Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio, de Amelia Pérez de Villar

 Viernes, 6 de marzo de 2026.

Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio, de Amelia Pérez de Villar, Editorial Fórcola, colección Singladuras, 2019, 208 páginas

 Cristina Martínez Alirangues

Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio (Fórcola, 2019), de Amelia Pérez de Villar, recuerda a aquello de «hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno» que escribió Terencio en la comedia Heautontimorumenos (título que curiosamente puede traducirse como «el enemigo de sí mismo»), solo que cambiando «hombre» por «traductora». Es un librito (por formato, no por contenidos) que se antoja como el diario de una traductora, no como uno de otros tantos títulos sobre la traducción que están escritos desde un punto de vista teórico y académico. Declara la autora que no va a congresos, ni da conferencias, ni clases, ni talleres, ni conoce la «egregia ciencia de la Traducción» (p. 179) tal como se aprende ahora en las facultades. Bien defiende a lo largo de los textos que componen Los enemigos del traductor (algunos ya publicados y otro inéditos) que «una carrera de cuatro años no forma a un traductor literario» (p. 189), sino el ejercicio profesional, tema transversal de todos los capítulos del libro, así como la importancia de asociarse para paliar la soledad del traductor. No en vano, el libro está dedicado a la memoria de Esther Benítez, cofundadora y presidenta de ACE Traductores, a quien Amelia conoció por televisión de adolescente, cuando ya aspiraba a ser traductora (p. 13).

Amelia escribe partiendo de su valiosa experiencia de décadas como traductora profesional. En el momento en que se publicó Los enemigos del traductor, hacía veinte años que había publicado su primer libro traducido y llevaba años perteneciendo a ACE Traductores (p. 13). Cuenta cómo encontró a un «maestro» (p. 69) en la editorial en la que trabajaba mientras cursaba Filología inglesa, que le dio su primer encargo de traducción y le enseñó a dudar siempre (p. 68). Lo cita con nombre y apellidos, igual que a numerosos colegas, editores, editoriales, manos amigas y a toda persona que haya intervenido en lo positivo en su carrera. En su afán por citar siempre (y ser citada), Amelia puso en marcha en 2016 la campaña «@acredítAME, cita al traductor», que se difundió por redes sociales con la ayuda de ACEtt y CEDRO, para que se cite siempre al traductor en las críticas y las reseñas publicadas en prensa (pp. 31, 172-173). Esta campaña, que reivindica que siempre hay espacio para citar al traductor y que debe hacerse no solo por rigor bibliográfico, sino también para dar a conocer la labor de sus traducciones (porque así es como podrá recibir más encargos), busca combatir uno de los tantos enemigos de la traducción: la invisibilidad.

De manera paralela a como hace William Blades en Los enemigos de los libros (Fórcola, 2016, traducción de Amelia Pérez de Villar), la autora enumera los enemigos del traductor, e igual que Blades, concluye que el «peor enemigo del traductor es él mismo» (p. 161). Pone como ejemplo a aquellos colegas que cuestionaron «la conveniencia de la visibilidad del traductor cuando este tiene problemas mucho más graves» (p. 177) tras el lanzamiento de la campaña «@acredítAME», a la vez que reconoce los muchos logros que el asociacionismo ha conseguido en materia de defensa de los derechos de autor. En más de un capítulo, Amelia nos recuerda que, en virtud de la Ley de Propiedad Intelectual, los traductores somos autores de nuestra obra, y que, aunque desempeñemos un trabajo creativo, debemos esperar reconocimiento y una justa retribución por nuestra labor. Tampoco se olvida de la carga impositiva que recae sobre los trabajadores autónomos, ni de que, en la mayoría de los casos, es imposible ejercer como traductor literario sin apoyo económico externo o sin dedicarse a otra actividad, no ya dentro del sector de la traducción, como podría ser la traducción técnica, sino fuera de esta. Mas no por ser víctima de la precariedad de la profesión y presa de la necesidad de conseguir un salario se es menos traductor, pues, como afirma Amelia, «quien una vez fue traductor, quien lo es de verdad y por dentro, lo es siempre, aunque no pueda seguir viviendo de su trabajo» (p. 183).

En suma, Los enemigos del traductor es más que un libro sobre traducción: es un libro sobre traductores. Habla de lo que hablamos los traductores entre nosotros: cómo es recibir el primer encargo, qué supone que tarden en llegar otros nuevos, qué se siente al verse frente a la tarea de retraducir un clásico, qué dicen los demás de nosotros y qué nos decimos o no deberíamos decirnos entre nosotros. Es una lectura recomendable en la que es difícil no reconocer algún nombre, alguna editorial, algún título que conozcamos o queramos conocer, y en la que damos la razón a la autora cuando nombra las múltiples desventajas de dedicarse a esto, así como cuando escribe que «traducir es una actividad maravillosa» (p. 183).

 

Cristina Martínez Alirangues es graduada en Traducción e Interpretación. Ha cursado un máster en Traducción para el Mundo Editorial y otro en Tradumática. Es miembro de la presección de ACE Traductores desde sus años de estudiante en el grado y tiene vocación de doctoranda. Está dando sus primeros pasos como traductora autónoma, al tiempo que trabaja en propuestas de traducción.

 

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