El Quijote en toga, Arturo Peral

Miércoles, 22 de abril de 2020.

Con motivo del aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, publicamos este artículo en el que se presenta una semblanza del profesor y traductor Antonio Peral Torres y se comentan algunas curiosidades sobre su traducción del Quijote al latín.

 

En el capítulo 3 de la segunda parte del Quijote, al referirse al libro de aventuras protagonizado por Alonso Quijano, Cervantes pone en boca de Sansón Carrasco la siguiente frase: «… a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca». Y sus palabras se han cumplido, si no en todas las lenguas, en muchísimas. Baste como ejemplo esta colección de traducciones del Quijote guardadas en la web del Instituto Cervantes, o el impresionante fondo del Museo Cervantino de El Toboso, que alberga setecientas ediciones diferentes de la obra cumbre de Cervantes. Pero traducciones en latín no hay tantas. Si hablamos de latín clásico, solo hay una, y la firmó Antonio Peral Torres.

Nacido en Elche en 1922, su interés por el estudio de las lenguas comenzó en la escuela: de pequeño, suspendió Francés (prueba de ello son las calificaciones, conservadas en el archivo familiar) y, para superar aquel fracaso, empezó a estudiar furiosamente esa lengua hasta que aprendió a amarla, y después no pudo evitar seguir estudiando otras muchas. No es que fuera un Giuseppe Mezzofanti, el famoso cardenal italiano que, según qué fuentes se consulten, hablaba entre cuarenta y cinco y setenta y dos lenguas. Era un hiperpolíglota muy humilde y nunca reconocía el número de lenguas que hablaba, aunque en casa se le hubiera visto hablar, leer y escribir con bastante soltura en doce. Para hacerse uno a la idea de su inquietud lingüística, sirva este ejemplo: al descubrir que la señora de la limpieza del bloque donde vivía en Madrid era iraní, compró una gramática farsi, un diccionario y varias novelas en esa lengua y empezó a estudiarla por el simple placer de hablar con aquella mujer en su propio idioma.

Pero volvamos al origen de sus intereses lingüísticos. El servicio militar le llevó a Marruecos, donde residió de 1946 a 1949. Allí descubrió un mundo que determinaría su trayectoria profesional. Al llegar, empezó a estudiar árabe, tanto su variante clásica como el dialecto marroquí. Quizá movido por las amistades que trabó con miembros de la comunidad sefardí en Tetuán y Tánger, se especializó en otras lenguas semíticas: hebreo antiguo y moderno, así como dialectos arameos. Sus estudios le llevaron a Austria y a Italia, y al regresar a España obtuvo una plaza de profesor titular en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid en 1957. Las asignaturas que impartió fueron Hebreo Contemporáneo, Arameo, Siríaco, Paleografía Hebrea y Aramea e Historia de Israel. Se doctoró en 1975 sobre las citas bíblicas en el Comentario al Génesis de san Efrén. Además de las docencia, trabajó en el Instituto Arias Montano del CSIC y fue secretario del Museo Sefardí de Toledo. En 1987 abandonó la enseñanza.

Hay que señalar que la traducción no fue su actividad principal. Esto explica que no se hayan publicado muchos títulos firmados por él. De su especialidad, publicó tres traducciones:

  • Las antiguas civilizaciones semíticas, de Sabatino Moscati, en 1960, traducido del italiano.
  • Comentario al Génesis, de san Efrén, traducido del siríaco en 1978.
  • El resurgimiento de la lengua hebrea en Al-Ándalus, de Nehemías Alony, traducido del hebreo en colaboración con Carlos del Valle en 1995.

Además de estas traducciones, en su archivo familiar se conservan versiones españolas manuscritas de obras de teatro hebreo contemporáneo que nunca se llegaron a publicar. Entre los autores que tradujo, destacan figuras como Bernstein y Aharón Mégued.

