Roser Berdagué, la pescadora de traducciones, Patricia Antón

Lunes, 30 de marzo de 2026.

En esto de la traducción literaria, sin duda todos tenemos nuestros referentes, figuras sobresalientes a quienes admiramos y respetamos profundamente, ya sea por su erudición y su formación académica, por el rigor con el que han traducido a los grandes de la literatura o porque son capaces de verter todo ese bagaje y esa experiencia en sus clases en facultades e institutos para transmitirlos a las nuevas generaciones. Por mi parte, hay muchas colegas (sí, son en su mayoría mujeres; es una cuestión numérica, somos muchas más en el colectivo) que encajarían en esa categoría de referentes; pero no voy a citarlas aquí, pese a las muchas ocasiones en las que me han inspirado y ayudado, porque este texto pretende ser un pequeño homenaje a una persona en concreto, una traductora que ha sido, sin saberlo, mi faro en la noche durante más de treinta años.

Fotografías de Patricia Antón

Mi modelo en esto de traducir libros es pues de otra índole, porque una servidora es otra clase de traductora, digamos: una que no cuenta con otra fuente de ingresos para complementar lo que saca traduciendo libros, una circunstancia que tiene sus luces y sus sombras. Las luces serían la flexibilidad de horarios y agendas, la libertad de trabajar en cualquier parte (en «despachos nómadas», que en mi caso se vuelven más recónditos y bonitos con el paso de los años), la posibilidad de dedicar más tiempo a tus hijos, si los tienes, o de cuidar a tus mayores; las sombras, las noches y los fines de semana invertidos en la sísifea tarea de rascar un salario mínimamente digno con unas tarifas siempre congeladas (o incluso a la baja), y quizá la soledad (aunque con el tiempo eso me viene pareciendo menos sombra y más luz).

El modelo, ese faro en la noche, para mí ha sido siempre Roser Berdagué, una profesional con la que me parece que tengo muchas cosas en común y con la que me gustaría compararme en cierto modo, salvando las distancias, porque ella en realidad siempre me superó en todo. Para empezar, manejaba más idiomas que yo, tenía un hijo más y tradujo muchos más libros (por mucho que viva nunca podré igualar esa cifra); además, era más ordenada y metódica y diría que se le daba mejor que a mí conciliar la vida doméstica con la laboral. Pero Roser (como una servidora, me gusta creer) servía para un roto y un descosido y ponía mucha pasión en su trabajo, y no solo en los libros de gran calidad literaria (de nuevo me lleva ahí la delantera) sino en otros más «alimenticios», digamos: para ella no había libros menores, sin duda; tradujo de todo y en cada libro, sin excepción, puso todo el tesón y todo su ingente saber. Era una profesional de tomo y lomo y una artesana que además disfrutaba muchísimo de este precioso oficio nuestro.

Curiosamente, toda mi admiración por Roser tiene su origen en una imagen, una fotografía de la que me habló hace muchos años su hija Mónica Martín, agente literaria y traductora en sus inicios. Mónica y yo somos vecinas, vivimos frente a frente y, en uno de nuestros encuentros fortuitos paseando a los perros, me comentó que ella y sus hermanos, un tiempo atrás, le habían hecho una foto a su madre con todos los libros que llevaba traducidos hasta entonces formando grandes montones a su lado, como si de peces cobrados del mar se tratara y ella fuera una pescadora que exhibiera con orgullo las grandes piezas que había traído a la orilla en su barca. Nunca llegué a ver esa foto, que de hecho creo recordar que se había perdido, pero la imagen me quedó grabada a fuego en el pensamiento y en el alma, y le di tantas vueltas que llegó a cobrar una forma particular en mi cabeza, con Roser ahí plantada en el centro, orgullosa pero un poco tímida y sin saber muy bien dónde meterse, con aquellas enormes piezas pescadas alrededor, aquellos siluros hechos de libros que llevaban entre sus páginas un trocito de su ser. Me pareció y me sigue pareciendo una imagen preciosa, y de hecho se ha convertido para mí en incorpóreo emblema de este oficio, de esta labor artística a la que Roser dedicó su vida y que yo y tantos otros acometemos a diario. Para mí lo simboliza todo: las horas de arduo faenar, la lucha por el plato de lentejas en la mesa y por vivir dignamente, pero a la vez la belleza de navegar en aguas unas veces en calma y otras embravecidas, de surcar los mares del saber y la literatura para llevar sus frutos a tierra y verterlos, casi como ofrendas, en las páginas de los libros que pasan por nuestro teclado y nuestro corazón.

