Viernes, 17 de abril de 2026.
Tamara Tenenbaum, Un millón de cuartos propios. Paidós: 2025, 256 páginas
Itziar Hernández Rodilla
No soy crítica literaria ni reseñista, y tampoco sé si me han pedido esta reseña en calidad de traductora en general, traductora de Virginia Woolf, traductora también de Un cuarto propio (autobombo: Akal, 2022), experta (digamos) en Virginia Woolf o alma cándida a la que le cuesta decir que no.
Siendo así, me voy a tomar la libertad de empezarla por donde me apetece, que es por la comida. Aclararé, para que no me tomen por loca, que el ensayo de Tenenbaum o de Tamara, si seguimos su propia opinión sobre cómo nombrar a las escritoras, se articula en seis capítulos titulados: Sobre la autoridad de la primera persona, Sobre el dinero, Sobre la comida, Sobre el trabajo, Sobre el resentimiento y Sobre la nostalgia y la tradición. Así pues, liberada por la ignorancia de someterme a las leyes de la crítica, he decidido empezar por el mero centro.
Y esto por dos razones. La primera: nada más terminar de leer el capítulo, me puse a rebozar merluza para la cena, y tengo que decir que fue la merluza rebozada más filosófica de mi vida. La otra: no pude evitar, durante la lectura de esa escasa treintena de páginas dedicadas a las labores reproductivas desde el punto de vista de la literatura y otras consideraciones feministas y sociológicas al respecto, recordar las épocas de la lista de distribución de ACE Traductores en las que sus miembros, con una clara mayoría femenina en general y en la participación en las conversaciones a las que me refiero, contaban la comida que estaban haciendo mientras le daban a la tecla (muchas traduciendo grandes obras de la literatura) e intercambiaban recetas como alivio a la labor productiva, por creativa que fuese. Soy mayor y, aunque me han criado las feministas de la segunda ola del feminismo (de estas olas se habla también en el capítulo), la mía es la tercera y estoy entre esas mujeres para las que cocinar ya no era algo obligado, pero tampoco elegido, sino una contradicción más del hecho de conciliar vida laboral y doméstica. ¿Tiene esto que ver con el Cuarto propio de Virginia y el Millón de cuartos propios de Tamara? Desde luego, porque demuestra cómo la autora argentina ha conseguido su propósito de trasladar las reflexiones de la británica a la época que le ha tocado vivir. La comida, la cocina, siempre ha tenido importancia para las feministas, y nuestra tarea ahora es integrar las reflexiones anteriores sobre el privilegio de renunciar a las tareas domésticas o elegirlas en nuestra compleja realidad. En el caso de la mayoría de las traductoras, además, autónoma y precaria.
Pero volvamos al clásico orden de la reseña académica y miremos al primero de los seis capítulos que propone la autora: «Sobre la autoridad de la primera persona». En estas páginas, Tenenbaum habla del privilegio desde el que Woolf habló en 1928 a las mujeres y traslada ese privilegio a la actualidad. Nos plantea si una mujer blanca, occidental, con cierto grado de bienestar puede hablar de feminismo en la actualidad. Si es posible que su experiencia hable de algo que va mucho más allá que ella misma. Y, bueno, acaba concluyendo que sí, siempre y cuando lo haga con ligereza y sentido del humor, que todo se puede hacer si una lo hace sin odio y con respeto, con modestia y liviandad, con valentía y elegancia, pero jugando y sin superioridad moral, esa droga tan poderosa y tan actual. Tal vez va en contra de lo que nos predican las redes, cierto, pero es la imaginación humana la que nos permite, en cierto sentido, ser capaces de empatizar. Y eso es lo que intenta Virginia, lo que intenta Tamara, en su ensayo. Y es una suerte que las mujeres menos privilegiadas nos cuenten sus experiencias, por supuesto. Pero también que alguien crea en la magia de la literatura para viajar más allá de su clase, y de su raza, y también más allá de su tiempo, porque es un espacio ideal para habitar lo ajeno y lo incómodo, el lugar para ampliar la imaginación política.