Aparte de estas traducciones, dedicó muchos esfuerzos a lo que Fernando Díaz Esteban dio en llamar un «capricho oculto»[1]: la traducción al latín. Era el latín una lengua por la que sentía especial simpatía. No solo la leía: la hablaba con fluidez con amigos de todo el mundo. Era miembro del Círculo Matritense de Latinistas, un grupo de amantes del latín que todavía se reúne mensualmente para hablar de la vida moderna con palabras antiguas. En aquella época, a esas reuniones acudían personas que le ayudaron muchísimo en su aventura como traductor. Cabría citar a Antonio Capellán, al diplomático Agustín Cano y a José María Sánchez, el célebre Txemusque, el cual, según palabras del propio Peral, era un auténtico príncipe del latinismo.

El «capricho» de traducir al latín se originó por la amistad. Uno de los mejores amigos de Peral, el doctor Josef Kerschensteiner, profesor de la Universidad de Múnich, hiperpolíglota como Peral, le pidió un favor. Estaba enseñando, entre otras lenguas, español y latín a su hija Heidrun (a quien Peral llama Dorcas en su introducción a la traducción) y buscaba textos latinos que hablaran de la cultura española. Los textos clásicos y medievales hispánicos no le interesaban; quería algo sobre la cultura española propiamente dicha. Peral buscó con éxito relativo y le envió los pocos hallazgos que hizo. Y fue entonces cuando se le ocurrió traducir para sus amigos alemanes fragmentos de obras que le gustaban y que pudieran ser de su interés. Empezó por el capítulo primero del Quijote y ya no pudo parar. Pasó varios años entregado a esta tarea, traduciendo por las mañanas e investigando sus dudas y haciendo consultas en la Biblioteca Nacional de Madrid por las tardes.

En cuanto al Quijote en latín, existe una traducción anterior a la de Peral, pero ni es completamente latina ni es completa. La obra en cuestión es de Ignacio Calvo y Sánchez y se titula Historia domini Quijoti Manchegui. Calvo fue un sacerdote de Horche, Guadalajara, que en su etapa de seminarista en Toledo cometió una travesura que tuvo por castigo la traducción de alguna obra de literatura clásica española al latín. La novela elegida fue el Quijote, y con el primer capítulo logró tener, en palabras de su rector, «garbanzus aseguratum». En 1905 se publicó la primera edición, que fue seguida en 1920 por una nueva versión corregida y aumentada, que incluía hasta el capítulo 46 de la primera parte.

Cuando se habla de la traducción del Quijote al latín, normalmente se cita esta traducción. Pero la de Calvo no es una traducción al latín clásico, sino al latín macarrónico, es decir, que es un texto latino poco riguroso que no se ajusta a las normas de esta lengua, pues utiliza términos y estructuras gramaticales no latinos con fines humorísticos. Así pues, la traducción de Calvo es una obra jocosa pensada para entretener al lector. Como ejemplo, bastará con ver la introducción al capítulo primero de la primera parte. Donde Cervantes dice: «Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha», Calvo traduce: «In isto capítulo tratatur de qua casta pajarorum erat dóminus Quijotus et de cosis in quibus matabat tempus». El texto, que se entiende bastante bien, difiere significativamente de la versión original y, sin duda, busca sacar una carcajada del lector.

La versión de Peral, en cambio, sí está escrita en latín clásico. El mismo fragmento que hemos citado anteriormente, pero en su traducción, dice así: «Ubi agitur de condicione et indole illustris fidalgi domini Quixoti a Manica».

No quisiera aventurarme a describir personalmente la traducción latina, pues ni soy especialista en la obra cervantina ni en la lengua latina. Así que prefiero citar lo que escribió el catedrático Antonio Alvar Ezquerra sobre ella en un informe de lectura del que se conserva una copia anterior a la publicación del libro en el archivo familiar. Describe las virtudes de la traducción del siguiente modo:

La primera [virtud] de ellas es, sin duda, su incansable esfuerzo por lograr una traducción literal y ajustada, sin prisas mas sin pesadumbre tampoco, porque, y esta es la segunda de las virtudes que considero dignas de destacar, D. Antonio ha logrado mantener un estilo sostenido y suficiente para reflejar dignamente, salvando las distancias que se quieran salvar, la prosa encantadora y depuradísima del príncipe de nuestros escritores. Finalmente, las dificultades antes señaladas han sido resueltas con habilidad extrema en los casos comprobados, de modo que las presuntamente insalvables propuestas de la formulación castellana se han trasladado con naturalidad a la lengua latina, que fluye no lutulenta (como diría Horacio de Lucilio) sino transparente hasta donde permite la ubérrima creatividad de Cervantes.

