El romanticismo de la IA, Puerto Barruetabeña

Viernes, 20 de febrero de 2026.

Santiago Rusiñol, La novela romántica, 1894

Estimados lectores, ¿se les ocurriría pedirle a cualquier herramienta de inteligencia artificial que les escribiera una carta de amor para su persona favorita, en la que describiera ese momento íntimo que compartieron, aquella noche de pasión inolvidable o lo que sienten cada vez que la ven, la tocan o piensan en ella? ¿Creen que el resultado sería tan satisfactorio que, solo con unos pequeños retoques, se la podrían enviar directamente a esa persona especial y quedaría encantada?

Espero que hayan respondido que no a estas preguntas. Es bien sabido que las máquinas, por naturaleza, no se llevan excesivamente bien con los sentimientos, así que cualquier texto escrito por ellas, aunque pueda parecer a primera vista correcto, o incluso hasta cierto punto romántico, no tendría la profundidad, la emoción y el alma que hace falta para hacerle llegar un mensaje lleno de ternura a la persona amada.

Una vez establecido esto, a mí me surgen más preguntas. Si en vez de un mensaje de amor personal, habláramos de una novela romántica, ¿les parece que le podríamos encargar su traducción a dicha herramienta y que, tras hacerle unos mínimos cambios, estaría en condiciones de pasar a manos de los lectores? Hablamos, al fin y al cabo, de un género en el que los argumentos están bastante estandarizados, las historias no se complican demasiado y resulta fácil de leer; seguro que una máquina puede traducir eso y presentar un resultado aceptable, pensarán.

No sorprenderá a nadie a estas alturas saber que a algunos responsables editoriales ya se les ha ocurrido tal idea. Han llegado a la conclusión de que ese proceso es perfectamente factible y les permitirá producir en serie, como verdaderos churros, novelas de este género a mayor velocidad, con mínimo coste y máximo beneficio. Un negocio redondo.

En Francia, el sello Harlequin, perteneciente al grupo editorial internacional HarperCollins Publishers, ha anunciado este enero su decisión de prescindir de la traducción hecha por profesionales, para pasar a automatizar y externalizar el servicio; a partir de ahora, se ocupará de las traducciones una agencia, ajena a la editorial, y el sistema consistirá en partir de una traducción inicial, realizada con herramientas de inteligencia artificial, que después pasará por una revisión.

La editorial, que reconoce «la creciente dificultad que enfrentan algunas colecciones consolidadas para mantener sus volúmenes de ventas en el mercado francés» y que «las ventas de nuestras colecciones de Harlequin han ido disminuyendo en el mercado francés durante los últimos años», pretende con esta estrategia ahorrar costes (quienes revisen lo que ha producido la máquina cobrarán una tarifa infinitamente menor que la ya reducida que se pagaba por las traducciones hasta el momento) y acelerar su ritmo de producción. Sobre la calidad de esas traducciones automatizadas no comentan nada en sus comunicados de prensa. Tampoco hablan de los derechos de autor, ni de si se ha informado a sus autores y se les ha pedido el debido permiso para introducir sus obras en esas herramientas de IA y traducirlas de esta forma. A la editorial esos les deben de parecer detalles sin importancia ante la cantidad de euros que van a ahorrar, intuyo.

Casualmente, a principios de 2025, HarperCollins Ibérica, la filial española del grupo, probó a comercializar varias traducciones al español hechas con IA, algo de lo que el CEO de la editorial se vanagloriaba en la prensa.[1] Y se les ocurrió empezar por traducir con esa tecnología novelas románticas. Pocos meses después, y tras una respuesta negativa por parte de lectores, booktubers, bookstagrammers, booktokers, y de la propia autora de uno de los títulos traducidos con IA,[2] la editorial se ha visto obligada a volver a encargar sus traducciones a profesionales, como evidencia su catálogo (e incluso a retraducir los libros anteriormente traducidos con IA y publicar nuevas ediciones con una traducción tradicional).[3]

Un mínimo análisis superficial de estos casos revela problemas editoriales que no tienen que ver con los costes de traducción. Pero hay voces en la industria editorial que siguen empeñándose en que una máquina sustituya a los profesionales.

El de HarperCollins no es el primer intento, ni tampoco será el último, de aplicar las herramientas de IA a la traducción de libros. Hasta el momento, todos han salido mal. Ninguna de las empresas que han abrazado este sistema ha comunicado públicamente la cantidad de dinero que ha perdido al intentar implementar este nuevo modelo de negocio (porque las herramientas de IA que han estado utilizando no son gratis, que nadie se engañe), cuántos libros han tenido unas ventas decepcionantes por culpa de su traducción deficiente, ni cuántas quejas han recibido.

Esa falta de reconocimiento público de los diferentes fiascos fruto de la IA hace que otros responsables editoriales sigan repitiendo, una y otra vez, el mismo error de pensar que los traductores son unos eslabones de la cadena editorial molestos y prescindibles y que solo les suponen una pérdida de dinero para sus empresas. Sus colegas les venden la panacea que supone eliminar la traducción de la cuenta de gastos y ellos se lanzan de cabeza a esa piscina sin agua. Todos anuncian a los cuatro vientos las bondades de la traducción hecha con estas herramientas y lo innovadores que están siendo al implantarlas. Pero no utilizan esas mismas tribunas públicas para informar de que las cosas no han salido como preveían, y que se han visto obligados a admitir que las traducciones producidas por inteligencias humanas son mucho mejores que cualquier resultado ofrecido por las virtuales (oh, sorpresa). Cuando se encuentran de nuevo en el punto de partida, su estrategia es volver discretamente a confiar en los profesionales a los que nunca tuvieron que dejar en la estacada, tras darse cuenta de lo imprescindible de su labor, pero sin reconocer en ningún momento su error ni recompensar debidamente a esos traductores.

