Lunes, 9 de marzo de 2026.
La novela múltiple de Adam Thirwell, traducción de Aleix Montoto Llagostera, Anagrama, 2014, 467 páginas
Marta Nogueira Blanco
Con La novela múltiple, Adam Thirwell nos hace partícipes de un proyecto personal que pretende demostrar que todas las novelas pueden trasladarse a cualquier idioma. Esta hipótesis, alentadora para el gremio de los traductores, se enfrenta a varios obstáculos. El primero y principal, que Thirwell nos presenta ya en el prólogo, es el de conciliar dos verdades aparentemente contradictorias. Por un lado, que una novela es una sucesión única de signos lingüísticos elaborada en un idioma único; por otro, que esta singularidad única es reproducible en cualquier otro idioma. Es decir, que los cambios necesarios para traducir una novela serán irrelevantes en cuanto a la calidad porque el valor esencial de la obra se mantendrá intacto.
El autor toma como punto de partida la teoría de Jakobson, según la cual por mucha relación que pueda establecerse entre forma y contenido estos jamás llegarán a ser equivalentes. Un signo no es igual a aquello que representa, sino solo una de las mil formas posibles de representarlo. Estas distintas formas de representar la misma realidad son las que Thirwell denomina «múltiplos». Las novelas tienen infinitos múltiplos o, lo que es lo mismo, son múltiples porque son composiciones complejas e intrincadas en las que intervienen conceptos como la percepción, el tiempo, la causalidad… El mismo relato será distinto en función de las palabras que lo compongan, por lo que hasta la menor de las reescrituras dará origen a una nueva proyección de la realidad. Sin embargo, lo que cambia son las proyecciones, no la realidad en sí misma. La realidad es universal, esencial y trascendente, igual que el estilo.
El estilo puede traspasarse de una lengua a otra precisamente porque va más allá de las palabras y figuras retóricas empleadas por un autor; es la expresión del yo, la manera particular en la que cada escritor es capaz de ver el mundo y no está vinculado ni a su idioma ni a su nacionalidad. En este sentido, Borges decía que la forma verbal de una obra es una mera aproximación a su alma y que cada borrador de dicha obra es una de las muchas aproximaciones posibles. Presuponer que toda combinación de elementos es obligatoriamente inferior a su original es presuponer que cada borrador es obligatoriamente inferior al anterior. Si pensamos de esta manera, juzgaremos las traducciones desde una perspectiva necesariamente negativa porque su combinación de elementos difiere de la de la aproximación original. Podríamos pensar entonces que las traducciones nos alejan de la realidad descrita por el autor cuando, no obstante, sucede justo lo contrario. Y es que ningún hecho aislado, por muy fielmente que se describa, puede reflejar la realidad. Es necesario contrastarlo y compararlo con otros hechos. La única forma de acceder a la realidad es la colaboración, la multitud de representaciones. Por lo tanto, cada nueva reescritura, cada traducción, revelará un nuevo fragmento de la realidad, en lugar de ocultarla.
La idea de lo intraducible nace del culto a los antiguos pilares de fidelidad y literalidad, que buscan que la traducción se ajuste perfectamente al original. Pero el estilo no puede trasladarse literalmente de un idioma a otro porque, como ya hemos dicho, no depende de las frases ni recursos lingüísticos que lo componen. No existe la traducción perfecta, al igual que tampoco existe el estilo absoluto. Eso sí, aunque sea con imperfecciones, todo es traducible. Paul Valéry defendía que la tarea del traductor consiste en reproducir la composición de los efectos tan fielmente como sea posible, cambiando la causa que genere dicho efecto (cambiando, por ejemplo, un texto en francés por un texto en español).
El segundo obstáculo para la tesis de la novela múltiple es precisamente este culto a la literalidad que desestima cualquier traducción que modifique la obra original. Thirwell trata de rebatir el rechazo al cambio y el miedo a la reescritura, pues considera que ambos constituyen aportaciones positivas para la literatura. Los franceses de la época de la Revolución tradujeron a su lengua y a su tiempo los conceptos y autores de la Antigua Roma. Los romanos, a su vez, asumieron como propia la cultura de la Grecia clásica y, olvidando cualquier afán de fidelidad o sentido histórico, se aseguraron de adaptarla a su propia sociedad. Para ello, eliminaron o tradujeron cualquier referencia específica que vinculase las obras a una localización o siglo concreto (como nombres de personas, de lugares, etc.) y se quedaron solo con lo esencial. Con este ejemplo el autor nos recuerda que antiguamente traducir era sinónimo de conquistar. Conquistar la sabiduría descubierta por civilizaciones pasadas y adaptarla a la propia se consideraba algo positivo y no acarreaba ningún sentimiento de culpa, ya que, como el propio Thirwell explica, reemplazar el viejo presente por el nuevo presente es lo que permite que el viejo permanezca vivo. La reescritura hace que la tradición literaria avance en lugar de mantenerse estática. Cada reescritura le confiere a una obra un nuevo valor. El crítico literario Jan Mukařovský decía que una obra tiene un valor positivo si en algún aspecto reagrupa la estructura del período precedente y que, por el contrario, tiene un valor negativo si se limita a adoptar dicha estructura sin modificarla.
Llegados a este punto nos topamos con el tercer obstáculo: el dilema de la propiedad literaria. Y es que todos los problemas de traducción son a la vez estéticos y éticos. Si admitimos la posibilidad de realizar infinitas reescrituras a partir de un original, ¿a quién pertenecerá realmente la obra final? Thriwell ofrece una respuesta clara: el concepto de la autoría individual no es más que una ilusión. Todo escritor configura su estilo a partir del de otros escritores, anteriores o coetáneos, bien asumiéndolo o bien rechazándolo. Por lo tanto, todo es, en parte, una reescritura y la idea de la originalidad pura es una ficción. El hecho de que un autor pueda verse tan reflejado en el estilo de otro como para incorporarlo como propio demuestra la idea inicial de Thirwell, contradictoria pero verdadera: que todos experimentamos la misma realidad y que esta es, por consiguiente, única, pero que cada uno la proyecta de una forma única e irrepetible, por lo que sus múltiplos son infinitos. Borges argumentaba que un escritor ruso, brasileño o español no actuaba en calidad de escritor ruso, brasileño o español, sino simplemente de escritor. En la misma línea, Nabokov afirmaba que la nacionalidad de un escritor debe tener siempre una importancia secundaria. Su identidad debe ser inmediatamente reconocible por su diseño especial o coloración única, pero su hábitat, si bien puede confirmar lo acertado de nuestras suposiciones, nunca debe conducir a estas.
Según este paradigma, toda novela es internacional porque la historia de un lugar, de un momento o de una persona es, en realidad, la de muchos otros.

Marta Nogueira Blanco (Vigo, Pontevedra) es licenciada en Traducción e Interpretación y Comunicación Global por la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid, con inglés y francés como principales lenguas de trabajo. Ávida lectora y apasionada de la literatura y la lingüística desde la infancia, actualmente es presocia de ACE Traductores y profundiza en sus estudios de lengua y cultura árabe al tiempo que trabaja en propuestas de traducción editorial.