El catedrático y crítico Ricardo Senabre, en un informe redactado en 1997, recomendaba la publicación del Quijote en latín con las siguientes palabras:

Conviene destacar la empeñada tarea de Antonio Peral Torres, que ha traducido con asombrosa fidelidad literal el texto de Cervantes, sin rehuir ni siquiera los versos, en los que a veces ha conseguido incluso respetar la rima y otros factores rítmicos. La versión latina sólo palidece cuando no parece posible hallar equivalentes.

Pero ¿qué clase de traducción se había propuesto hacer? El objetivo de Peral había sido usar una prosa latina correcta pero con un lenguaje sencillo, claro y accesible. Uno de los recursos latinos que trató de evitar fue el hipérbaton, característico del discurso elegante y sofisticado pero dificultoso para el estudiante de latín.

La fidelidad a la obra le llevó a realizar un esfuerzo adicional en la traducción de los poemas incluidos en el libro, como apuntaba Senabre en la cita anterior. Peral buscaba reflejar el contenido de los poemas además de sus características formales. En algunos incluso se permitió ciertas licencias, como se puede ver en el soneto de Orlando el Furioso a Don Quijote, que aparece al principio de la primera parte:

Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares,
ni puede haberle donde tú te hallares,
invito vencedor, jamás vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica, vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.
No puedo ser tu igual, que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso;
mas serlo has mío, si al soberbio moro
y cita fiero domas, que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.
Licet vix non umquam fuisset par tibi,
Est quidam par inter istos innumeros?
Cur non est tibi inter omnes alteros?
Tu invicte fuisti secundus nullibi,
Orlandus sum, Quixote, amissus ibi
Relictus sum mari propter sinceros
Ipsius Angelicae amores veros.
Sic vires sui nil respectum fuit sibi.
An sit par tibi, vel similis auro?
Loquitur quidam et de tuis laudatur.
Utinam simus iam compotes mentis
Tu vero superas superbo mauro
Et modo saveus scytha sic domatur
Multo nos magis in incantamentis.

Todos los versos son endecasílabos, y riman respetando las normas del soneto. Pero la licencia es que Peral convierte este poema en acróstico, saludando al lector con las palabras «lectori salutem». Como este hay varios más, que no descubriré por si hay lectores con ganas de buscarlos.

Verter el español de Cervantes al latín implica salvar innumerables obstáculos. Uno de los más importantes es el de traducir a una lengua más antigua que el original. Por lo general, los traductores solemos encontrarnos con el problema inverso. Al traducir clásicos a nuestro idioma, solemos toparnos con realidades culturales que han cambiado o con usos lingüísticos diferentes. Es decir, tenemos que traducir un texto que se ha quedado anclado en un momento del pasado a una lengua actual que varía y evoluciona sin parar. Tenemos que vigilar los anacronismos constantemente. Pero en este caso, traducir una obra de hace varios siglos añade dificultades a la tarea.

Como ejemplo de lo que esto supone, volvamos al fragmento que ya he comentado cuando comparaba las versiones macarrónica y clásica del Quijote.

«Ubi agitur de condicione et indole illustris fidalgi domini Quixoti a Manica»

Estas doce palabras contienen dos problemas de traducción de difícil solución que se ajustan a esto de traducir a una lengua más antigua que el original. Empecemos con la última de las palabras de la cita: el topónimo La Mancha. Los especialistas en toponimia y etimología sugieren distintos orígenes, ya sea árabe (Al-mansha, tierra seca, o Al-Manya, lugar elevado) o latino (manica es manga en latín, y se utilizaba para designar superficies alargadas, ya sea de agua o de tierras, como se puede observar en topónimos hispanos como La Manga del Mar Menor o en otros más allá de los Pirineos, en el canal de la Mancha). Pero, si la Península Ibérica fue territorio romano, ¿no existirá un nombre latino para nombrar esta región?