Ante esto, en mi mente se siguen acumulando preguntas que estos revolucionarios ejecutivos no parecen haberse planteado en ningún momento: ¿el hecho de que sus libros no hayan logrado mantener sus volúmenes de ventas tiene algo que ver con la traducción? ¿O más bien hay fallos en la estrategia de la editorial, en su elección de títulos, en su forma de comercializar los libros o en su modelo de negocio, que busca ofrecer a «los lectores la mayor cantidad posible de publicaciones al precio de venta actual, muy bajo»?[4] ¿Por qué entonces abordar esa situación reduciendo costes en la traducción, que no es el origen del problema? ¿Por qué cargar sobre los hombros de sus colaboradores, externos para más inri, los fallos de la empresa? ¿Por qué no invertir recursos en ofrecer a los lectores algo mejor, en vez de algo más barato? ¿Creen que sus clientes van a comprar masivamente un producto hecho en serie y con el mínimo esfuerzo, cuando antes ya habían dejado de adquirir unos libros más cuidados? ¿Presuponen que los lectores de novela romántica son poco inteligentes, nada críticos o totalmente indiferentes a la calidad del texto que tienen entre manos? ¿De verdad conocen al público que lee sus libros?

La novela romántica, en sus distintas variedades, es uno de los géneros más vendidos en todo el mundo. Los lectores de novela romántica (mujeres en su mayoría) son consumidores voraces de estas historias y verdaderos expertos en todo lo que tiene que ver con ellas. Son muy críticos, muy activos en redes sociales y eventos literarios, y saben muy bien lo que quieren. Pensar que la literatura romántica es un género menor y que pueden darles cualquier cosa a sus lectores es el gran error de estas editoriales. Y así es como están cavando su propia tumba y la de sus colecciones.

Los cimientos de este género son los sentimientos, y los ladrillos que lo construyen son el tono, el ritmo, el diálogo, los sobreentendidos, lo que se lee entre líneas y lo que hay en el aire entre los personajes. Quien crea que eso lo puede trasmitir una máquina no sabe lo que es una buena novela romántica. Quien esté seguro de que eso lo puede traducir una herramienta informática, por muy «inteligente» que sea, no tardará en darse cuenta de su enorme equivocación. Y el editor que pretenda venderle eso a sus lectores y hacerse rico será el primero en volver a buscar a un profesional cuando sus cifras de ventas caigan en picado. Si sus escarceos con la IA no han conseguido que la editorial quiebre antes.

Aun así, en lo que respecta a la traducción de libros de temática romántica, la respuesta de la industria editorial a todas las preguntas que he planteado aquí es la insistencia pertinaz en seguir confiando en experimentos que, hasta el momento, han sido absolutos desastres, lo reconozcan ellos o no. A las pruebas mencionadas en este artículo me remito.

Mi respuesta como profesional de la traducción especializada en novela romántica, con veinte años de experiencia y más de treinta novelas románticas traducidas, es acudir a la sabiduría popular, que no se equivoca nunca: «Siéntate en el umbral de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo». Si hablamos de novela romántica, la IA es el enemigo de la buena traducción y de la edición hecha con cariño. Esas herramientas no pueden traducir libros de ningún tipo, pero mucho menos de este género. Y solo puedo decirles a esos editores que han querido apostar por la deslumbrante IA que, cuando las cuentas de resultados les dejen claro que los lectores no están contentos, porque son muy conscientes de que los sentimientos son cosas de humanos y no de máquinas, y que las historias de amor necesitan trasmitir en nuestro idioma tanto sentimiento como tenían originalmente, aquí estaré, fiel a mi oficio y a mi vocación, para encargarme de esas traducciones y poner en ellas la inteligencia (humana), el mimo, la dedicación y, sobre todo, el corazón que se merecen.

 

[1] La Vanguardia, 19/09/2024

[2] La traductora Scheherezade Suriá hace un buen resumen sobre el asunto de las traducciones de HarperCollins Ibérica hechas con IA en este post.

[3] Las traducciones que esta editorial había hecho utilizando la IA aparecían firmadas con el nombre «HarperCollins Ibérica S.A.». En enero de 2025 había varias obras en su catálogo con esa firma; en enero de 2026 ya no queda ninguna (el catálogo se puede consultar aquí). Ahora todas están firmadas por traductores profesionales, incluida la de Café con aroma a calabaza de Laurie Gilmore, la obra que provocó la reacción pública negativa de los lectores (ahora la firma Carlos Ramos Malavé, como se puede ver aquí).

[4] Actualitté, 17/12/2025.

Puerto Barruetabeña lleva en el mundo de la traducción profesional desde 2006. Aunque sus especialidades son el género romántico y erótico y el misterio, en este tiempo se ha enfrentado a novelas de todo tipo. Ya cuenta con alrededor de doscientos títulos publicados, entre los que destaca Cincuenta Sombras Liberadas, de E. L. James, la tercera parte de la famosa trilogía de novela erótica. También destacan en su bibliografía autores como John Grisham, Elizabeth George, Kate Atkinson, Robin Cook, Danielle Steel, Nora Roberts, Nicholas Sparks, o Virginia Woolf, entre otros.

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