Nunca llegué a conocer íntimamente a Roser, aunque sí tuve ocasión de detectar una mutua afinidad en las ocasiones en que coincidimos. Recuerdo conversaciones en algún que otro acto de ACE Traductores, en algunas jornadas de Tarazona de aquellas tan magníficas y enriquecedoras de mis inicios. Era reservada como yo, también necesitaba el mar como el aire que respiraba y le gustaban los perros, y me ilusiona creer que el placer que extraía de desgranar historias en otras lenguas para darles forma de nuevo en la nuestra era comparable al que siento yo.

Cuando se retiró por problemas oculares, ya bastante mayor y a regañadientes, tuve la suerte de poder contribuir, como parte de la junta de ACE Traductores de entonces, a organizar un acto en su honor en Barcelona, que más que un homenaje fue una demostración de cariño y admiración de los colegas, y que contó con la preciosa presentación de Maite Gallego Urrutia y la bonita e íntima entrevista que le hizo a Roser su hija Mónica.

En 2009, a Roser le concedieron el Premio Nacional por el conjunto de su obra, que abarca más de 350 libros traducidos del inglés, el francés y el italiano al castellano y el catalán. Siempre defensora del colectivo, aprovechó para declarar en la breve nota que apareció en los diarios que el nivel de la traducción había subido en España en los últimos diez años, pero que en ese mismo periodo las condiciones laborales de los traductores no habían parado de empeorar. En una de esas carambolas felices que la vida nos regala a veces, viajé a Bilbao con motivo de la entrega del Premio Nacional de Periodismo Cultural 2009 a mi hermano Jacinto Antón: quiso la suerte que coincidiera allí con Roser, que había acudido a recibir su propio premio en compañía de su marido Leonardo, y tuve ocasión de abrazarla y felicitarla y de charlar y reírme con ella en el aperitivo, en un ambiente distendido en el que los reyes, entonces príncipes y supongo que más relajados, se mezclaron entre cervezas y canapés con los mortales asistentes. Atesoro aquel momento por varias cosas, y el abrazo con Roser es una de ellas.

Roser nos dejó hace ahora un año, el 1 de abril de 2025, tras una vida larga y fructífera. Deja un legado impresionante a sus espaldas, y quizá consuela un poco pensar que se ahorró los extraños nubarrones que se ciernen actualmente sobre la traducción literaria.

Gracias por seguir siempre ahí, Roser, derramando tu luz sobre esas aguas insondables de este mar azul que compartimos.

 

 

Patricia Antón de Vez se dedica en exclusiva a la traducción literaria desde hace treinta años. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, traduce narrativa, ensayo, literatura infantil y juvenil y artículos para prensa. En 2023 recibió una beca de la Unión Europea y el Goethe Institut para revisar su traducción de una obra de Charmian Clift en la isla griega donde se escribió. Ha traducido también a Mark Haddon, Joyce Carol Oates, John Cheever, Louise Penny, Khaled Hosseini, Abdulrazak Gurnah, Kate Atkinson, Claire Messud, Nancy y Jessica Mitford, Katherine Mansfield, Patrick O’Brian, Chris Stewart, Stephen King, Janet Frame o James Hilton, entre otros.

www.patriciaanton.es

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