Mucho de lo que desearás, harás, comprarás y… traducirás en este año que comienza fue nombrado en los últimos meses de 2025.
Nombrar es un acto mágico. Se puede existir sin nombre. Pero un nombre perfila, delimita, establece límites conceptuales en los que solo el objeto nombrado puede existir. Nombrar es un acto de creación. No crea materia, pero sí genera un halo de visibilidad sobre un trozo del mundo, un pedazo de la realidad o una idea, acotándolos y facilitando su manipulación mental y la interacción con ellos.
Cuando se diseña un nombre para un producto nuevo o una nueva realidad —y los traductores son expertos diseñadores de estos nombres en otras lenguas—, se pretende que suene atractivo y que comunique sus principales atributos. Estos suelen coincidir con las necesidades y deseos de los consumidores que el producto o servicio trata de cubrir.
Por eso, trabajar en una empresa de creación y localización de marcas comerciales es lo más parecido a disfrutar de un sillón preferente en un observatorio del futuro. Cada nuevo nombre de marca encapsula avances, novedades, inventos, sabores, texturas, experiencias, objetos y servicios que los consumidores aún no saben siquiera que necesitan o desean. Desde la privilegiada plataforma que me ofrece la empresa norteamericana Lexicon Branding, con la que colaboro como consultora lingüística desde hace casi treinta años, he podido ver evolucionar las necesidades y los gustos de nuestra sociedad durante estas tres décadas. En los años noventa del siglo pasado, la mayoría de los nombres que tuve que analizar, traducir o localizar correspondían a productos, avances y tecnología médica (ThermaCare, Libre Abbott), ordenadores (PowerBook, HP), móviles (BlackBerry) o microprocesadores (Pentium). Eran tiempos de búsqueda del bienestar y avances informáticos. El siglo xxi comenzó con dos prefijos, i- y e- seguidos de un tsunami de marcas de tabletas, relojes digitales, software personal y colectivo, junto a otras que seguían nombrando la realidad de una sociedad volcada en el placer, el entretenimiento y el consumismo: nombres de marcas de coches (Scion), equipos de sonido de última generación (Sonos), consolas de videojuegos (Xbox Live), hamburguesas imposibles (Impossible Foods) y hoteles de lujo (Embassy Suites Hilton). Eran los felices años del inicio de siglo. Más tarde vino la marea de nombres de productos que nos comenzaron a separar del mundo físico para llevarnos a la realidad paralela de las redes sociales (Facebook Portal), el metaverso (Meta Horizon), la realidad virtual (Oculus Go) y aplicaciones de edición de vídeos como CupCat. Hace ya tiempo que todo esto ha cambiado. Los dos últimos años, y sobre todo los últimos meses del 2025, los encargos de nombres de medicinas y de productos de entretenimiento y ocio han dejado de ocupar un puesto predominante en la agenda, igual que los de hoteles y comida. Dos nuevas categorías han desplazado al resto. La primera: nombres de misiles. Sí, lamentablemente esto es lo que se está produciendo y nombrando actualmente. La segunda no es bélica, pero igualmente ha irrumpido como un elefante en una cacharrería, arrasando todo y sin dejar espacio para casi nada más: nombres de aplicaciones, agentes, software y servicios basados en IA. Si las marcas nombran nuevas tendencias y realidades, estas dos parecen ser las que están perfilando nuestro futuro más inmediato.
El mundo de la IA se ha convertido en una fábrica de producción en cadena de nombres, marcas y nuevas expresiones que a menudo se gestan en el contexto anglosajón, pero que pronto llegarán a nuestro rincón del mundo, algunas ya lo han hecho, y necesitarán encontrar su lugar en nuestras lenguas. Durante los últimos meses he ido apuntando las más frecuentes. Entre las palabras y expresiones que tendremos que traducir en 2026 destaca una: AI slop, la palabra del año para el diccionario australiano Macquarie, (☛) el diccionario americano Merriam-Webster (☛) y la revista británica The Economist. Las traducciones de esta expresión al español que circulan por los medios son variadas: basura digital, mierda de IA, basura de IA, bodrio IA, contenido generado por IA de baja calidad, bazofia o, mi preferida, bazofIA. Cuál de ellas arraigará está aún por ver. Lo cierto es que, como explica Licia Corbolante, (☛) ninguna logra reunir la brevedad y el fonosimbolismo del original (su conjunto inicial de consonantes, el fonestema [sl], en inglés es habitual en palabras con significados negativos (slut, slag, slob, sleaze, etc.) o que evocan sustancias viscosas y repugnantes (slime, sludge, slosh). Más complicado todavía será hacer nuestras todas las palabras derivadas y compuestos de slop. Brigitte Nerlich (☛) ha recogido en un interesante artículo una buena parte de ellas: slopper, ensloppification, sloponomics, slopaganda, workslop, slopacopalyse, slopfluencer, slopotypes, slop coding, slopwashing o academic slop. A estas habría que sumar otras más recientes, como de-slop y Winslop. Así como expresiones que avanzan algunos de los efectos de la IA en nuestra vida y en nuestras mentes: el uso de la IA que nos lleva a delegar o incluso a abdicar en ella nuestro pensamiento y creatividad (cognitive offloading, mechanical bypass) o los mechanismos de defensa ante sus errores y alucionaciones (epistemic vigilance), entre otras.
Hay trabajo. Un trabajo al que no debemos renunciar, porque quien traduce elige el marco que dirige la interpretación de las palabras y construye los cimientos del éxito de uso. AI slop aún está buscando su forma óptima en español: una palabra que sea capaz de transmitir las potentes emociones y percepciones sensoriales que evoca el término original.
(artículo completo en el trujamán)
