, o los clubes de lectura donde hablar de lo humano y lo divino, o el correo comprensivo de un cliente que entiende mis circunstancias, o los audios de WhatsApp de cinco minutos (soy de esos). No quiero ni voy a permitir que todo lo dicho en el párrafo anterior borre la belleza humana que contemplo a mi alrededor y que me empuja a diario: los mundos que se nos abren con cada proyecto nuevo y los clientes que nos respetan y estiman (los hay); las colegas solidarias, amables e inteligentísimas que nos abren el camino y nos acompañan en él; cada frase aparentemente puñetera y desquiciante en la que nos deleitamos durante minutos, horas y hasta días si es posible.
Como veis, me gusta hacer listas. De hecho, hace poco me propuse enumerar las compañeras a las que estoy agradecido por hache o por be y que me han ayudado en este tiempo y el ejercicio fue tan hermoso como abrumador. Tengo el corazón lleno de agradecimiento, no todo es hartazgo. El futuro parece oscuro, pero no está escrito, y está en nuestras manos traducirlo con el mayor mimo, tejer redes de apoyo y no ceder al desánimo.