El siguiente capítulo trata «Sobre el dinero». Un tema central, por supuesto, en el ensayo de Woolf, que resumimos siempre diciendo que, para poder escribir, una mujer requiere de un cuarto propio y quinientas libras al año. Tenenbaum habla aquí del materialismo marxista de Woolf. Opina que la autora británica hace una crítica directa a la futilidad de la democracia en el contexto del capitalismo, lo poco que puede hacer el voto contra la desigualdad económica. Y, según escribo esto, no puedo evitar pensar en lo bien que ha envejecido el ensayo de 1928 y lo triste que eso es. Pero también lo moderno que resulta que Woolf identifique el feminismo con lo colectivo, con los logros que llegan a todas; los éxitos individuales son feministas solo cuando abren puertas para otras, cuando crean tradición. Y una vez más pienso en ACE Traductores y en lo importantes que son los éxitos individuales cuando abren puertas. Sobre todo, en medio de esta precariedad de la vida cotidiana que nos desgasta. Y qué suerte tenernos las unas a las otras. Qué suerte ser capaces de entender, como en el capítulo anterior, que las diferencias de nuestras actividades ajenas a la traducción no nos separan, sino que nos hacen más fuertes. Porque todas estamos en el dinero y en los mundos en los que circulan otros valores que no son los económicos, y tramitamos la neurosis en la acción y no en la parálisis. Qué suerte tenemos de tener esta asociación. De ser activistas.
Pero continuemos con el libro, que yo me pierdo muy rápido. Ya he hablado «Sobre la comida». Así que pasaré a hablar «Sobre el trabajo». En este sentido, Tamara centra su reflexión en la precariedad, como no podía ser de otra manera en nuestro mundo actual, en el que la gran novedad no es que esta exista, sino que se ha democratizado. Ya no sirven los títulos, el nivel de cualificación es cada vez más irrelevante y todo es demasiado impersonal e inestable en el mundo laboral como para que nadie se sienta parte de un proyecto colectivo. Aunque es cierto que algunas condiciones laborales han mejorado en las últimas décadas, algunas de las ventajas que la gente encontraba en otra época en el trabajo (el reconocimiento, el sentido de pertenencia, cierta autonomía y sentido del propósito, la conciencia de lo colectivo) están cada vez menos asociados a él. Vivimos también en el desconcierto absoluto de un mundo en el que nos dicen que la tecnología va a remplazar nuestros trabajos, al tiempo que cada semana parecemos destinar más horas del día a trabajar. Y, al mismo tiempo, el placer parece cada vez más asociado a la capacidad de consumir. El trabajo es, así, solo un medio para conseguir dinero; la idea de que participar en la construcción de algo más grande que uno mismo o proveer un servicio que alguien pueda valorar con fines valiosos ha quedado como una antigüedad de museo. ¡Qué tristeza! ¡Qué burn out! ¡Qué depresión! Pero, nos recuerda Tamara, el discurso feminista de Virginia tiene mucho que decirnos sobre el trabajo en este momento específico de desilusión y desencanto: las mujeres, las feministas, entendemos lo duro que es trabajar, pero entendemos también lo liberador que es. Tenemos un acceso privilegiado a esa ambivalencia que se resume en «el trabajo dignifica». Nosotras, las traductoras, sabemos también que nuestro trabajo deja algo en el mundo, en las vidas de otras personas. Hay, dice Tamara ahora, algo hermoso en sentirse valorada por un desconocido (el editor, el cliente), que nos busca porque sabe que podemos hacer bien cierta tarea y no porque que nos quiere. Y termina el capítulo invitándonos a soñar trabajos mejores y actuar en consecuencia, pensando y luchando para trabajar en condiciones dignas, que todavía son posibles y deberían de ser cada vez más posibles, y no menos, en un mundo que progresa tecnológicamente a pasos agigantados; porque, si las máquinas van a remplazarnos, deberían permitirnos trabajar menos horas y librarnos de lo burocrático y administrativo, para que podamos concentrarnos en lo importante, en lugar de arruinarnos la vida. Si eso no sucede, nos recuerda Tamara, será por culpa de nuestras realidades sociopolíticas, y sobre ellas deberíamos intentar tener algún grado mínimo de influencia. Y en eso estamos aquí, en nuestra querida asociación, menos mal.