El problema es que el concepto de La Mancha corresponde a una demarcación regional que surgió en la Reconquista. En época romana esta zona primero estuvo adscrita a la provincia Tarraconsense y después a la Cartaginense. Tras mucha reflexión, Peral optó por usar Manica, decantándose por la etimología latina.

Otro término que encierra dificultades en el ejemplo presentado es el de «hidalgo». Esta categoría nobiliaria es una innovación social, cultural y lingüística difícilmente traducible al latín, fruto de la Reconquista y aplicada a personas de familia noble que tenían ciertos privilegios aunque no poseyeran grandes riquezas. Es cierto que la primera parte del término proviene del latín «filius», pero «algo» es un término romance posterior. Recurrir a una traducción explicativa y hablar constantemente de, supongamos, el «patricio venido a menos» resultaba poco adecuado para calificar al ingenioso hidalgo. Peral optó por introducir el neologismo «fidalgus» a su traducción, siguiendo la decisión tomada por Nathan Bistritsky en su traducción del Quijote al hebreo de 1958.

La creación de neologismos fue una necesidad para expresar conceptos de todo tipo. ¿Cómo traducir palabras como «hideputa»? El insulto y la terminología erótica está muy estudiada en latín, pero no todos los conceptos podían transmitir la misma carga cultural. ¿Y qué hay de la comida? Si los manchegos no se ponen de acuerdo en decidir qué son los duelos y quebrantos, difícilmente se puede interpretar qué son para nombrarlos de algún modo en latín. ¿Y qué hacer con los maravedís, ducados, escudos y reales y otras monedas en curso en España entonces y que los latinos no podían haber visto venir? ¿Y qué hay de los nombres de prendas como las «pedorreras», tan desconocidas para los romanos, que solo poseían el término «femoralia» para designar las calzas?

La tarea no fue fácil y duró bastantes años. Y, una vez terminada la primera parte de traducir, comenzó la siguiente: publicar. ¿Quién se atrevería a llevar a las librerías una obra como aquella? Los editores no se mostraban muy entusiastas: un libro de estas características no es un best-seller ni mucho menos. Al final fue el Centro de Estudios Cervantinos el que, alentado por los informes de lectura positivos que he citado anteriormente, realizó una edición en 1998 con una tirada de quinientos ejemplares. La edición se agotó a los dos años, pero todavía está disponible mediante impresión bajo demanda en varias librerías.

La «caprichosa» actividad de Peral no se detuvo allí: tradujo El Quijote de Avellaneda y Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, ambas todavía inéditas. Y vertió también, pero esta vez del alemán, el Siddhartha de Herman Hesse. Este último libro fue mi primera experiencia en el mundo editorial. Antonio Peral, mi padre, falleció en 2000 y, por petición de mi madre, me encargué de las negociaciones con la editorial Eureka, interesada por esta traducción. Se puso a la venta en 2001.

Para Peral, la traducción fue más una fiebre que una profesión. Se dejó llevar por un impulso siguiendo una idea quijotesca que cristalizó en un libro peculiar y único. Y con su obra contribuyó al deseo de Cervantes de que todas las lenguas tuvieran una traducción de su libro. Además, en el capítulo 62 de la segunda parte, Cervantes afirmó lo siguiente: «Me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz». La traducción del Quijote a una de las lenguas reinas es como cumplirle otro deseo a uno de los más grandes genios de la lengua española: que su obra se pueda ver en un nuevo tapiz, pero sin los hilos del revés.

 

[1] Fernando Díaz Esteban (2001). “In memoriam Antonio Peral Torres”. En Sefarad. Revista de Estudios Hebraicos y Sefardíes. Año 61, n.º 2, pp. 439-440.

 

Arturo Peral es traductor editorial desde 2008, y desde 2009 enseña en el grado de Traducción e Interpretación de la Universidad Pontificia de Comillas. Sus lenguas de trabajo son el inglés y el francés. Es vocal de la junta rectora de ACE Traductores y ha sido miembro de juntas anteriores entre 2009 y 2015 en calidad de tesorero y vicesecretario.