De un tiempo a esta parte abunda la matraca de que las frases cortas, las listas, preguntas o enumeraciones de tres son indicios de que un texto se ha escrito o traducido con IA, ese ectoplasma desparramado que ha dicho que el principio de Cien años de soledad es suyo de cabo a rabo, no sabemos si de cerdo. También oigo que hay estudiantes de traducción que no usan la raya de incisos para que los profesores no atribuyan sus trabajos a la IA, pues al parecer es otro síntoma de la enfermedad. En el fondo —del mar— tiene lógica que prescindan de las rayas para no parecer unos mantas, pero menuda distopIA, que es como iba a titular originalmente este artículo. ¿Nos pasaremos al ábaco para que nadie crea que hacemos las cuentas con la calculadora? ¿O daremos mal las cifras para despejar toda duda y, de paso, no ofender a Dios, como dicen que hacían los artesanos persas, que incluían taras en sus alfombras y tapices porque solo Dios es capaz de la perfección? Quizá Marcel Duhamel, el primer traductor al francés de 1280 almas, tampoco quiso ofender a Dios cuando dejó el título en 1275 âmes, con lo que mermó la población de la conocida novela de Jim Thompson. El error dio pie a otra novela donde Jean-Bernard Pouy explicaba esas cinco desapariciones. Digo error porque al parecer fue una elección consciente. Dicho esto, paso a las frases cortas y sus componentes, las palabras.
Winston Churchill dijo que las palabras cortas son las mejores y que las antiguas, si son cortas, son las mejores de todas. Aquí nos recuerda a Baltasar Gracián: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo». Con las frases pasa lo mismo. Según Mark Twain: «A veces [el escritor] se dará el capricho de una frase larga, pero se asegurará de que no tenga pliegues, vaguedades ni haya interrupciones entre paréntesis que alteren su visión de conjunto. Cuando acabe con ella, no será una serpiente marina con la mitad de las jorobas bajo el agua, sino una procesión iluminada con antorchas».
George Orwell instaba a no usar lo manido, ni una palabra larga donde sirve una breve o —mejor— nada, ni la voz pasiva antes que la activa, ni jerga especializada si no es necesario, pero también urgía a saltarse esas normas antes de decir una barbaridad. Esto último vale para la vida en general. Nombro a Orwell, pero son muchos los que defendían y defienden la brevedad y la omisión. Entonces, por decirlo con una pregunta —fórmula que nos acompaña desde la noche de los tiempos—, ¿hay que renunciar a lo breve porque lo haya adoptado la IA? Y lo mismo con el resto. Si al final la IA se encarna en replicantes, ¿a qué acabaremos renunciando para no parecernos a ellos? ¿Nos volcaremos en hacer churros y eccehomos, con perdón de ambos? ¿Llevaremos ad absurdum lo de «errar es humano»? En cuanto a las enumeraciones de tres, merecen un párrafo aparte, aunque solo sea por demostrar que los párrafos tampoco son ninguna novedad ni cosa de la IA.
La Santísima Trinidad; los tres Reyes Magos; las tres negaciones antes del canto del gallo; los tres mosqueteros; las tres —o diez— cosas que te llevarías a una isla desierta; los tres deseos; los tres cerditos; Cristo y los dos ladrones; el oro, plata y bronce; el «a la tercera va la vencida»; el «¡a la una, a las dos y a las… tres!»; los tres tristes tigres, aunque solo estén aquí por el trabalenguas; el tres en raya, para pasar el rato… Podríamos seguir, pero no tiene objeto. Llevamos el tres metido dentro.
¿Y qué decir de las listas? Umberto Eco les dedicó un libro, El vértigo de las listas, pero no hay que leerlo para saber que las llevamos tan dentro como el tres: listas de los libros más leídos, vendidos y vendados; listas de películas que hay que ver, cosas que hay que hacer, sitios donde hay que ir y platos que hay que probar (todo ello antes de morir, porque casi nadie hace listas para después de muerto, salvo los autónomos, que llevaremos encima nuestra relación de cuentas para entrar en el más allá por tramos). Listas de la compra —claro—, listas de pros y contras y hasta listas que se pasan de la raya —como ahora, por hacer un chiste malo—.
La IA aprende de nosotros porque la hemos hecho a nuestra imagen y semejanza. Temer que nos sustituya por un lado y renunciar por otro a hacer lo nuestro porque lo hace ella es delirante. Podríamos acordar una tara —como un roto o un descosido— para reconocernos entre nosotros y colarla en todo lo que hagamos, a modo de firma suicida, pero, ya que adoptamos un sello, (☛) que sea de calidad, como el que propone ACE. Lo suyo es seguir haciendo bien lo que está bien —aunque lo haga la IA— y mejor lo que ella no hace o hace mal. Y, cuando nos equivoquemos —que lo haremos—, practicar el kintsugi en vez del harakiri.
(artículo completo en el trujamán)
Un español con un paraguas. En busca de la resonancia perfecta
Por José Francisco Fernández
24/06/2026