El quinto capítulo habla «Sobre el resentimiento». Más allá del resentimiento del que habla Woolf, en la última década los resentidos no dirigen su resentimiento contra los opresores, sino contra los inmigrantes, los pobres, las mujeres, la diversidad sexual y las minorías en general. No es una cuestión concreta, sino simbólica: hay una satisfacción que deriva de sentirse superior porque hay alguien que es inferior a uno. Como dice Virginia, pensar demasiado en las diferencias lleva a la mala política y la mala literatura. En general, el resentimiento no se correlaciona ni con la sensibilidad social ni con el conocimiento de primera mano de la injusticia, dice Tamara, sino con la propensión psicológica y social a medir y medirse constantemente, a cuantificar y convertir todas las áreas de la experiencia vital en una competencia. Las personas que tienen este hábito, además, no suelen resentir a los sujetos que más lejos tienen, sino, sobre todo, a los que se encuentran más cerca; eso que Freud llamó «el narcisismo de las pequeñas diferencias». Y, en este sentido, de nuevo, la construcción de un nosotros asociado, de un nosotros cada vez más amplio, y confiar en la capacidad de las personas de entender y vincularse con gente distinta, pueden parecer ambicioso, romántico y ridículo. Pero, en realidad, es como ha funcionado siempre la historia de la cultura y la de la política. Y es algo que esta asociación ya ha demostrado.
El último capítulo de Tenenbaum es «Sobre la nostalgia y la tradición». En este sentido, nos alerta contra la algoritmización del contenido, el fenómeno de que todo el contenido que se nos ofrece está basado en nuestras preferencias previas, es decir, en obras y textos que ya conocemos bien. Pero nos recuerda la necesidad de apoyarse en una tradición que permita ir hacia atrás y a la vez hacia delante: «Caminamos a hombros de los gigantes que nos precedieron». La tradición implica un rescate y una conexión con el pasado, pero como una suerte de deuda que se hereda con el impulso de hacer algo con ella, algo distinto y mejor. Creo que, en esencia, todo en este ensayo de Tenenbaum me recuerda a ti, ACE Traductores querida. Pero, bueno, no podía ser de otra forma hablando de trabajo, dinero, precariedad, tradición… ¿Y traducción? ¿Habla Tamara Tenenbaum de traducción en algún momento?
Sí, hay una introducción en la que explica que este libro suyo parte del diario de traducción que siempre lleva del libro con el que está trabajando. En ese «cuaderno» toma notas «sobre el libro y su lenguaje: los conceptos más importantes y opciones para traducirlos, más la pregunta de si es importante conceptualmente traducirlos siempre igual […] o si el libro permite al menos dos o tres acepciones sin que el lector en español se pierda algo filosóficamente importante; giros lingüísticos o frases que el autor o la autora tiende a utilizar y distintas posibilidades para traducirlos que se lean bien en nuestro idioma y, al mismo tiempo, conserven algo de la voz y la inflexión del original; y, finalmente, reflexiones, inquietudes, cosas que el libro me hace pensar y que quizás conecten con otras que estoy haciendo o escribiendo, con mi presente o con mi vida». Más allá de que, a lo largo del libro, comenta cómo ha traducido alguna que otra palabra y la razón para haberlo hecho, no habla mucho de traducción, la verdad. Y, en cambio, para el ojo avisado, no deja de hacerlo en ningún momento. Porque quien se ha enfrentado a un texto para traducirlo nota, en ese entramado que va creando entre el texto original de Woolf del que parte y el texto propio al que llega, la lectura más atenta que nadie pueda hacer de la palabra. La de quien está sopesándola, dándole vueltas, comparándola con su bagaje y su tradición, para integrarla en ella con el peso que menos traicione su origen. Tenenbaum es traductora. Y traduce en este ensayo también la sociedad contemporánea para ayudarnos a mirarla con un poco de optimismo y más capacidad humana.
Y, por si alguien está interesado en qué piensa Tamara Tenenbaum que es la traducción (esa pregunta que tantas y tantas veces nos hemos hecho y contestado), no extrañará a nadie que su respuesta sea: «es como hacer largos en una pileta o tocar una partitura que ya está escrita». Y, sí, no debe de ser casual que haya tantas de nosotras que practicamos la natación.
Itziar Hernández Rodilla es licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Salamanca y doctora en Traducción por la misma universidad con una tesis-traducción de una obra del autor-traductor Erich Fried. Comenzó a traducir profesionalmente al terminar la carrera en 2001 y lleva haciéndolo desde entonces. A ACE Traductores pertenece desde que era estudiante. Traduce al español desde el inglés, el alemán y el italiano. Ganó el Premio de Traducción Andreu Febrer de la Universidad de Vic en 2000, en 2012 una traducción suya de Los dos gemelos venecianos (Goldoni) fue finalista del Premio Max Revelación y en 2016 fue finalista del Premio de Traducción Esther Benítez con la traducción de Los novios (Manzoni). Akal publicó su traducción de Orlando en octubre de 2018 y le encargó a continuación la de Al Faro.


