Cuando hablamos de lenguas primeras lo decimos en muchos sentidos. Una lengua primera puede ser la lengua de origen, es decir, la imaginada lengua primigenia —desde la adánica hasta el indoeuropeo, pasando por todas las estrambóticas hipótesis que se barajaron en la Europa de los siglos xvi y xvii—, o puede ser lengua primera respecto de la traducción. Esta será la lengua del original mientras la otra, la segunda, es la lengua meta. Los traductores escribimos lenguas segundas en este sentido.
Pero también existe la lengua primera según el rango de importancia, el prestigio o el número de hablantes. Las llamadas lenguas mundiales y, entre ellas, la más destacada de todas, es la primera. En el interior de cada sistema lingüístico, sin embargo, el asunto se complejiza, pues cada país tiene una «lengua primera» que es la lengua oficial y, en algunos casos, otras aceptadas como oficiales pero «menores» frente a la primera. Este esquema, lo sabemos bien, no siempre funciona de forma pacífica.
De modo que está repleto de órdenes en las lenguas y poco de lo que las atañe resulta indiferente; antes bien, las lenguas están asociadas a sistemas de valores. Lo que pensamos sobre las que hablamos y las que no hablamos está cargado de connotaciones y juicios; reaccionamos a lenguas, a acentos, a letras distintas, lo queramos o no. Los traductores, seres curiosos porque aman las lenguas, son aquí probablemente más abiertos que los monolingües. Sea como sea, nuestra actitud —la de todos— hacia las lenguas pocas veces es neutra.
Más allá de lo que pensemos de la lengua mundial actual —es decir, la primera en el tercer sentido—, no podemos dudar de cuál sea esa lengua. El predominio del inglés, histórico como todos los predominios lingüísticos, es muy reciente, no data de más de un siglo, pero resulta innegable. Sin embargo, su estrella está comenzando a opacarse. Recordemos, esto ya ha sucedido: el francés fue la lengua de cultura —la lengua primera en sentido simbólico— por mucho tiempo en Europa y en América. El español fue lengua primera antes, y aún hoy sigue siendo una lengua mundial. El holandés se usó extensamente como lengua de intercambios comerciales en el siglo xvii. Y el italiano fue la lengua de la poesía durante el Renacimiento.
Como ha ocurrido con las lenguas que la han precedido en semejante posición, también al inglés le han encontrado razones intrínsecas para ser primera: su especial don para la lógica (pero esto ya había sido dicho del francés), el número de palabras en su vocabulario (pero esto fue motivo de crítica hacia las llamadas lenguas primitivas) y muchas otras razones curiosas que obvian lo evidente: el ascenso del dominio cultural, político y económico de un país que lo habla.
¿Puede que este dominio esté llegando a su fin? Mi respuesta es afirmativa. La clave está en la traducción automática voz-a-voz. Anunciada por diversas empresas que se dedican a monetizar la traducción como nunca lo han podido hacer los traductores humanos, los servicios de interpretación automática permiten entender lo que dice un hablante cuya lengua no conozco, es decir, recibir aquel enunciado opaco de forma clara et distincta en mi propia lengua. Recordemos el jelly fish de una famosa sátira inglesa donde se viajaba por las galaxias, tal como lo cuenta David Bellos. Allí estaba disponible el «pez de Babel», definido como la cosa más rara del universo: un pececito amarillo y gelatinoso que, una vez colocado en el oído, era capaz de hacer entender todas las lenguas del mundo de forma automática mediante la absorción de frecuencias inconscientes del cerebro que, conectadas con el centro del lenguaje y sumadas a otras funciones delirantes, ofrecía una versión satírica de la idea del pensamiento universal. El efecto final era la demostración de la no existencia de Dios. (Cómo era la demostración se explicaba en una desopilante serie de deducciones en la versión televisada de la Hitchhicker’s Guide to the Galaxy.) Lo interesante era que, en lugar de evitar las guerras gracias a la comunicación y comprensión mutua de culturas, el dispositivo las aceleraba y las hacía más sangrientas. Hoy nuestra versión del pez de Babel se ha hecho realidad o está muy cerca de serlo. Ahora, ante la pregunta de la función global del inglés y su posible declive, tenemos una respuesta. Pronto todos podrán comunicarse en la lengua propia sin pasar por ninguna lingua franca, pues cada uno llevará escondido este traductor universal en alguna forma tecnológica primero especialmente extraña y celebrada por pocos, luego impuesta, por el interés del capital en su triunfo tecnológico, a todos los que progresivamente puedan pagar por ella.
(artículo completo en el trujamán)
Se parecen, se parecen..., pero no son lo mismo (27): «monkey» y «ape»
Por Fernando A. Navarro
10/12/2025
