Dictionnaire amoureux de la traduction, de Josée Kamoun

Lunes, 9 de febrero de 2026.

Josée Kamoun, Dictionnaire amoureux de la traduction, Plon, 2024, 560 páginas.

Manuela Berdún Gistaín

Empecé a leer Dictionnaire amoureux de la traduction con ciertas reticencias: ¿una reflexión bien articulada sobre traducción puede fragmentarse, (des)ordenarse y, en definitiva, ceñirse a un formato tan estricto? ¿Una colección exitosa que tan pronto dedica un volumen a Flaubert como al vino puede aportar algo a quienes ya conocen los entresijos de la profesión? ¿Se puede esconder un discurso original tras una portada con la famosa torre? Y, sin embargo, le di una oportunidad por la larga trayectoria de la autora y la sencillez de su premisa: «Mi diccionario es una historia de amor con todas las lenguas y la literatura que la traducción me ha ofrecido» (p. 20).1 En este caso, un viaje por la literatura inglesa, la estadounidense y la francesa.

Josée Kamoun, de padre siciliano y madre parisina, nació en Túnez, pero vive en París desde 1968. Tras estudiar Filología Inglesa y doctorarse en Literatura, empezó a traducir literatura y lleva casi sesenta libros traducidos, en su mayoría novelas, de autores como John Irving, Philip Roth, Virginia Woolf, Jonathan Coe y Richard Ford. Es especialmente conocida por su traducción de Sur la route, de Jack Kerouac, y su retraducción de 1984, de George Orwell. A partir de su amplia experiencia —«No soy teórica en este campo, solo me dedico a ello» (p. 19)—, escribe estas líneas, que mezclan lo autobiográfico con reflexiones sobre la traducción, la literatura y la profesión.

En el prólogo, Kamoun establece las bases de su visión sobre la traducción, una disciplina que considera profundamente asociativa: «Todo significa por asociaciones, tanto compartidas como personales» (p. 12). Su Babel particular guarda la memoria de encuentros, lecturas y experiencias, lo que justifica la manera en la que concibe este texto. Plantea además que la obra no es la expresión exclusiva de su tiempo, ya que no se reduce a su emanación, así como los cambios a los que se somete la figura del traductor en un momento en el que las barreras entre géneros literarios y disciplinas artísticas se difuminan.

A continuación, de la A a la Z, la autora explora algunos desafíos clásicos de la traducción: los nombres propios, los títulos, los dialectos, la diglosia, las palabras malsonantes, las onomatopeyas, las lenguas ficcionales y el uso del tuteo, entre otros. También profundiza en hitos históricos y míticos, como la transmisión de Las mil y una noches, el mito de la torre de Babel o la traducción de la Biblia. Pese a sus advertencias, el texto se apoya en ejemplos y en teoría, con referencias a obras de grandes teóricos de distintas disciplinas, breves observaciones teóricas y alusiones a congresos y al mundo académico («Pixellisation du paysage traductif», pero no solo). Aunque no presenta ideas novedosas, la variedad de temas tratados y su posicionamiento claro y rotundo (sin escapar a la ley del depende) hacen de este diccionario una buena introducción.

La literatura es el punto fuerte de esta compilación. Los ejemplos y citas de los autores que ha traducido y de otros clásicos que forman su biblioteca personal (Henry James, William Shakespeare, Herman Melville, William Faulkner, Jean Cocteau, Georges Perec o Albert Camus) no solo enriquecen, sino que vertebran su discurso. Así, encontramos una entrada dedicada al ambivalente Roth («Roth, le réversible»); otra, a la ambigüedad y la complejidad estilística de James («James, l’oblique»); a la neolengua de Orwell («Doublécrire de George Orwell, Le») y al joual de Kerouac («Langue à moi même»). En una de las entradas más bellas («Fascination de l’étang, La»), la autora traza un paralelismo entre un recuerdo de su infancia junto a un estanque y su traducción del cuento homónimo de Virginia Woolf, mostrando cómo «autor y traductor, original y traducción, dice Bonnefoy, están unidos por un “bucle del pasado”» (p. 176). Kamoun se revela aquí no solo como traductora, sino también como autora en pleno diálogo con las obras que interpreta.

El recorrido por estos textos la lleva también a escribir sobre la profesión. Aborda con franqueza las críticas recibidas por su retraducción de 1984, de Orwell, para luego reflexionar sobre el poder de la crítica y plantear la arbitrariedad de los premios literarios («Double foyer»). También desgrana el perfil del traductor literario —o, más bien, de la traductora literaria— y denuncia el predominio de un discurso masculino en torno a la traducción («Rayures»). Siguiendo la tónica general de otras obras sobre la profesión —pienso, por ejemplo, en La impostora, de Nuria Barrios—, menciona la sensación de impostora y las dudas constantes, que sus colegas le ayudan a calmar: «Le hablo de mis dudas, de mi miedo a no lograrlo, a perjudicar los textos. “Si no los traduces tan bien como te gustaría, los volverás a traducir en veinte años”, dice mi colega, muy serio. “Pero ¿y si no puedo, y si estoy muerta?” “Otros los retomarán después de ti”» (p. 173). Finalmente, nos llama la atención encontrar una entrada dedicada a las residencias («Résidences»), una oportunidad que la autora descubrió relativamente tarde y que, pese a escepticismo inicial, le hizo darse cuenta de la importancia de que tener espacios en los que crear y compartir.

El elefante en la sala aparece en la letra I, «IA (intelligence artificielle)». La autora menciona su adhesión al manifiesto del colectivo En chair et en os y recoge algunas de las reivindicaciones. No obstante, no profundiza en cuestiones éticas, sociales o legales; se limita a demostrar —compara una traducción suya con la de un traductor automático— que las personas traducen mejor. Kamoun confiesa su pesimismo ante el futuro, a pesar de estar convencida de que «el traductor interpreta el texto del autor […] utilizando, consciente o inconscientemente, todas las asociaciones que le son personales, se reapropia de él. Cuesta creer que la máquina pueda hacer lo mismo porque, precisamente, su almacenamiento de asociaciones es, a la vez, ilimitado e impersonal» (p. 210).

Por último, la obra está llena de curiosidades que, aunque aligeran el tono y aportan un toque de humor, no dejan de ser anecdóticas, como el mensaje que el rey Carlos III envió tras la muerte de su madre, la traducción de la Biblia en emoticonos en redes sociales o las versiones homófonas del grupo cómico Les Rolling Bidochons. Además, la mención ocasional de fuentes poco fiables desentona con el resto de la bibliografía.

En conclusión, Dictionnaire amoureux de la traduction es un libro divulgativo para estudiantes que empiezan y curiosos de la literatura y las lenguas. Puede, además, arrancar alguna sonrisa nostálgica a los más veteranos. Se tome como introducción, como compilación o como anecdotario, la obra de Kamoun nos permite conocer la experiencia de traductores de otras latitudes y confirmar que nos enfrentamos a obstáculos parecidos. Juntos.

 

[1] Las traducciones de las citas son de la autora de la reseña.

 

Manuela Berdún Gistaín es traductora editorial del francés y del inglés. Estudió Traducción e Interpretación en la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente cursa el máster en Traducción Literaria. Es presocia de ACE Traductores y participó en la quinta edición del Programa de Mentorías. Le apasionan la literatura francesa contemporánea y el teatro.

 

 

 

 

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