Sympathy for the Traitor. A Translation Manifesto, Mark Polizzotti.

Lunes, 27 de abril de 2020.  

Sympathy for the Traitor. A Translation Manifesto, Mark Polizzotti  Cambridge/Londres: The MIT Press, 2018. xvi + 182 páginas

David Paradela

Mark Polizzotti ha cultivado el ensayo, la poesía y la biografía (en castellano disponemos de su monumental La vida de André Breton), pero su faceta que aquí nos interesa es la de traductor al inglés de autores como Gustave Flaubert, Raymond Roussel, Marguerite Duras o Patrick Modiano. Y es que Sympathy for the Traitor pertenece a ese género joven —aunque ya consolidado— que es el memoir de traductor, nacido hace algo más de quince años con If This Be Treason de Gregory Rabassa (con el permiso de Douglas Hofstadter y su muy peculiar Le Ton Beau de Marot), y al que posteriormente se han sumado los libros de Edith Grossman, David Bellos, Franca Cavagnoli o, ya en España, Javier Calvo y Amelia Pérez de Villar.

Polizzotti trata muchos de los temas que forman parte de las convenciones del género: la apología del hecho traductor, el papel del traductor como autor, la relación entre traducción y comunicación cultural, la caducidad de las traducciones o las dificultades específicas de determinados géneros o autores (el cap. 8 incluye una interesante discusión sobre cómo enfrentarse a las constricciones y los juegos de palabras de Perec, Queneau o Brisset). Hay que decir que la parte apologética peca en ocasiones de una magnificación de la labor traductora o de una visión demasiado reduccionista de la creación literaria: equiparar a autor y traductor diciendo que «el hecho, simple y tautológico, es que la escritura, toda escritura, es en el fondo una función de lenguaje» (p. 12) minimiza de forma sorprendente la importancia de la inventio y la dispositio, problemas de los que el traductor, por regla general, no se ocupa.

Otro de los temas casi obligados del memoir traductoril es la polémica con la teoría de la traducción. Quien se lleva la peor parte aquí es, con mucho, Lawrence Venuti y su defensa de la traducción extranjerizante como antídoto contra la apropiación cultural. Es el propio concepto de apropiación cultural el que solivianta a Polizzotti, que denuncia a ese traductor «híbrido» que se queja de que su labor no está justamente reconocida, al tiempo que se fustiga por ser partícipe de una actividad que margina las culturas ajenas (p. 58). El tema es sin duda importante, pues afecta a la razón de ser misma de nuestro oficio, y personalmente me temo que, con la eclosión de los enfoques interseccionales, el debate entrará pronto en una nueva etapa.

Cuando es necesario, Polizzotti tampoco rehúye la polémica con otros traductores de oficio, como cuando tilda los argumentos de Grossman en defensa de la traducción de excesivamente moralistas y normativos: Grossman, dice Polizzotti, olvida que «el verdadero gozo de la traducción consiste precisamente en los nuevos panoramas que nos brinda, en la emoción de unos descubrimientos que sin ella no serían posibles, en apelar al placer más que al deber» (p. 148).

Dos cosas pueden echársele en cara a Polizzotti: por un lado, la estructura algo atrabiliaria y la ausencia ocasional de hilo conductor (se nota que muchas partes nacieron como ensayos autónomos publicados en revistas); por otra, una idea poco clara de a quién se dirige el libro: la aspiración, no sé si muy realista, a un público amplio hace que el autor se sienta en la obligación de incluir una breve historia de la traducción desde la Septuaginta a Walter Benjamin (usando y abusando para ello de una única fuente, el volumen Translation—Theory and Practice de Weissbort y Eysteinsson, como delatan las notas). Digámoslo claramente: el memoir debe seguir, por fuerza, derroteros distintos a las obras académicas y es innecesario que el primero trate de justificarse abordando temas que parecen más propios de las segundas. El examen de la propia experiencia como traductor tiene valor de por sí, y el libro de Polizzotti tiene sus mejores momentos en el relato de la trayectoria personal y en cómo de esa trayectoria pueden extraerse principios y reflexiones más generales referentes al estilo, a la fidelidad, a la equivalencia, a la transferencia cultural e incluso a la ética. El memoir, en última instancia, es un subgénero aplicado de la filosofía: el testimonio de una inducción interminable.

 

David Paradela López (Barcelona, 1981) estudió Traducción e Interpretación en la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad de Bolonia, y Teoría de la Literatura en la Universidad de Barcelona. Se dedica a la traducción editorial desde 2004 y desde 2014 es profesor de traducción inglés-castellano en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha traducido varias decenas de libros del inglés y del italiano al castellano, sobre todo narrativa del siglo xx (Curzio Malaparte, John O’Hara, Philip Roth, Leonardo Sciascia) y ensayo (Stanley Cavell, Carlo Ginzburg, Rita Levi-Montalcini, Graham Priest). Ha sido colaborador de la revista El Trujamán del Instituto Cervantes y mantiene, últimamente a medio gas, el blog Malapartiana, dedicado a la literatura y la traducción literaria.