Del amigo el consejo: Amaya García Gallego

Lunes, 16 de marzo de 2026.

Amaya García Gallego (Madrid, 1969) empezó a traducir en 1994, después de cursar estudios primarios y secundarios en centros franceses de Madrid, licenciarse en Geografía e Historia y titularse en Documentación y Biblioteconomía. Compagina las traducciones en solitario con las cotraducciones; alterna la traducción técnica con la editorial; ha trabajado como asalariada y como autónoma. En los últimos años se ha dedicado casi en exclusiva a traducir al castellano narrativa francófona de autores de los siglos XVIII al XXI, pero también otros géneros, como literatura epistolar o letras de canciones. Es presidenta de ACE Traductores.

Un libro sobre traducción

Desde que oí a José Luis López Muñoz definirse como «traductor de cuchara», me siento muy identificada con esa expresión. En mi caso significa que soy bastante analfabeta en traductología y otros aspectos teóricos de la traducción, pues aprendí a traducir primero mirando desde la barrera y luego tirándome al ruedo, sin pasar por ninguna formación académica. Durante mucho tiempo, mis lecturas teóricas sobre traducción se limitaron a VASOS COMUNICANTES, El Trujamán y otras publicaciones especializadas, en castellano y en francés. Hasta que descubrí a Barbara Cassin, que fue un auténtico flechazo. Desde entonces, voy leyéndola poco a poco (también en entrevistas, artículos, etc.). Uno de los libros que tengo ahora mismo en la cabecera, por ejemplo, es su Éloge de la traduction.

Una traducción favorita

Como lectora, me gustan las traducciones en las que acabo amalgamando al traductor y al autor (igual que, sin poderlo evitar, hay veces en que fusiono a un personaje de cine con el actor que lo encarna magistralmente), hasta el punto de preguntarme si, de haber sido capaz de leer el texto en su idioma original, me habría gustado tanto como la traducción (me pasa también con la versión doblada de algunas películas y series). Y eso sucede cuando el escritor y el traductor son igualmente deslumbrantes. Tal es el caso, siguiendo el orden cronológico en el que los leí, de los libros de Gerald Durrell en versión castellana de María Luisa Balseiro, los de Italo Calvino en la de Esther Benítez o los de José Saramago en la de Basilio Losada.

Un diccionario

Este epígrafe me resulta tan injusto y cruel como si me preguntaran «¿A cuál de tus hijos prefieres?». De hecho, no es casualidad que, en mi escritorio, los diccionarios estén colocados justo encima de las fotos de mis retoños (excepto los de mayor uso, que tengo en un carrito con ruedas, siempre al alcance de la mano allá donde me ponga a trabajar). Si me he de morir amarrada al duro banco de una novela francesa, que lo último que vea sea a mis niños y mis diccionarios.

Para no repetir lo que ya han dicho otros colegas sobre los diccionarios imprescindibles en lengua castellana que utilizamos casi todos los traductores, me limitaré a expresar mi debilidad por los ideológicos (Julio Casares, Fernando Corripio) y mi agradecimiento a Julia Sevilla Muñoz y Jesús Cantera Ortiz de Urbina, cuyo Diccionario temático de locuciones francesas con su correspondencia española me ahorra mucho tiempo de búsqueda y me ofrece hilos muy interesantes de los que tirar (además, está organizado en forma de tesauro, que me encanta).

Me pasa lo mismo con los diccionarios de lengua francesa: no puedo elegir. Aunque hay uno sin el cual me habría quedado estancada con la terminología de uno de los libros más complicados que he traducido últimamente: Argoji: dictonnaire d’argot classique, en el que Charles Boutler ha juntado 15 diccionarios de argot y expresiones coloquiales francesas publicados entre 1827 y 1907. Tan vital me resultó que decidí adquirirlo también en papel por si dejaba de estar disponible en línea.

Y de propina, en relación con el aspecto más técnico de nuestro oficio, no quiero desaprovechar esta ocasión para recordar ese clásico lleno de información útil y enriquecedora que es el Diccionario de tipografía y del libro, de José Martínez de Sousa.

 

La búsqueda más rara que has hecho en tu vida

He perdido la cuenta de los temas extraños sobre los que he tenido que investigar: desde enfermedades del ganado ovino con terminología decimonónica hasta distintas denominaciones de los porros en la década de 1990 en función de su calibre y su composición, pasando por todo tipo de jergas profesionales, nombres de santos ignotos o apps de citas (he llegado a crearme perfiles falsos en ambos idiomas, para comparar).

Pero una de las búsquedas más surrealistas, nunca mejor dicho, fue para el catálogo de una exposición sobre Salvador Dalí que cotraduje con Alicia Martorell y María Teresa Gallego. Mencionaba de pasada un buffet de pan que, 40 años antes, Dalí le había encargado a un panadero parisino; como el término en francés podía designar varias cosas en castellano, buscamos imágenes, pero no encontramos nada (en 2013 no había tanta documentación en línea sobre este tema como ahora; por ejemplo, este vídeo que nos habría venido de perlas). Por suerte sabíamos el apellido del panadero, Poilâne, cuyo establecimiento seguía en activo: decidimos pedirle ayuda y nos respondió muy amablemente, confirmando la historia y enviando fotos que resolvieron nuestras dudas.

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