Viernes, 9 de enero de 2026.
El pasado 10 de diciembre, en un acto previo a la entrega del 20.º Premio Esther Benítez a Alicia Martorell por su traducción del ensayo ¿Quién teme al género?, de Judith Butler, en el Instituto Cervantes de Madrid, se procedió al depósito de la documentación para integrar a la cofundadora de ACE Traductores en la Caja de las Letras de dicha institución. En el evento participaron Luis García Montero, director del Instituto Cervantes; Luisa Fernanda García Ramos, directora del Instituto Cervantes de Toulouse; Mauro Hernández Benítez, hijo de la homenajeada; Daniel Hernández Torres, nieto, y Marta Sánchez-Nieves Fernández, expresidenta de ACE Traductores.

Luis García Montero
Abrió el acto el discurso de Luis García Montero, director del Instituto Cervantes. «Para nosotros es muy significativo tener viva la Caja de las Letras, la caja de depósito donde intentamos atesorar las mejores herencias de nuestro pasado. Es un lujo poder recibir esta tarde el de Esther Benítez. Su labor para el gremio fue fundamental. Los traductores siempre intentan ser transparentes en su trabajo, hacer invisible su presencia para establecer un diálogo directo entre el autor original y el lector, pero sabemos que esa es una idea muy ingenua y que el buen traductor siempre es reconocido porque es el que facilita la comunicación entre ambos. Esther Benítez fue una traductora fundamental de la literatura francesa e italiana, con la que nos ha acercado a grandes clásicos. También fue muy visible su labor como agitadora cultural: además de su participación en asociaciones profesionales de la traducción e interpretación, tuvo un protagonismo claro en la relación con los medios de comunicación en unos años donde era necesario reivindicar la presencia cultural en la construcción de la democracia, que ella vertebró gracias en gran parte a su colaboración con TVE. Yo la conocí en 1982 y tuve la suerte de contar con su amistad y con su apoyo cuando empezaba en mi carrera literaria, por lo que este acto tiene una relevancia especial para mí».

Mauro Hernández Benítez
García Montero cedió la palabra a Mauro Hernández Benítez, hijo de la homenajeada, quien refirió los objetos, documentos, fotos y textos que serían atesorados en la caja dedicada a su madre. «El legado de mi madre que he traído hoy aquí se agruparía en tres grandes bloques. En primer lugar, el dedicado a la actividad profesional, tanto en su faceta como traductora de libros como en su labor asociativa y sindical en defensa de los derechos del gremio frente a los editores y las autoridades legislativas. En segundo lugar, la dimensión personal, muy documentada en numerosas fotos y objetos significativos. Por último, no podía faltar un libro, concretamente El pequeño Nicolás, probablemente la obra más popular de mi madre. Todo ello condensa sus dos grandes amores: el amor por los suyos (familia, amigos, compañeros de la comunicación y de la cultura, conciudadanos) y su amor por los libros, las letras y la cultura. Su pasión por la lectura, que arrancó cuando era muy niña, la llevó a pasar por todos los oficios del sector del libro: gestión editorial, edición, revisión de textos y, finalmente, la traducción. Fue ese amor doble el que la llevó a reivindicar los derechos de los traductores que han hecho posible que podamos disfrutar de las obras de Calvino, Maupassant y tantos otros».
Habló a continuación Luisa Fernanda García Ramos, directora del Instituto Cervantes de Toulouse. «Hoy guardamos en la Caja de las Letras el primer legado de una traductora. Hay un libro que Esther tradujo que yo leo a menudo. Una noche de invierno, una viajera llamada Esther me enseñó que podía tener pasión creadora sin dejar de ser fiel al original (alusión velada a Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, traducido por la homenajeada). Y también que los derechos son irrenunciables, y que reivindicarlos es un ejercicio de democracia, algo que me llena de orgullo en este 50 aniversario de España y libertad. Me contó Esther que José Luis López Muñoz, que debería estar hoy aquí, consideraba que la ignorancia invencible era uno de los peores males que nos aquejan: la ignorancia que no sabe que está, y que por eso es tan peligrosa en la vida y en la traducción. Esther me enseñó a ordenar archivos y a sistematizar, así como la importancia de tener un bagaje cultural lo más elevado posible en todas las lenguas con las que trabajamos como traductores, pero sobre todo en la nuestra. Me enseñó a cuidarla y a mimarla, cosa que hago cada día como trabajadora de esta institución y en mi otra vida como traductora. Y creo que no puede haber mejor lugar para preservar su legado para las futuras generaciones de traductores que esta Caja de las Letras del Instituto Cervantes, aunando así la vigencia de la cultura y de los derechos de autor, abriéndonos la puerta a todas las mañanas del mundo».
Como formalidad previa a la introducción del legado en la caja de las letras 1166, los testigos de honor del acto procedieron a la firma del acuerdo. Acto seguido, Mauro Hernández Benítez presentó y describió los objetos que contendría, entre los que destacan los siguientes:

-Textos: correspondencia original con Italo Calvino, obituario de Esther Benítez en El País, informe de lectura sobre Il sorriso dell’ignoto marinaio para la editorial Alfaguara.
-Documentos: libro de calificaciones de bachillerato, certificación académica personal de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, comunicación de la embajada francesa informando de la concesión del título de Chevalier dans l’Ordre des Arts et des Lettres, telegrama del Instituto Italiano de Cultura de un premio por las traducciones literarias del italiano, carné del Club de Tenis Chamartín, carné de miembro de la Asociación Colegial de Escritores.
-Objetos: ejemplar del vol. 1 de El pequeño Nicolás, traducido por la homenajeada; exvoto de hojalata, representando a una mujer joven, de comienzos del siglo XX; pin con la imagen de V. I. Lenin con una bandera roja al fondo; servilleta de una mantelería bordada por Esther Benítez en las sobremesas; pendrive con vídeos de Encuentros con las Letras y entrega del Premio Nacional de Traducción a la trayectoria profesional.
-Fotografías: de familia, en su mesa de trabajo, en distintos encuentros y excursiones de traductores, en su boda, en un mitin del PCE, de contertulia en el programa televisivo La Clave, dando clases en la Universidad de California, en su ochenta cumpleaños.
La llave de la caja quedó atesorada en el Instituto Cervantes, tras lo cual se dio por concluido el acto.
Mauro Hernández Benítez quiso compartir con ACE Traductores algunas de las memorias que alberga de su madre. «Trabajaba en casa, y también la recuerdo reuniéndose con sus colegas en tertulias o en comidas como las que convocaba Paco Torres, en torno a una paella en su casa de La Cabaña. Y quejándose de la renuencia de las editoriales a conceder el pago de royalties a los traductores, o del empeño de los jurados de los premios de traducción en galardonar a profesores universitarios en vez de a traductores de profesión. De sus traducciones literarias, estaba especialmente orgullosa de I promessi sposi, de A. Manzoni, para Alfaguara, y de autores (entonces) jóvenes como Vincenzo Consolo o Anna Maria Ortese. En general, aunque tradujo mucho del francés, tenía debilidad por los autores italianos». Acerca de su involucración en la génesis de ACE Traductores, explica que Benítez había colaborado y dirigido una asociación anterior a la que dedicó muchos esfuerzos desde la década de 1970, pero que en algún momento pasó a estar dirigida por intérpretes con distintas preocupaciones que los traductores de libros. «A principios de los 80 mi madre mantenía buenas relaciones con miembros de la Asociación Colegial de Escritores, y cuando surgió la posibilidad de crear una sección autónoma de traductores se sumó a la naciente ACE para trabajar en la defensa de los derechos de los traductores de libros, seguramente pensando ya en que quedaran recogidos en una futura ley de propiedad intelectual, como la que finalmente se aprobó en 1987». Pionera en la reivindicación de muchos de los derechos del gremio de los traductores, como el reconocimiento de los derechos de propiedad intelectual, la normalización de las tarifas y contratos y la concienciación pública de la importancia de su trabajo, Esther Benítez dejó huella en la memoria de Mauro. «Recuerdo muy nítidamente sus negociaciones, a veces duras, con editoriales y editores, donde fue arañando cachitos de reconocimiento: del copyright frente al entonces habitual tanto alzado por espacio, de la visibilidad en cubierta… Reivindicó todos esos derechos para todos sus colegas, trabajando por un amparo legal que no obligara a los traductores a pelear individualmente cada contrato. Creo que hoy en día sus reivindicaciones serían parecidas: tarifas dignas, contratos no abusivos, que el nombre del/la traductor/a figurase en la cubierta y también el reconocimiento expreso de los críticos y los divulgadores de libros, que aún hoy invisibilizan a los traductores. Es cierto que algunas editoriales, periodistas y parte del público empiezan a respaldar esta visibilidad, pero aún queda trecho por recorrer».
Fuente de las fotografías y vídeo: Instituto Cervantes.



